Opiniones

“El camino de palacio se compra con oro o se conquista con fusiles”

Sobre el discurso de Víctor Raúl Haya de la torre en Trujillo el 8 de diciembre 1931.

Por Augusto Lostaunau Moscol

“Era el alba,

cuando las gotas de sangre en el olmo

exhalaban tristísima luz”.

(José María Eguren)

El Oncenio llegó a su fin el viernes 22 de agosto de 1930. La guarnición de Arequipa se había sublevado contra el gobierno de Augusto B. Leguía. El Mayor del Ejército Peruano, Víctor Villanueva recuerda ese acontecimiento de la siguiente manera:

“El primer diario que encontré, La Prensa, daba la noticia a todo lo ancho de la página, aunque el movimiento no era secundado por unidades de otras regiones, aceptaba que los cuerpos de tropa de la guarnición de Arequipa se habían sublevado en la mañana del día anterior, viernes 22 de agosto, al mando del comandante Luis M. Sánchez Cerro, jefe de un batallón de zapadores” (1977:13).

Desde la crisis económica mundial de 1929, el gobierno de Leguía se debilitaba cada vez más. Eso unido a la impopularidad de muchas de sus obras públicas que eran inauguradas para alimentar y enaltecer su ego. Once años en el poder habían significado muchos casos de abuso y despotismo. Cada vez eran más los ciudadanos peruanos que deseaban el fin del Oncenio. Y, ese fin, inició en Arequipa con la sublevación de la guarnición militar.

Pese a que cierto sector de los medios de comunicación escritos trató de desvirtuar el carácter de la sublevación de Arequipa, los ciudadanos de Lima iniciaron una serie de movilizaciones y manifestaciones violentas contra el exdictador y sus más allegados colaboradores. Víctor Villanueva recuerda que:

“Desde las primeras horas de la mañana, pese al estado de sitio decretado por la junta, se vieron ya pequeños grupos que recorrían las calles dando mueras al tirano. Uno de estos grupos se lanzó sobre la casa de Rada y Gamio, prominente hombre del régimen, rompió las puertas, sacó los muebles y les prendió fuego, sin el menor intento de aprovechamiento personal. El grupo, crecido ya, se lanzó sobre las casas de Leguía, Foción Mariátegui, Sebastián Lorente, a todas ellas con la misma finalidad: destrucción” (1977:88).

Además, las turbas también atacaron varios ómnibus de la empresa Metropolitan, gritando ¡Abajo los monopolios! La violencia era en respuesta a la política entreguista del régimen del Oncenio. Fueron años de abuso de poder y explotación del capital. En los ataques a la casa del exdictador Leguía, murió el estudiante de medicina Carlos Llerena junto a un obrero del cual la prensa sólo informó como un NN. Incluso hasta en la protesta social, los medios de comunicación mantienen su eterna posición clasista y racista. En las calles se rumoreó que el doble asesinato fue obra de las fuerzas de choque del exdictador. Villanueva sostiene que:

“Se dijo que los muertos cayeron bajo las balas de la “negro Arzola”, viejo bandolero que al salir de la cárcel se convirtió en muy leal guardaespaldas del dictador. La policía se olvidó de los asaltantes para perseguir al defensor de la casa asaltada. Cayó más tarde, acosado en un callejón del Rímac donde se refugió. Mantuvo a raya a sus perseguidores hasta caer acribillado a balazos” (1977:89).

Apolinario Arzola, delincuente, faite de los bajos fondos y ladrón de alto vuelo era conocido como la “Negro Arzola”. Siguió la costumbre de los maleantes de la época al aceptar dejar la mala vida y convertirse en guardaespaldas del presidente. Cosa muy usual en el Perú. Desde la República Aristocrática, los políticos prominentes de familias oligárquicas contaban con una fuerza de choque muy violenta. Luego, Benavides continuó esa tradición con “Maquinita Mur y Viana”. Los partidos políticos nacidos en aquellos años aprendieron que en las cárceles se pueden reclutar grupos muy violentos para atacar y disuadir a los rivales y enemigos. Sobre esto, en 1934, Ricardo Martínez de la Torre escribió que:

“El Partido Aprista Peruano, cuya dirección se encuentra en manos de hombres jóvenes y audaces, a quienes el ostracismo leguista permitió ponerse en contacto, no con las grandes acciones revolucionarias de Europa, sino con los movimientos contrarrevolucionarios del gran capital, trasplanta directamente a la política peruana los métodos y procedimientos de la contrarrevolución internacional… Bajo la máscara de organismos deportivos, de guardia armada para custodiar a los líderes del Partido, el APRA crea y organiza sus propias escuadras de asalto. Si las camisas negras floristas son la encarnación exacta de las fuerzas ultraconservadoras del país, los “búfalos” y “dorados” aparecen como los gérmenes de los mismos cuadros armados que se movilizarán oportunamente contra las masas trabajadoras” (1974:232).

