Opiniones

Notas sobre un cuestionario de Luis Alberto Sánchez a Alfredo González Prada

Augusto Lostaunau Moscol

En 1981, Ediciones COPE publicó una edición facsimilar de la revista Colónida, aparecida en 1916 y cuyo director fue Abraham Valdelomar. El prólogo de dicha edición fue escrito por Luis Alberto Sánchez, quien se esmera por demostrar dos cosas: a) José Carlos Mariátegui jamás fue parte de Colónida, y b) La continuidad histórica de Colónida se encuentra en El Grupo Norte (Trujillo), del cual formó parte Víctor Raúl Haya de la Torre.

En ese afán –casi patológico- por “destruir” la figura de José Carlos Mariátegui, la edición facsímile de Colónida, es aprovechada para insertar una carta que envió Alfredo González Prada (el hijo de Don Manuel), fechada en New York, 26 de Noviembre de 1940, a Luis Alberto Sánchez, en la cual responde un cuestionario de 14 preguntas. Sánchez, en una nota previa a la carta, se esmera en informar que dicha misiva forma parte de un epistolario mayor conformado por 800 páginas que mantuvieron ambos personajes entre 1928 y 1943. Es decir, nos quiere demostrar los niveles de “normalidad” que tienen las comunicaciones entre los dos. Así mismo, Sánchez precisa que dicho epistolario se puede ubicar en la biblioteca de la Pennsylvania State University; un microfilm existe en la Biblioteca Nacional de Lima; y, una copia fotostática en el Archivo Riva-Agüero de la PUCP.

Sobre la amistad entre Valdelomar y Alfredo González Prada, éste último indicó que:

“No recuerdo con exactitud. Quizás en 1909. En todo caso, comencé a conocerle de nombre cuando, escribiendo su nombre arábigamente, Val del Omar, firmaba caricaturas en Monos y Monadas y colaboraba subrepticiamente en el Fray K. Bezón de Francisco Loayza… Ya entonces comencé a tenerle simpatía. Había visitado a mi padre, como “admirador”, no como amigo mío. Nuestra verdadera amistad nació en los días de una famosa excursión universitaria, en 1910, organizada por el doctor Curletti para visitar los departamentos del sur”. (1981:207-208).

La amistad entre Valdelomar y Alfredo González Prada se formó casi 7 años antes de la publicación del primer número de Colónida (15 de enero de 1916). Y se reforzó en la Universidad, principalmente cuando los alumnos del Dr. Lauro A. Curletti Valdés (El Callao, 1881), médico y docente sanmarquino que apoyó decididamente la candidatura de Guillermo Billinghurst, posteriormente apoyó a Leguía y llegó a ser ministro durante el Oncenio. Se caracterizó por su interés por los problemas sociales y económicos del país. La excursión de 1910, sirvió para “conocer el Perú Real”. En 1922, Curletti escribió La Carestía de la Vida. Perú 1920 (Imprenta Torres Aguirre, Lima). Ese viajó consolidó la amistad entre un joven Abraham Valdelomar de 22 años (Ica, 1888) y un adolescente Alfredo González Prada de 19 años (París, 1891). Viajar y leer son los dos mejores momentos para planificar el futuro.

Luego, Alfredo González Prada (frente a la segunda pregunta sobre quiénes eran frecuentes en la casa de Manuel González Prada), contestó que:

“Enrique Bustamante y Ballivian (a quien mi padre admiraba mucho), José María Eguren, Valdelomar. Sin duda alguna otros que no recuerdo en este momento…No encuentro otros nombres. Más tarde, cuando partí yo de Lima, otros se aproximaron: entre ellos Mariátegui”. (1981:210)

En 1916, Alfredo González Prada viajó a Buenos Aires para integrarse al cuerpo diplomático del Perú en ese país. Es durante su estadía en Argentina que su padre muere en Lima en 1918. Son casi dos años que Alfredo González Prada no pudo ser testigo presencial de quiénes visitaban a su padre. Es en ese lapso de tiempo que sostiene que “entre otros” fue José Carlos Mariátegui uno de los asistentes a la casa de Don Manuel. Interesante, porque no recuerda a Víctor Raúl Haya de la Torre, quien visitó a Don Manuel desde 1917, año de su llegada a Lima. Es decir, cuando Alfredo González Prada se comunicaba –desde Buenos Aires- con sus padres, uno de los posibles temas de conversación sería las tardes y noches de charla con los asistentes. Y, quien era más recordado sería José Carlos Mariátegui. Porque, la pregunta que hace Sánchez es: “¿Quiénes se reunían en casa de Don Manuel?”. No hace referencia específica en particular. Es genérica. Salvo que, Alfredo González Prada la haya relacionado con Colónida.

