Opiniones

La opinión pública

Por Augusto Lostaunau Moscol

Según Carlos Sojo* (2011):

“A fines del siglo XIX, el historiador y político británico James Bryce consideró la evolución del denominado “imperio de la opinión pública” como una etapa de la democracia. En la visita que realizó a los Estados Unidos para presentar su obra American Commonwealth, Bryce remarcó que, si bien la evaluación de la opinión pública debía realizarse de forma continua, encontraba dificultades técnicas para diseñar un método gracias al cual los ciudadanos pudieran gobernar efectivamente” (2011: 17).

La denominada opinión pública no es ni tan opinión ni tan pública. En realidad, son un conjunto de ideas muy bien elaboradas y articuladas desde los centros de dominación ideológica (Universidades y Partidos Políticos) que son transmitidas a las grandes mayorías de la sociedad a través de los medios de comunicación. De esa forma, la opinión pública es en realidad una corriente de ideas que buscan orientar a la sociedad hacia un determinado modelo económico y un determinado sistema económico-político e ideológico. Por ello, es que la necesidad de “medir” constantemente la opinión pública es una necesidad de los grupos de poder para tener un conocimiento aproximado de la efectividad de su campaña de orientación ideológica.

Por ello, Carlos Sojo indica que:

“Unos 50 años después de la elaboración de las etapas de Bryce, el psicólogo y empresario George Gallup buscó solucionar el problema técnico de la medición sistemática de la opinión pública. Su experimento se puso en práctica durante la campaña política de Roosevelt, cuando acertó que obtendría la victoria electoral. Gallup logró una amplia aceptación de la idea de que una muestra científica relativamente pequeña de la opinión pública podía reflejar con exactitud los puntos de vista de toda la nación” (2011: 17).

Porque, así como el marketing sirve para manipular las preferencias del consumo dentro del mercado; las encuestas buscan direccionar la denominada opinión pública a favor de una ideología o un candidato (cuando se trata de momentos electorales). En realidad, las encuestas no son elaboradas (cuando son elaboradas) para tener un conocimiento más o menos aproximado de las preferencias de los ciudadanos hacia tal o cual propuesta política; como sobre tal o cual candidato. Por el contrario, las encuestas buscan manipular la capacidad de decisión que deben tener los ciudadanos, buscando arrastrarlos hacia la opción que está a favor de los grupos de poder. Las encuestadoras trabajan para los grupos de poder y su producto (las encuestas) son muy útiles para mantener los intereses, beneficios y privilegios de la clase dominante en el poder. Por ello, Sojo agrega que:

“Esta aplicación ha consolidado el estilo de las principales corrientes politológicas para la medición de la opinión pública a través de la industria de investigación por encuestas. Desafortunadamente, la utilización de este modelo acarrea una serie de problemas por la naturaleza efímera y volátil de muchas encuestas, que se suma a la interpretación superficial y reduccionista que de ellas hacen los medios de comunicación. Como sugiere Fishkin, al igual que en la metáfora de la cámara de eco, la televisión y las encuestas reverberan juntas. El manejo superficial de las encuestas hace que los resultados se presenten en los medios de comunicación independientemente de que detrás de ellos se proyecte un pensamiento importante, con lo cual no contribuyen a la profundización de las políticas o gestiones que son objeto de escrutinio y valoración” (2011: 17-18).

En el Perú, en primer lugar, no existe la certeza que las encuestas se hayan realizado, es decir, los resultados publicados de las encuestas no constituyen un documento válido para el conocimiento de una realidad que puede ser metodológicamente cuantificable, lo que determina -a su vez- que una encuesta que no se puede demostrar su realización, jamás será un documento de carácter histórico para conocer una realidad objetiva y concreta. Vale decir, la verdad histórica no se puede sustentar en encuestas no acreditadas como verdaderas.