Es una muy oportuna anotación de las observaciones que realizó un testigo de su época. En la coyuntura electoral de 1931, los llamados Camisas Negras del dirigente político fascista Luis A. Flores, hicieron su aparición en las calles de Lima y El Callao. Jóvenes varones de las clases medios -y otros de las clases dominantes- que, imbuidos del fascismo italiano, marchaban mientras practicaban el saludo de Mussolini. Mientras que, de parte del PAP, aparecían los posteriormente llamados Búfalos y Dorados, quienes eran principalmente jóvenes al margen de la ley y provenientes de los bajos fondos. Con el tiempo, los Camisas Negros desaparecieron -convirtiéndose en una simple anécdota política-; pero los Búfalos durante varias décadas fueron fuerzas de choque y asalto para atacar sindicatos y gremios estudiantiles.

Ese día de protestas se sucedieron la muerte de seis personas y más de 60 heridos. En El Callao, los enfrentamientos fueron por liberar a los presos políticos de la dictadura. Además, asaltaron e incendiaron la municipalidad, la prefectura y la casa del alcalde.

Para apaciguar la situación caótica que se vivía a nivel nacional, se formó la Junta de Gobierno. El Comandante Luis Sánchez Cerro la presidió y estuvo integrada por: Coronel Ernesto Montagne (Ministro de Relaciones Exteriores); Teniente Coronel Armando Sologuren (Ministro de Justicia e Instrucción); Coronel Ricardo Llona (Ministro de Hacienda); Comandante Alejandro Barco (Ministro de Guerra); Coronel Eulogio Castillo (Ministro de Fomento); Comandante Gustavo Jiménez (Ministro de Gobierno); y Comandante Carlos Rotalde (Ministro de Marina). En cumplimiento del Estatuto del 2 de septiembre de 1930, el Comandante Luis Sánchez Cerro fue reconocido Presidente de la República y Presidente del Consejo de Ministros. Además, la Junta de Gobierno asumió las atribuciones que la Constitución Política le confería a los poderes Ejecutivo y Legislativo (Basadre XIV 1968).

Esta Junta de Gobierno intentó satisfacer las demandas de aquellos sectores opositores a Leguía. Intervino el Poder Judicial y persiguió a los más conspicuos dirigentes del Oncenio. Pero, también trató de silenciar a los sectores populares organizados. Huelgas y Paros a nivel nacional generaron un clima de inestabilidad. La respuesta fue ilegalizar la Central General de Trabajadores del Perú-CGTP, de orientación marxista-leninista. La crisis se agudizó y sectores del Ejército y la Marina le quitaron su apoyo. Entonces, el 1ro, de marzo de 1931, Sánchez Cerro renunció al cargo de Presidente de la República.

Sánchez Cerro renunció y dejó en el cargo a Monseñor Mariano Holguín, quien fue prácticamente Presidente del Perú por unas horas. Luego, se proclamó al Presidente de la Corte Suprema doctor Ricardo Leoncio Elías como Presidente de la República. Pero, el 5 de marzo de 1931, el Comandante Gustavo Jiménez daba un nuevo Golpe de Estado y entraba a Palacio de Gobierno acompañado de la guarnición de Arequipa. Nuevamente el caos reinó en el país hasta que el 11 de marzo de 1931, el Comandante Gustavo Jiménez formó la Junta Nacional de Gobierno y reconoció como Presidente a David Samanez Ocampo, quien contó con Rafael Larco Herrera (como Ministro de Relaciones Exteriores); José Francisco Tamayo (Gobierno); Gustavo Jiménez (Guerra); José Gálvez (Justicia e Instrucción); Manuel Vinelli (Hacienda); y, Ulises Reátegui Morey (Fomento). (Basadre XIV 1968).

El 26 de mayo de 1931 la Junta Nacional de Gobierno emitió el Decreto Ley que convocó a Elecciones Generales para elegir Presidente de la República y un Congreso Constituyente. Además, se conformó una Comisión para elaborar un Proyecto de Ley de Elecciones. Dicha Comisión fue conformada por jóvenes intelectuales. Ellos fueron: José Antonio Encinas Franco, César Antonio Ugarte Ocampo, Federico More Barrionuevo, Luis E. Valcárcel Vizcarra, Jorge Basadre Grohmann, Alberto Arca Parró, Carlos Enrique Telaya Ackermann, Luis Alberto Sánchez y Carlos Manuel Cox. Los dos últimos de confesa militancia en el PAP. Jorge Basadre y Carlos Manuel Cox, desde el principio, mostraron su posición de otorgar el voto a las mujeres mayores de 21 años, letradas y con empleo o estudiantes universitarias. El voto para mujeres de la clase dominante. En cambio, José Antonio Encinas propuso, además de apoyar el voto femenino, el voto para todos los analfabetos. La posición política de Encinas, y su socialismo convicto y confeso, lo llevaron a luchar por universalizar el derecho al sufragio. Cox, inmediatamente apoyó la posición de Encinas, más por cálculo político-electoral que por convicción ideológica. Ya, desde 1931, las posiciones socialistas de universalizar los derechos ciudadanos a nivel global determinaron que se plantearan el derecho al voto del analfabeto y de la mujer (Rebata Delgado 2019).

Incluso, el debate sobre el voto femenino se mantuvo después del proceso electoral de 1931. A fines de diciembre de 1931, el diario El Comercio realizó una encuesta sobre aquel tema. Uno de los encuestados fue el propio Presidente de la República Luis Sánchez Cerro, quien indicó que:

“Soy un partidario convencido y entusiasta del sufragio femenino…Considero que la mujer peruana ha conquistado el derecho de ejercerlo, sin restricciones de ninguna clase” (1969:273).