En la cuarta pregunta, Sánchez le pide a Alfredo González Prada recordar al joven José Carlos Mariátegui. Este responde:

“José Carlos Mariátegui era entonces un mozo tímido, triste, de grandes ojos negros, dulces y empavorecidos, simpático, aunque poco efusivo, que se mantenía al margen de nuestro grupo (quiero decir, de los que ya formábamos el grupo “Colónida”) y con quien, por lo que a mí me toca (aunque fuéramos redactores del mismo diario) la relación era la de una amistad distante, limitada a un cruzar de saludos y de breves palabras. Mariátegui era íntimo de Yerovi, y mi imposible amistad con este (en el gran debate Prada-Palma de 1912 había manifestado su simpatía por Palma) levantaba una barrera a mis relaciones con Mariátegui. Y así, su ingreso al círculo íntimo de nuestro grupo se hacía difícil…Indudablemente, hubiera querido incorporarse a nosotros. En sus posteriores críticas del movimiento Colónida, hay una ligera mordacidad mal encubierta al juzgarlo, que no es sino la frustración de su anhelo”. (1981:211)

Pese a ser mayor sólo por 3 años, Alfredo González Prada lo describe a Mariátegui como un mozo tímido y triste. Es su contemporáneo, pero muestra cierta superioridad. Otro aspecto que debe tener en cuenta es que Alfredo González Prada supone que una posible amistad con Mariátegui era imposible porque, en medio, se encontraba la amistad de Mariátegui con Yerovi. Y, el hecho que Yerovi haya apoyado a Palma en su debate con Manuel González Prada en 1912. Dicho debate tuvo como pretexto el cargo de Director de la Biblioteca Nacional. Pero, en realidad es más político. Se sustenta en la visión del intelectual de izquierda más importante del Perú de aquel entonces, contra la visión del intelectual más conservador de la derecha peruana de aquel entonces.

Esa imposible amistad a causa de un amigo tercero que no apoyó a su padre, muestra una personalidad muy dependiente de la figura paterna. Esa dependencia lo lleva al prejuicio hacia Mariátegui. A quien ataca cuando lo acusa de frustrado por no haber sido un Colónida. En los 7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana, Mariátegui sostiene que:

“Una efímera revista de Valdelomar dio su nombre a este movimiento. Porque "Colónida" no fue un grupo, no fue un cenáculo, no fue una escuela, sino un movimiento, una actitud, un estado de ánimo. Varios escritores hicieron "colonidismo" sin pertenecer a la capilla de Valdelomar. El "colonidismo" careció de contornos definidos. Fugaz meteoro literario, no pretendió nunca cuajarse en una forma. No impuso a sus adherentes un verdadero rumbo estético. El "colonidismo" no constituía una idea ni un método. Constituía un sentimiento ególatra, individualista, vagamente iconoclasta, imprecisamente renovador. "Colónida" no era siquiera un haz de temperamentos afines; no era al menos propiamente una generación…La bizarría, la agresividad, la injusticia y hasta la extravagancia de los "colónidos" fueron útiles. Cumplieron una función renovadora. Sacudieron la literatura nacional. La denunciaron como una vulgar rapsodia de la más mediocre literatura española. Le propusieron nuevos y mejores modelos, nuevas y mejores rutas. Atacaron a sus fetiches, a sus iconos. Iniciaron lo que algunos escritores calificarían como "una revisión de nuestros valores literarios". "Colónida" fue una fuerza negativa, disolvente, beligerante. Un gesto espiritual de varios literatos que se oponían al acaparamiento de la fama nacional por un arte anticuado, oficial y pompier”. (1977:282-283)

La crítica a Colónida es dura, pero no es nacida de un revanchismo demoledor. Por el contrario, Mariátegui reconoce que, gracias a Colónida, las letras peruanas de inicios del siglo XX darán el gran salto hacia el universo. Se rompió con una herencia (impuesta) española; y, se impusieron nuevas tradiciones literarias. La beligerancia de Colónida salpicó a otros jóvenes escritores, periodistas e intelectuales, quienes sin ser parte de la revista, también tomaron partido por la propuesta básica de Colónida. Eran los “colonidistas”, entre quienes se ubica el propio Mariátegui. Quizás por “colonididista” algunos entendieron a quienes formaron Colónida. No es así. Al grupo de la revista, Mariátegui los denominó la Capilla de Valdelomar. Entonces, no miente el Amauta cuando sostiene que los “colonidos” se caracterizaron por “La bizarría, la agresividad, la injusticia y hasta la extravagancia”. Pero fue una bizarría útil y creadora. Fue una agresividad útil y creadora. Fue una injusticia útil y creadora. Fue una extravagancia útil y creadora. Porque renovó las letras peruanas hasta elevarlas a niveles nunca antes pensados. De Colónida hacia adelante, las letras peruanas han producido escritores de gran valía. Son los forjadores del cosmopolitismo literario peruano. Sin ellos, no existiría un Juan Parra del Riego o un Carlos Oquendo de Amat.