En segundo lugar, los resultados de las encuestas -cuando estas se hayan realmente realizado, pueden ser tergiversadas intencionalmente por los supuestos especialistas en sus lecturas. Mejor dicho, una encuesta realizada sólo en Lima no es válida ni representativa para entender el comportamiento de todos los ciudadanos del Perú. En el último proceso electoral, la mayoría de las encuestas publicadas por los medios, supuestamente fueron realizadas en Lima o un alto porcentaje de estas se realizaron en la capital, pero la lectura era “peruanos prefieren…”. Mejor dicho, una pequeña muestra era leída e interpretada como “Los peruanos…”; jamás se dijo “de los encuestados”. Esa lectura tendenciosamente tergiversadora es la que utilizan los “especialistas” de los medios de comunicación propiedad de los grupos de poder para influenciar en la ciudadanía y crear una opinión pública que responde a sus intereses.

En tercer lugar, actualmente se siguen publicando supuestas encuestas donde se sostiene que, según la opinión pública, el Premier o ciertos ministros -que no son del agrado de los grupos de poder- deben renunciar o deben perder la confianza del Ejecutivo por el bien “del país”. Ese “bien del país” en realidad es por el bien de los intereses y los privilegios de los grupos de poder. Los medios de comunicación controlados por una vieja familia civilista, ahora se han convertido en los portavoces del golpismo. Pero, todo lo ocultan bajo las supuestas encuestas y la supuesta opinión pública. Incluso, aprovechan cualquier ocasión para realizar preguntas de odio racial y clasista. No aceptan que un sindicalista dirija el Ministerio de Trabajo. Quieren poner a un profesional al servicio de los grupos de poder. Algo común en casi todos los ministerios.

Por ello, Carlos Sojo aporta que:

“Un elemento central en la contribución de Gallup, que predomina en la interpretación de los resultados y el vínculo de las encuestas con la teoría de la democracia, es la idea del “referéndum por muestreo”, que permite interpretar la opinión de una muestra como si fuese representativa de la población” (2011: 18).

Porque, en la actualidad, el motivo principal de publicar los resultados de una supuesta encuesta no es “conocer la opinión pública”; todo lo contrario, la supuesta encuesta es un arma de la reacción que permite crear una opinión pública que sólo repite aquello que se le dicta desde los medios de comunicación en poder de los pequeños grupos que controlan el Estado. Crean pánico. Miedo. Terror. Hasta llegar al punto que los ciudadanos repiten en coro aquello que se les dictó desde las primeras planas o en los noticieros televisivos y radiales. Llegan al colmo de entrevistarse ellos mismos con el afán de imponer sus ideas utilizando el terror. Son una gran máquina productora de cuentos de terror que buscan crear pánico a ciertas ideas y personas. Por ello Sojo llega a la siguiente conclusión:

“En la actualidad, la opinión pública se analiza, sobre todo, a partir de estudios cuantitativos individuales que se aplican mediante cuestionarios que incluyen preguntas en general cerradas y cuyas respuestas se agregan posteriormente mediante paquetes estadísticos. No obstante, debe tenerse en cuenta que detrás de sus resultados existen bases teóricas sobre las cuales se sustenta el vínculo con el Estado y las políticas públicas, de ahí la importancia de la forma en que la opinión pública es captada y de los resultados que estos estudios arrojan para el proceso democrático” (2011: 18).

Por lo que los grupos de poder han generado un control monopólico sobre las encuestas y sus resultados. Saben muy bien que muchas políticas públicas pueden ser aceptadas o rechazadas según los supuestos resultados de una encuesta. Sabemos que la gran mayoría de las encuestas en realidad no se realizan. Son números dictados desde alguna oficina que se encuentra a media luz. Pero, la publicación y el debate de estas por los “expertos” son la clave para generar esa opinión pública que los grupos de poder manejan a la perfección.

*Sojo, Carlos. El Estado Bajo Escrutinio. Opinión pública, estabilidad y desempeño gubernamental en América Latina. CEPAL. Naciones Unidas. Santiago de Chile-Chile. 2011. (Existe versión en PDF).


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