En 1931, el debate sobre el voto femenino y el voto de los analfabetos prácticamente polarizó a los partidos políticos. En una entrevista publicada en julio de 1986, Luis Alberto Sánchez indicó que:

“El voto femenino general era una trampa del presidente Sánchez Cerro (1931), quería simple y llanamente halagar a la gente, sobre todo a las placeras y a las “señoritas bien” que eran todas antiapristas. En cambio, las mujeres de clase media que trabajan, si eran bastante apristas, de manera que ahí había una cuestión electoral y de principios. Nosotros fuimos partidarios de dar a la mujer que trabaja y a la madre de familia, considerando su maternidad como un trabajo” (1986:39).

Se puede percibir que existe una noción muy marcada entre clase social y antiaprismo. El argumento de Luis Alberto Sánchez es que la propuesta de voto femenino de parte de Sánchez Cerro lo favorecía porque las beneficiarias serían las “placeras” y las “señoritas bien”. Las primeras eran las trabajadoras de los mercados y plazas donde vendían todo tipo de productos de panllevar. Las segundas, eran las hijas de las familias oligárquicas. Entonces, en su análisis de la realidad, los representantes del PAP asumieron una posición antipopular (contra las “placeras”) y antioligárquica (contra las “señoritas bien”); suponiendo que ambos sectores extremos de la sociedad “no trabajan”; ya que, ellos apoyaron el voto femenino sólo para las “mujeres que trabajan o son madres”.

Entre los candidatos que se presentaron, Luis Sánchez Cerro y Víctor Raúl Haya de la Torre eran los más importantes, llamados a animar el acto electoral y que más esperanzas generaron entre los electores. José María de la Jara y Ureta como Arturo Osores estaban convocados para ser una suerte de comparsa de centro. La polarización entre sanchecerristas y apristas marcaron el proceso. En sus memorias, el militante y líder del PAP, Luis Felipe de las Casas recuerda que:

“La violencia política también llegó a Barranco en plena campaña electoral de 1931, cuando el dirigente y candidato aprista a una representación por Lima para el Congreso Constituyente, Santiago Copello, fuera víctima de un ataque a pedradas al encabezar una manifestación partidaria. Rumbo a Surco, al llegar al puente Talana, nos embotellaron por un lado la poblada sanchecerrista de la belicosa y famosa “Raya Bolivia”, con quienes habíamos tenido el primer encuentro al pasar. Por el lado de Santiago de Surco los agricultores de origen italiano-fascistoide y los campesinos de ese lugar que fueron concentrados y movilizados por los primeros, -como en Europa y los “somaitenes” catalanes, - por las campañas de la tradicional Iglesia-Parroquia de Surco echadas al viento” (1981:24-25).

No cabe duda de que las elecciones de 1931 dividieron al electorado peruano entre dos principales opciones políticas. Sánchez Cerro y Haya de la Torre se presentaron como los verdaderos “salvadores” del Perú. Los discursos eran cada vez más beligerantes y los enfrentamientos violentos marcaron las jornadas de campaña. Rafael Roncagliolo indica que:

“El proceso electoral de 1931 responde a la crisis económica, social y política generada desde 1929. La insurgencia popular, si bien no se articulaba como conciencia de clase colectiva, sí era militantemente antimperialista. Y desde el punto de vista orgánico se expresaba en dos partidos nacientes: el PCP, donde se agrupaban los elementos más radicales y desde donde se impulsaba y dirigía la única central sindical de la época, la CGTP; y el APRA que se levanta entonces como alternativa de poder frente a la oligarquía. La represión, incluyendo la ilegalización de la CGTP a comienzos de 1931, junto con la propia línea política del PCP, determinaron su exclusión del proceso electoral, al cual sólo concurrieron simbólicamente a través de la candidatura extraoficial de Eduardo Quispe y Quispe” (1980: 24-26).

Las elecciones de 1931 fueron muy reñidas. El candidato de la Unión Revolucionaria, Luis Miguel Sánchez Cerro logró 152,062 votos, superando al candidato del Partido Aprista Peruano, Víctor Raúl Haya de la Torre quien alcanzó 106,007 votos. Detrás quedaron José María de la Jara y Ureta (Acción Republicana) y Arturo Osores Cabrera (Partido Constitucional Renovador del Perú).

El Jurado Electoral proclamó como ganador al candidato Sánchez Cerro. Inmediatamente, los militantes del PAP denunciaron la existencia de fraude y parcialización de los miembros del Jurando Electoral con el candidato de la UR. Basadre escribe que:

“Los apristas sostuvieron que se había realizado un fraude; y reiteraron que los de ellos eran “cien mil votos no impugnados”. Llegaron a decir que Haya de la Torre era “Presidente moral del Perú”. La victoria de Sánchez Cerro tuvo las excepciones de Loreto, La Libertad, cuna de los fundadores del aprismo, Lambayeque, Huánuco y Tacna, departamento este que en gran parte había sido devuelto por Chile y que había sido herido por el abandono en que hallábase sumido después del cautiverio. Las elecciones del departamento de Cajamarca, a favor de los candidatos apristas, fueron anuladas”. (1968 XIV: 168).