La admiración que presentó Mariátegui por Colónida no lo obligó a escribir mil palabras de elogio. Por el contrario, criticó su “apoliticismo”. Y, resaltó haberse enfrentado a los “Académicos” que siempre han mostrado ser conservadores, temerosos y sectarios. No olvidemos que, son esos mismos “Académicos” quienes despreciaron –y desprecian- la obra del Amauta.

Es el mismo Alfredo González Prada quien criticó a Colónida, cuando –al responder la sexta pregunta- dice:

“Cuando Valdelomar fundó Colónida, no lo hizo con intención de que significara vocero exclusivo de nuestro grupo, (Lea mi artículo “Colónida: revista de Abraham Valdelomar”, que le incluyo). Nosotros pensamos fundar una revista más representativa y más combativa que Colónida; pero en proyecto quedó. Colónida –a la que en mi artículo vaticiné tres números de vida- sobrevivió hasta Mayo de 1916; anunciada quincenal, apareció mensualmente, y entre los números 3 y 4 transcurrieron dos meses”. (1981:213)

Alfredo González Prada fue un “colonido”. En el primer número de la revista, publicó breves notas sobre la vida intelectual. Pero, en el diario La Prensa, y bajo su seudónimo (Ascanio) asumió que la revista no duraría. Reconoce que, por ser tan irónica, mordaz e independiente, de lectura difícil, Colónida no tendrá larga vida. En el artículo de La Prensa, sostuvo que:

“Una revista del espíritu de “Colónida” debe ser juvenil, libre, audaz, generosa y alegre. No rehuir filosóficas profundidades ni desdeñar fogosos combativismos de diario de lucha. Serlo todo: irónica, mordaz, sugeridora, incisiva, elegante, graciosa, frívola, ligera, impertinente hasta la inconveniencia; descocada hasta la lubricidad; honda hasta la meditación. Inmoral si la oportunidad lo exige, pero seria, jamás!”. (1981:236)

No cabe duda de que un “colonido” como Alfredo González Prada fue parte de la extravagancia que reinó entre los editores de Colónida. No era una revista para pensar el Perú, todo lo contrario, era una revista que utilizó la mordacidad y el humor para hacer pensar el Perú.

Y, cuando responde la pregunta siete, sostiene que:

“En mi opinión, el colonidismo fue el estado espiritual de una generación; el eco, en la mocedad de 1916, de ciertas actitudes intelectuales y artísticas de Europa. De una Europa que ya no existía; pero que, como luz de estrella, nos llegaba rezagada en el tiempo”. (1981:214)

Finalmente, Alfredo González Prada terminó utilizando las mismas palabras para describir los mismos hechos sobre Colónida que utilizó José Carlos Mariátegui en su comentario y balance. Entonces, no existió tal resentimiento del Amauta para con la revista de la capilla de Valdelomar. ¿Una mala lectura? O ¿Una lectura intencionalmente mala? No lo sabremos. Pero, era lo que Luis Alberto Sánchez –y su patológico Anti Mariateguismo- quería escuchar. Por ello, en el cuarto tomo de La Literatura Peruana, Sánchez sostiene que:

“Ni Yerovi ni Mariátegui, aquel quizá demasiado lejano no sólo por mayor de edad (unos siete años apenas) sino por su temperamento popularista, y el segundo, por menor de edad y pos su primitivo temperamento aristocratizante, influyen en la formación de Valdelomar. De ambos, extrajo en alguna proporción la tendencia a la simplicidad, a lo cotidiano, al afinamiento estético y la penetración crítica”. (1989 IV:1747)

La visceralidad con la que Sánchez escribe cada vez que se trata de José Carlos Mariátegui, devela un rencor y un odio enfermizo por parte del cuatro veces rector contra el autodidacta.

Además, en el número 1 de Colónida, Alfredo González Prada escribe una nota sobre Las Tapadas, un poema escénico de Juan Croniqueur (seudónimo de José Carlos Mariátegui) y Julio de la Paz (autor de El Cóndor Pasa, que contó con los arreglos musicales de Daniel Alomías Robles), donde sostiene que:

“Las Tapadas” no caracterizan teatro nacional. Una serenata en falsete bajo balconcillo limeño o una zamacueca de negros en mitad de la calle, no bastan para determinar un ambiente”. (1981: Colónida I p.39)

Alfredo González Prada exigió que Colónida deba ser “graciosa, frívola, ligera, impertinente hasta la inconveniencia; descocada hasta la lubricidad”; pero frente a Las Tapadas, se convierte en un claro defensor de la tradición y el conservadurismo. Pero, continuando con su respuesta a la pregunta siete, agrega que:

“El grupo esotérico del colonidismo lo formábamos, en realidad, los ocho de Las Voces Múltiples: Valdelomar, More, Abril, Valle, Ulloa, Garland, Bellido y yo. En su ensayo sobre la Literatura Peruana afirma Mariátegui que “varios escritores hicieron colonidismo sin pertenecer a la capilla de Valdelomar”. Observación exacta. Muchos respondieron, independientemente de nuestro grupo, al espíritu flotante en el ambiente cultural de entonces. Al hacer su observación, Mariátegui pensó, indudablemente, en sí mismo. Podría decirse que hubo en 1915-1916 dos grupos intelectuales: los colónidas y los colonidistas. Los colónidas éramos nosotros; los colonidistas, los otros” (1981:215)

El estatus social de ser un “colónido” lo eleva de categoría a quien lo fue. Por ello, Alfredo González-Prada reduce ese prestigio social a una élite. Son el “nosotros”; mejor dicho, los “superiores y diferentes”: Por el contrario, más allá se encuentran los “otros”, quienes ni son “el nosotros” ni tienen “prestigio” por ello no son ni serán de la élite. Una visión bastante conservadora y oligárquica de la sociedad. Una visión de secta. Para entender esa mirada excluyente, debemos tener en cuenta la observación de José Carlos Mariátegui:

“Los "colónidos" no tenían orientación ni sensibilidad políticas. La política les parecía una función burguesa, burocrática, prosaica. La revista Colónida era escrita para el Palais Concert y el jirón de la Unión. Federico More tenía afición orgánica a la conspiración y al panfleto; pero sus concepciones políticas eran antidemocráticas, antisociales, reaccionarias. More soñaba con una aristarquía, casi con una artecracia. Desconocía y despreciaba la realidad social. Detestaba el vulgo y el tumulto” (1977:284).

Así es. Existen pequeños grupos de individuos que asumen ser una especie de élite que no les permite ni vivir ni convivir con los demás. La vida y la admiración se reduce a ellos mismos entre ellos mismos. Esto se debe a la carencia de una posición política que les permita interactuar con la sociedad de la que forman parte, pero que aborrecen por no ser “perfecta”; es decir, a imagen y semejanza de lo que ellos piensan. Pese a ello, Mariátegui describe muy bien la genialidad de Abraham Valdelomar cuando señala que:

“Uno de los elementos esenciales del arte de Valdelomar es su humorismo. La egolatría de Valdelomar era en gran parte humorística. Valdelomar decía en broma casi todas las cosas que el público tomaba en serio. Las decía pour épater les bourgeois. Si los burgueses se hubiesen reído con él de sus "poses" megalomaníacas, Valdelomar no hubiese insistido tanto en su uso. Valdelomar impregnó su obra de un humorismo elegante, alado, ático, nuevo hasta entonces entre nosotros. Sus artículos de periódicos, sus "diálogos máximos", solían estar llenos del más gentil donaire. Esta prosa habría podido ser más cincelada, más elegante, más duradera; pero Valdelomar no tenía casi tiempo para pulirla. Era una prosa improvisada y periodística” (1977:286).

El humor es la expresión máxima de la inteligencia humana. Cuando el ser inteligente asume con humor todo aquello que le rodea -incluso aquello que le parece deleznable o insufrible- se eleva sobre la misma sociedad y se convierte en un paradigma. Eso lo convirtió a Valdelomar en el paradigma de la intelectualidad peruana de la primera parte del siglo XX. Mientras Valdelomar creaba con humor; sus detractores sólo expresaban odio y venganza. Leer a Valdelomar con humor, esa es la alternativa.

Referencias bibliográficas.

Mariátegui, José Carlos. 7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana. Biblioteca Amauta. Empresa Editora Amauta. Lima-Perú. 1977.

Sánchez, Luis Alberto. La Literatura Peruana. Tomo IV. Banco Central de Reserva del Perú. Lima-Perú. 1989.

González-Prada, Alfredo. Carta a Luis Alberto Sánchez [1940]. En: Colónida. Edición Facsimilar. Prólogo Luis Alberto Sánchez. Ediciones COPE. Lima-Perú. 1981.

González-Prada, Alfredo (ASCANIO) [1916] “Colónida” Revista de Valdelomar. En: Colónida. Edición Facsimilar. Prólogo Luis Alberto Sánchez. Ediciones COPE. Lima-Perú. 1981.

González-Prada, Alfredo (A.G.P.) [1916] La Quincena Teatral. “Las Tapadas”. En: Colónida. Edición Facsimilar. Prólogo Luis Alberto Sánchez. Ediciones COPE. Lima-Perú. (Colónida I) 1981.


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