Opiniones

La peruana “Carioca” que me recordó que nunca debemos renegar del hogar

Por Armando Avalos

En su lujosa residencia en Morumbí, la peruana Rosa Alba bailaba emocionada un vals peruano. Cogió una bandera bicolor y la besó con mucha ternura. Su voz se entrecortó y con una inocultable nostalgia, me dijo que si bien era feliz en Brasil, parte de su corazón y su alma siempre están en Perú. El lugar donde nació, creció y donde están las personas que llenan su vida, su familia.

“Uno nunca debe renegar del lugar de donde surgió. Es como negar a una madre o a un padre. Si no amamos nuestras raíces y nuestros orígenes, no seremos personas de bien. No seremos personas confiables. Una persona que no es agradecida, no vale en la vida”, me decía Rosa mientras me llevaba en su moderno auto por las calles de Sao Paulo.

Orgullosa me mostró su empresa, una exitosa consultora de recursos humanos que ella sacó adelante con mucho sacrificio. Sus ojos se llenaban de emoción al contarme cómo llegó sin dinero a Brasil huyendo de la barbarie terrorista que en los años 80 se vivía en Perú.

“Yo amo mucho a mi país y dejarlo todo, fue terrible. No te miento que no dejaba de llorar todos los días. Extrañaba mi comida, mi música peruana, mis amigos y mi familia. Mi corazón sobrevivía. Y ese dolor no me dejaba avanzar”,  me contaba Rosa, quien trataba vanamente de ocultar una lagrima.

La empresaria peruana me relató entonces que tomó una decisión drástica y de la que años después se arrepentiría. “Decidí olvidarme de mi país, de mis recuerdos, de mi pasado. Solo me dediqué a trabajar para calmar mi corazón y evitar todo aquello que me trajera a la mente mi terruño”.

Rosa Alba, hizo una pausa en su relato para mirar la bandera peruana que tiene en su casa. La observó con cariño y me confesó que al pasar los años y tener éxito empresarial en Brasil, le ocurrió algo que la obligó a ver su pasado.

Fue invitada junto a otros empresarios de Brasil a un evento internacional en Perú. Al llegar a Trujillo con la delegación carioca, se quedó extrañada, cuando los peruanos la trataban como una “brasileña” y los brasileños la consideraban “una peruana”. “En ese momento, me di cuenta que por más que me había esforzado en pertenecer a Brasil, para ellos siempre sería una peruana. Y me apenó que para mis paisanos, era irreconocible. Me sentí que no pertenecía a ninguno de los dos mundos y me puse a llorar”.

Rosa Alba, comprendió ese día que fue absurdo renegar de su hogar y alejarse. Que será siempre una peruana de sangre y una brasileña de corazón. Que el destino la obligó a dejar su tierra, pero no hay distancia que nos aleje del hogar. El hogar es el destino que Dios nos puso en el camino, el espacio donde comienza nuestra existencia. Ese lugar bendito que amamos y nos molestamos a veces. Por el que podríamos dar la vida y donde está lo más valioso que podríamos tener, la familia.

Me despedí de Rosa Alba con un abrazo y con un ¡Arriba Perú! Me quedo con el recuerdo de una peruana en Brasil que logró el éxito económico en tierras lejanas pero que encontró la felicidad cuando se reencontró con sus raíces. Una compatriota que esa noche en Sao Paulo, nos recordó que habrá muchos lugares donde uno puede escoger vivir, pero solamente habrá un hogar.


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