Haber ganado en algunas regiones y el hecho de la anulación de los resultados en Cajamarca dio motivo a los militantes del PAP a sostener un fraude electoral contra su fundador, líder y candidato. En Lima, los primeros resultados dieron las siguientes cifras: Sánchez Cerro (45,504 votos); Haya de la Torre (27,008); Osores (6,648); y De la Jara y Ureta (6,625). Inmediatamente, los personeros del Partido Aprista Peruano solicitaron la anulación de 15 actas correspondientes a 15 ánforas que, según sostenían, presentaban serias anomalías. En casi tres horas, dichas ánforas fueron anuladas, quedando el resultado final y oficial de la siguiente manera: Sánchez Cerro (44,429 votos); Haya de la Torre (27,008); Osores (6,620); y De la Jara y Ureta (6,603). Este nuevo y definitivo resultado no fue del agrado de los personeros del PAP, entonces -como testimonia el historiador Pedro Ugarteche (quien actuaba como personero de la Unión Revolucionaria)-:

“En este punto hace uso de la palabra el señor Quesada, personero del Partido Aprista, manifestando que el resultado del escrutinio no respondía a la voluntad popular y, en nombre del Partido Aprista que representaba, impugnaba el escrutinio y pedía la anulación total del proceso electoral en Lima por cuanto, dice, se han cometido graves irregularidades que exponía en un documento que presentó al Jurado; pidiendo también que se diera lectura de él” (1969 II:221).

Las denuncias de fraude fueron la voz de los militantes y simpatizantes del PAP. Desde la alta dirigencia hasta el militante de base, la denuncia de fraude se generalizó, con lo que el clima político nuevamente se convirtió en conflictivo. Las grescas entre simpatizantes de Sánchez Cerro y de Haya de la Torre fue cosa común. Pese a ello, el Jurando proclamó ganador a Luis M. Sánchez Cerro. Andrés Townsend Ezcurra sostiene que:

“El Aprismo pidió, sin éxito, la nulidad de los comicios. La Junta de Samanez estaba ya cercada por fuerzas adictas a la oligarquía civilista y tuvo que inclinarse ante la restauración de la extrema derecha, que contaba con el respaldo de un partido de extracción popular: la Unión Revolucionaria” (s/f: 14).

Pero, los personeros, dirigentes y militantes del PAP pregonaron fraude en las regiones donde los resultados les fueron adversos. En cambio, hubo regiones donde la votación era muy alta y favoreciendo a Víctor Raúl Haya de la Torre. En esas regiones, los del PAP sostenían que ese era el verdadero voto y la verdadera decisión del pueblo. Alfredo Rebaza Acosta indica que:

“Bastará citar una frase para demostrar la fuerza enorme del aprismo en el departamento de La Libertad. De 4,600 electores que se inscribieron en el Registro Electoral de Trujillo para las elecciones de 1931, 4,300 votaron por el APRA. O lo que es lo mismo faltaron 300 votos dispersos para unanimizar la votación. Casi lo mismo pasó en el resto del Departamento. Bastará recordar que, en la provincia de Huamachuco, sobre una base de 1,200 electores, el comandante Sánchez Cerro sacó tres votos” (2002:94).

Pero ¿cuál era la imagen que habían creado los militantes del PAP del elector limeño? Para responder, citaremos a Rogger Mercado:

“Una gran corriente popular de los sectores tugurizados de la vieja Lima, acostumbrados a los sándwiches o las butifarras, se enfrentarían con la corriente aprista que, viniendo desde el norte, amenazaba con cubrir un amplio espacio político en estos partos de la democracia representativa. Los votos apristas naturalmente eran votos conscientes; esperanzados en un provenir mejor para la clase obrera y campesina, y en general para todos los sectores oprimidos de la población” (1982:15).

No cabe duda de que, esos limeños de los tugurios eran los “come sándwich y las placeras”. Porque el PAP se auto percibía y auto proclamaba el Partido del Pueblo: vale decir, de la clase obrera y la clase campesina. Además, se supone que Sánchez Cerro “compró” los votos de esos sectores “regalando butifarras”.

El 8 de diciembre de 1931 Sánchez Cerro tomó posesión de la Presidencia de la República. Sobre estos últimos acontecimientos de violencia y polarización electoral, el líder y militante del PAP, Armando Villanueva del Campo (que en esos años era un adolescente de 16 años) recuerda que:

“A fines de 1931 había comenzado la matanza de paisanos y al sanchecerrismo se había sumado la matonería clásica que acompañó al civilismo. Aquella violencia fue preludio de la Revolución de Trujillo. El 8 de diciembre de 1931 -cuando Sánchez Cerro asumía el gobierno en Lima- desde Trujillo, Víctor Raúl expuso otra visión de la historia, lo que vendría: anunció que las páginas de gloria o de vergüenza las escribiríamos con sangre o con lodo… dijo también que a Palacio llegaba cualquiera porque los caminos para llegar a él se compraban con oro o se conquistaban con fusiles… que la misión del Aprismo era llegar a la conciencia del pueblo antes que al Palacio… que a la conciencia del pueblo se llegaba con la luz de una doctrina, con el profundo amor a una causa de justicia y con el ejemplo glorioso del sacrificio” (2004:18-19).

Las elecciones de 1931 se dieron en un periodo de una fuerte crisis económica (derivada de la crisis de 1929); en medio de una participación popular permanente y plena (Golpe de Estado y saqueo contra Leguía y sus colaboradores); una crisis de gobernabilidad (Juntas de Gobierno) y la polarización electoral por dos candidatos que lograron movilizar a sus seguidores y simpatizantes. Incluso, antes de la ceremonia de juramentación del cargo de Presidente de la República, se dieron acontecimientos violentos en algunas regiones. Ciro Alegría lo recuerda así:

“Como enviado especial del Comité Ejecutivo del Partido Aprista en Trujillo, me dirigí a Cajamarca en los primeros días de diciembre de 1931. La revolución que estalló allí, tuvo lugar el cinco o el seis de aquel mes. Fracasó y yo quedé perseguido. Regresaba a Trujillo, cuando en el pueblo de Paiján, cercano a esa ciudad, la guardia civil me descubrió y capturó el día 16. Me condujeron a Trujillo y allí nos torturaron a quince presos. Comenzaba la dictadura de Sánchez Cerro y estaban tratando de sembrar el terror. Yo estuve en la cárcel de Trujillo hasta el 7 de julio de 1932, día que estalló la revolución” (1978 I123-124).

No cabe duda. En 1931, el Perú era un país hirviente. Los enfrentamientos armados y violentos eran cotidianos. Las juventudes políticas participaban en forma activa y militante. La cárcel era vista como un premio o un paso a la adultez militante. Entonces, el discurso de Haya de la Torre en Trujillo, aquel 8 de diciembre de 1931, fue un llamado a la lucha por parte de los militantes apristas contra el naciente gobierno de Luis Sánchez Cerro. Haya fue muy enfático cuando indicó que:

“Quienes han creído que la única misión del aprismo era llegar a Palacio, están equivocados. A Palacio llega cualquiera, porque el camino de Palacio se compra con oro o se conquista con fusiles. Pero la misión del aprismo era llegar a la conciencia del pueblo antes que llegar a Palacio. Y a la conciencia del pueblo no se llega ni con oro ni con fusiles. A la conciencia del pueblo se llega, como hemos llegado nosotros, con la luz de una doctrina, con el profundo amor de una causa de justicia, con el ejemplo glorioso del sacrificio... ¡Sólo cuando se llega al pueblo se gobierna: desde abajo o desde arriba! Y el aprismo ha arraigado en la conciencia del pueblo. Por eso, mientras los que conquistaron el mando con el oro o con el fusil crean mandar desde Palacio, nosotros continuaremos gobernando desde el pueblo”. (Ver Anexo 1)

Al sostener que: “el camino de Palacio se compra con oro o se conquista con fusiles”, asume inmediatamente que mientras Sánchez Cerro ha logrado ingresar a Palacio de Gobierno por el oro de sus socios de la oligarquía; el Partido Aprista Peruano deberá ingresar a Palacio de Gobierno con los fusiles. Rogger Mercado indica que:

“Varios atentados se produjeron en la Capital de la República con la finalidad de eliminar físicamente al tirano. El joven Melgar, por ejemplo, motu-propio, pretendió cegar la vida a Sánchez Cerro cuando concurría a una misa orquestada por la burguesía limeña a la “salud del Mandatario”, en la iglesia del aristocrático distrito de Miraflores. En pleno centro de Lima un activista del Para, Carlos Steer Lafón, acabó con los esposos Miró-Quesada, familia que desde el Diario de su propiedad (“El Comercio”) había desatado la más virulenta campaña antiaprista, al igual que “La Prensa” (1982:17).

Las diferencias políticas se solucionaban a disparos. Las balas eran el medio por el cual se imponía un grupo sobre otro grupo. Jóvenes militantes -muchos de ellos estudiantes universitarios provenientes de las llamadas clases medias urbanas- comenzaron a relacionarse con los sectores más marginales y dedicados a actividades al margen de la ley. Aprender a disparar era una necesidad y una forma de cuidar la vida. Sobre esto, Héctor Béjar sostiene que:

“Muchos ataques terroristas y atentados apristas o atribuidos al Apra, fueron cometidos por elementos marginales o desocupados o gente que vivía de ocupaciones eventuales, personas que encontraron en la violencia una forma de afirmarse y hacer política” (2019:474).

Mientras tanto, en su discurso de ascenso a la Presidencia de la República, el Comandante Luis M. Sánchez Cerro indicó que:

“La fe nacional empeñada en tratados que han disminuido la extensión del territorio; la hacienda pública exhausta y sufriendo el peso de una deuda formidable, contraída en las más duras condiciones; la administración pública desorganizada; la seguridad del Estado amenazada por el desarrollo de peligrosas ideas políticas, económicas y sociales; los principios morales en quiebra; el respeto a la ley, a la soberanía nacional y a la autoridad, considerados como cosas arcaicas; el interés público subordinado al interés privado; el poder, imaginado como instrumento para satisfacer apetitos y ejercitar venganzas”. (Ver Anexo 2)

La confrontación entre Sanchecerristas y apristas estaba convocada para continuar durante la duración del mandato presidencial. El asesinato del Presidente Sánchez Cerro será el colofón de esa rivalidad, pero, también, será el inicio de un periodo de violencia política que ocupó gran parte de nuestra Historia del siglo XX.

Referencias bibliográficas

Alegría, Ciro. Memorias. Mucha Suerte con Harto Palo. Tomo I. Ediciones Varona. Lima-Perú. 1978.

Basadre, Jorge. Historia de la República del Perú. Tomo XIV. Editorial Universitaria. Lima-Perú. 1968.

Béjar, Héctor. Vieja Crónica y Mal Gobierno. La otra historia, la que nos ocultan. ACHEBE Ediciones. Lima-Perú. 2019.

De las Casas, Luis Felipe. El Sectario. Centro de Investigación y Capacitación Editora ITAL Perú S.A. Lima-Perú. 1981.

Martínez de la Torre, Ricardo. Apuntes para una Interpretación Marxista de Historia Social del Perú. Tomo I. Edición facsímil para los estudiantes de sociología de la UNMSM. Lima-Perú. 1974.

Mercado, Rogger. Las Guerrillas del Perú y la Revolución de Trujillo. Editorial de Cultura Popular. Lima-Perú. 1982.

Rebata Delgado, Rocía. Ciudadanía, Voto Obligatorio y Penalidades por no Votar en el Perú (1823-1993). En: Sanciones, Multas y Abstencionismo Electoral en el Perú. Manuel Valenzuela (Coordinador). Oficina Nacional de Procesos Electorales. Lima-Perú. 2019.

Rebaza Acosta, Alfredo. Historia de la Revolución de Trujillo. En: TARPUY N° 3-4. Segunda época. Lima-Perú. 2002.

Roncagliolo, Rafael. ¿Quién ganó? Elecciones 1931-1980. DESCO. Lima-Perú. 1980.

Sánchez, Luis Alberto. Propuesta Aprista sobre el Voto Femenino (Entrevista). En: Mujer y Sociedad. Año VI-N° 11. Lima-Perú. 1986.

Sánchez Cerro, Luis. Encuesta sobre el Voto Femenino. En: Sánchez Cerro, Papeles y Recuerdos de un Presidente del Perú. Tomo II. Pedro Ugarteche. Editorial Universitaria. Lima-Perú. 1969.

Townsend Ezcurra, Andrés. El Partido del Pueblo. Historia Gráfica del Aprismo. Fascículo 3: Aparición y Calvario del Partido (1931-1932). Lima-Perú. s/f.

Ugarteche, Pedro. Sánchez Cerro, Papeles y Recuerdos de un Presidente del Perú. Tomo II. Editorial Universitaria. Lima-Perú. 1969.

Villanueva, Armado y Guillermo Thorndike. La Gran Persecución (1932-1956). Edición propiedad de los autores. Lima-Perú. 2004.

Villanueva, Víctor. Así cayó Leguía. Retama Editorial. Lima-Perú. 1977.

ANEXO N° 1

DISCURSO ANTE EL PROCESO ELECTORAL VÍCTOR RAÚL HAYA DE LA TORRE, TRUJILLO, 8 DE DICIEMBRE DE 1931

Compañeros: Este no es un día triste para nosotros, es el día inicial de una etapa de prueba para el Partido. Vamos a probar, una vez más, en el crisol de una realidad dolorosa quizá, la consistencia de nuestra organización, la fe en nuestras conciencias y la sagrada perennidad de nuestra causa.

Quien, en esta hora de inquietud, de sombrías expectativas inmediatas para nosotros, se sienta acobardado o sin fortaleza, no es aprista. Nosotros no queremos en el Partido apristas que duden de su causa o duden de sí mismos en los momentos de peligro. Nosotros no queremos cobardes. No queremos traidores. Y ser traidor en esta hora, es no sólo ser el Judas que nos vende, sino el cobarde que da paso atrás. Para uno y otro no hay lugar en nuestras filas. Aunque el Partido quedara reducido a lo que fue durante la tiranía de Leguía, nuestro deber nos impone eliminar despiadadamente a todo aquel que atemorizado por la victoria fugaz del fraude y de la usurpación crea que estamos perdidos.

¡No estamos perdidos!... Yo afirmo que estamos más fuertes que nunca. Porque gobernar no es mandar, no es abusar, no es convertir el poder en tablado de todas las pasiones inferiores, en instrumento de venganza, en cadalso de libertades; gobernar es conducir, es educar, es ejemplarizar, es redimir. Y eso no lo harán jamás quienes van al poder sin título moral, quienes carecen de la honradez de una inspiración superior, quienes capturan el Estado como botín de revancha. Ellos mandarán, pero nosotros seguiremos gobernando. Porque nosotros continuamos educando, organizando y dando ejemplo, vale decir, nosotros continuamos redimiendo.

Quienes han creído que la única misión del aprismo era llegar a Palacio, están equivocados. A Palacio llega cualquiera, porque el camino de Palacio se compra con oro o se conquista con fusiles. Pero la misión del aprismo era llegar a la conciencia del pueblo antes que llegar a Palacio. Y a la conciencia del pueblo no se llega ni con oro ni con fusiles. A la conciencia del pueblo se llega, como hemos llegado nosotros, con la luz de una doctrina, con el profundo amor de una causa de justicia, con el ejemplo glorioso del sacrificio... ¡Sólo cuando se llega al pueblo se gobierna: desde abajo o desde arriba! Y el aprismo ha arraigado en la conciencia del pueblo. Por eso, mientras los que conquistaron el mando con el oro o con el fusil crean mandar desde Palacio, nosotros continuaremos gobernando desde el pueblo.

La fuerza que da el mando, al servicio de la injusticia, de los apetitos de venganza, sólo es tiranía. Por la fuerza no se nos reducirá. Correrá más sangre aprista, nuestro martirologio aumentará su lista inmortal, el terror reiniciará su tarea oprobiosa, pero el aprismo ahondará cada vez más en la conciencia del pueblo. La bandera de nuestra causa agitará siempre más alta y más firme su idealidad de justicia. Y cumplida esta etapa de nueva prueba, insurgiremos con la omnipotencia de los invictos y demostraremos que las grandes causas no perecen por el miedo.

¿Esperar?... Sí, esperar, pero no esperar en el descanso, en la pasividad, en la falsa expectativa del que aguarda que las cosas vengan solas. Esperar en la acción, esperar con la convicción total de que los rumbos del destino los señalaremos nosotros. Sólo nuestra resolución de vencer nos dará la victoria final y ahora, más que nunca, debemos estar resueltos a vencer. La voluntad y sólo la voluntad es el timón de nuestro destino.

Yo también esperé ocho años, en la persecución, en la prisión y en el destierro. Ocho años de soledad que fueron ocho años de determinación indeclinable. Muchas veces estuve solo. Muchas veces supe de la tremenda realidad de la incomprensión y del olvido. Pero no desmayé nunca. La decisión de vencer, detenida por todos los obstáculos, no me abandonó un solo día. Me había propuesto que el Partido surgiera vencedor del olvido, de la ignorancia, del pavor, de la desorganización. Y el Partido insurgió poderoso. Mis ocho años de lucha estaban ganados. El aprismo es hijo de la voluntad que encarnó en el dolor de un pueblo, engendrando en él una fuerza orgánica y poderosa que habría de servirle de instrumento vital para alcanzar la justicia.

Desde entonces no he abandonado mi puesto: ¡no lo abandonaré nunca! Sabiendo que el aprismo como religión de justicia, como credo de libertad, es causa de acción, de lucha, de rebeldía, de batalla tenaz y perenne, no me asustan las adversidades cotizables. Más me asustarían las victorias fáciles porque podrían enervarnos. Ganar obstáculos, aprovechar con optimismo de todas las experiencias por duras que ellas sean, es cumplir la obra de superación que el aprismo necesita para hacerse digno de la gran victoria. Por eso, contemplo serenamente la iniciación de este nuevo período de prueba que hoy se anuncia. Con la curiosidad del padre o del inventor que quiere probar al hijo o la obra al embate de todas las resistencias, yo quiero ver al Partido soportando y venciendo en esta etapa dolorosa pero quizá necesaria para definir su fortaleza. Quiero que después de este duro examen, en el que vamos a probar nuestra fe, nuestra energía, nuestro espíritu revolucionario, nuestra indesmayable decisión de constructores del nuevo Perú, volvamos a encontrarnos limpios y dignos los unos de los otros. ¡Porque a quien quiera que se amedrente, jefe o militante, le llamaremos cobarde; y a quien quiera que claudique, jefe o militante, le llamaremos traidor!

Compañeros: Hoy comienza para los apristas un nuevo capítulo de la historia del Partido. Las páginas de gloria o de vergüenza las escribiremos nosotros con sangre o con lodo. Hasta hoy, nada tenemos de qué sonrojarnos. Hemos dado ejemplo y si hemos perdido temporalmente, esta pérdida nos enorgullece porque ella implica para el aprismo la más alta y más hermosa victoria moral que haya inscrito partido alguno en la historia política del país. Declaro con orgullo que los apristas han respondido con admirable unanimidad al espíritu del Partido, a la consigna elevada de su gran programa. ¡Continuemos así! La unidad del Partido, la disciplina del Partido, la fe del Partido, no han perdido hasta hoy nada de su vigor o de su elevación. De hoy en adelante, la tarea será más difícil. Las vacaciones semidemocráticas que impuso nuestra fuerza han terminado. El Perú vuelve desde ahora al imperio del despotismo. Nosotros hemos ganado una organización cohesionada y formidable. Nuestro deber, nuestro gran imperativo, es seguir siempre adelante. Somos el Partido del pueblo y la causa del pueblo vencerá. Yo estaré en mi puesto hasta el fin. Espero que cada uno de los apristas no abandone el suyo. Así, pasados los días siniestros que aguardan al Perú, resurgirá nuestra obra, todopoderosa. Entonces, los que ahora den paso atrás o nos vuelvan la espalda, llegarán tarde si intentan regresar. Porque el aprismo, que es justicia, que es redención, que es pureza y es sacrificio, rechaza a los claudicantes y a los oportunistas, a los que en las horas de buena expectativa nos brindaron su ayuda para abandonarnos después. Ahora más que nunca defendamos la unidad del Partido y ahora más que nunca seamos severos con nosotros mismos.

Con la alegría profunda de los luchadores fuertes, con la convicción de nuestra gran causa, con la decisión de vencer, seguimos adelante. Seamos dignos del pueblo y hagamos que el pueblo sea digno de nosotros. ¡Sólo el Aprismo salvará al Perú!

*Tomado de: Haya de la Torre, Víctor Raúl, Política Aprista. En: Obras completas, tomo 5 (pp87-90). Librería Editorial Juan Mejía Baca, Lima-Perú. 1976.

ANEXO N° 2

MENSAJE DEL PRESIDENTE DEL PERÚ, COMANDANTE LUIS MIGUEL SÁNCHEZ CERRO, ANTE EL CONGRESO, EL 8 DE DICIEMBRE DE 1931

Señor Presidente del Congreso Constituyente:

Dominado de la más honda emoción patriótica recibo de vuestras manos, honradas y leales, la enseña del mando supremo.

La altísima designación con que el electorado nacional me ha honrado es sólo generoso testimonio de benevolencia para quien, ya como soldado, ya como ciudadano, ha vivido consagrado al servicio de su patria y de la democracia.

Después de haber recibido esa prueba de afecto, sólo vibran en mi alma, la voz augusta del deber y el vivo anhelo de retener y acrecentar por mi Gobierno el aplauso y la confianza pública que, en este día inolvidable, me alienta y me honra.

El 22 de agosto de 1930, el sol de la libertad, magnífico y brillante, volvió a iluminar la nacionalidad, después de haber permanecido oculto durante más de once años.

Para no turbar la alegría de esta fiesta de la democracia, no evocaré ese periodo trágico de nuestra historia.

Pero si debo recordaros cuál es la herencia dejada por el despotismo, para que todos conozcan perfectamente en qué condiciones se encuentra el país, en el momento que asumo la dirección de sus destinos.

Conviene deslindar responsabilidades y facilitar el juicio de la historia.

La fe nacional empeñada en tratados que han disminuido la extensión del territorio; la hacienda pública exhausta y sufriendo el peso de una deuda formidable, contraída en las más duras condiciones; la administración pública desorganizada; la seguridad del Estado amenazada por el desarrollo de peligrosas ideas políticas, económicas y sociales; los principios morales en quiebra; el respeto a la ley, a la soberanía nacional y a la autoridad, considerados como cosas arcaicas; el interés público subordinado al interés privado; el poder, imaginado como instrumento para satisfacer apetitos y ejercitar venganzas.

Y el horror de la tragedia nacional aumentado como consecuencia de la crisis mundial.

Pero si el panorama nacional ofrece un espectáculo sombrío, él no debe inquietarnos, mucho menos tornarnos pesimistas, porque el porvenir de las naciones radica en ellas mismas y los pueblos son lo que ellos quieren ser, mucho más cuando han sido tratados espléndidamente por la naturaleza y cuando poseen un pasado de leyenda.

Mi optimismo es inmenso y mi fe en la grandeza de los destinos de la patria crece día a día y se robustece cada vez más.

Ese optimismo y esa fe se funden, sobre todo, en el formidable despertar de energías cívicas que se han producido en el país después de la revolución de agosto.

El Perú regresa hoy a la vida constitucional por la voluntad soberana del pueblo cuya fuerza nada ha podido detener y mucho menos desviar.

Entre las llamaradas de la terrible prueba de fuego que sufre hoy el país, surgen con más fuerza que nunca las aspiraciones y los deseos de la colectividad nacional.

El pueblo peruano quiere llevar una vida de orden y de paz; practicar la religión del trabajo que eleva y dignifica al hombre; desarrollar sus energías hacia el progreso y la cultura; estar gobernado por normas jurídicas; ver sus intereses administrados por hombres austeros; y gozar de las garantías que la Constitución del Estado les otorga.

Esas aspiraciones revelan nobleza de sentimientos, belleza de ideales y una visión clara y precisa de la ruta salvadora del porvenir.

Por lo tanto, conviene estimular el desarrollo de esos sentimientos y fomentar el culto de esos ideales.

Hijo de la democracia, sintiéndola ardorosamente en mi pensamiento y en mi corazón, yo os ofrezco por mi honor de soldado cumplir el compromiso que acabo de contraer de fidelidad a sus principios.

Pero también os prometo, que estoy resuelto a defenderla de todo peligro que amenace su existencia, el orden social y la estabilidad de las instituciones nacionales; sin preocuparme ni el origen, ni la magnitud de ese peligro.

Legisladores:

Terminada la más hermosa de nuestras contiendas cívicas, os habéis reunido en el templo de las leyes, para cumplir vuestra elevada misión, que consiste, principalmente, en trazar los rumbos legales dentro de los que debe desenvolverse la vida futura del Perú.

La nueva Carta Política del Estado debe armonizar los adelantos de la ciencia política con la realidad nacional y las aspiraciones de vuestros conciudadanos.

El menor desequilibrio en el juego de esas fuerzas podría producir serios trastornos en la marcha del país.

La democracia es la escuela de la libertad y del deber cívico; por lo tanto, del esfuerzo, de la colaboración y de la abnegación de todos los peruanos, depende que se pueda realizar, en corto tiempo, la magna obra de la reconstrucción nacional.

Que el Todopoderoso os ilumine y que el espíritu de los fundadores de la República, presida vuestras deliberaciones y guíe vuestros actos.


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