Opiniones

Hace 40 años

Augusto Lostaunau Moscol

Hace 40 años, un 29 de enero de 1981 murió mi abuelita Ángela Rodríguez Carrasco, nacida en las provincias del Alto Piura, de niña migró a la capital del departamento (hoy Región) y, posteriormente, a la ciudad de Lima. Mejor dicho, fue una migrante que pasó de un pueblo semi rural a la capital de la república, todo ello en la primera parte del siglo XX. Lo que significó que debió haber viajado a lomo de bestia en su travesía del campo a la ciudad. Y luego en camión, desde Piura a la capital. Cruzando el viejo y temido Serpentín de Pasamayo, donde miles de norteños dejaron su vida en su afán de conquistar la república. Los pobres jamás llegaron a Lima en avión. Algunos en bus, otros en tren (los del centro del país), otros en barco (como el niño Jorge Basadre y toda su familia desde la ocupada Tacna de postguerra).

Y digo mi abuelita, porque ella es la segunda madre de un niño. Esa fecha yo tenía 11 años y para un niño, la abuela materna es tan madre como la propia mamá; más aun cuando sientes que tu verdadera familia es la materna. Todos mis hermanos le decimos igual, hasta ahora, 40 años después, sigue siendo la abuelita Angelita. Mis primos le dicen Mamá Angelita. De una u otra forma, es el cariño y el amor hacia el tronco más importante de la familia.

Ella llegó a Lima a inicios de la década de 1950. Mi madre no recuerda bien si fue 1951 o 1952, pero si tiene en su memoria que fue para el mes de octubre. Llegó con sus hijos. Tuvo 10 hijos. Y, fue en octubre porque durante el gobierno del General Manuel Odría, en la avenida Tacna se permitía que durante todo el mes se colocaran las vivanderas. Mujeres -con hijos y algunas con esposos o simples maridos, para utilizar términos de la época- llegadas de todo el Perú vendían comida y bebidas regionales. La Procesión del Señor de los Milagros permitía que se produzca el milagro de poder trabajar de manera libre e independiente, ganar dinero y mantener a los hijos. Mi abuela llegó con mi madre y sus hijos -mis tíos-, se apostaron en uno de los lotes marcados en plena vía pública y a vender comida norteña.

Rápidamente hizo amistad con una pareja de esposos arequipeños, ya afincados en Lima, quienes le alquilaron la parte delantera del viejo corralón donde vivían. Entre jirón Gamarra y jirón Unanue, en La Victoria. Así, llegaron a La Victoria, distrito donde se encontraban afincados muchos limeños nacidos en Barrios Altos y los migrantes que llegaban atridos por La Parada. Esa señora impidió que mi abuelita Angelita y sus hijos duerman en la avenida Tacna, como lo hacía muchos de los que participaban de las vivanderas.

Además, llegar a La Victoria y conocer de cerca la realidad de La Parada, motivó a mi abuelita a no regresar nunca más a Piura. Fue muchas veces de visita, pero se quedó para siempre en Lima. Para muchos periodistas e investigadores sociales que sólo conocen la realidad y la pobreza a través de libros que leen en sus cursos de estudios generales o de los informes tendenciosos que elaboran para desviar la atención social en momentos de crisis política o económica, La Parada es un lugar súper peligroso habitado por delincuentes, prostitutas y fantasmas alcoholizados. Jamás podrán entender que La Parada fue un espacio social y económico de libertad y liberación.

A mediados del siglo XX, Lima recibió miles de ciudadanos peruanos que llegaron de todos los rincones del país. Peruanos amazónicos y peruanos andinos poblaron sus calles. Norteños y sureños. La Victoria se convirtió, rápidamente, en un lugar de llegada. Los camiones que traían limón o mango desde el norte, también trajeron personas. Los camiones que trajeron papas desde el centro también trajeron personas. Los camiones que trajeron cebollas desde el sur también trajeron personas. Todos bajaban en La Parada. Miles se quedaron en ella.

Miles fueron mujeres que por diversos motivos dejaron sus pueblos y llegaron a la capital cargadas de sueños. Muchas llegaron huyendo del maltrato y la violencia familiar. Lima era el refugio perfecto. Con medio millón de habitantes, en ella era imposible que te ubiquen. Quintas y callejones; corralones y pampones, eran lugares donde se podían esconder. Algunas -muchas, mejor dicho- tuvieron muy mala suerte y entraron a trabajar a las casas de la vieja oligarquía y la nueva burguesía. Las trataron muy mal. Fueron explotadas y golpeadas. Fueron las sirvientas, muchachas, cholas, serranas, indias, ahijadas y sobrinitas. Todas “cama adentro”. El domingo era para recorrer la ciudad. La Plaza San Martín. Fotografías. El Jirón de la Unión era un espacio prohibido.

En cambio, otras mujeres se quedaron en La Parada, donde colocaron sus puestos callejeros para vender desayuno, almuerzo y cena. El viejo sistema machista y patriarcal le enseñó a la mujer que su lugar era la cocina y su labor preparar alimentos. La extraordinaria tradición gastronómica y cultura culinaria que detenta el Perú actual es producto de las manos de las mujeres pobres y más pobres. Sirvientas y campesinas. Las mujeres de las clases dominantes sólo se dedicaban a discriminar a las mujeres pobres, cobrizas, quechua hablantes. Todas son cholas o indias.

Ese viejo sistema patriarcal y machista, les dio a miles de mujeres las armas para ser libres: la cocina. Mi abuelita Angelita se convirtió en una comerciante de comida en La Parada. Eran los años donde no existía la farsa del empoderamiento y el emprendimiento. Si mi abuela no trabajaba vendiendo comida en su puesto en La Parada, moría de hambre junto a sus 10 hijos. O, para vivir, tendría que trabajar en una casa oligárquica donde hubiese sido despreciada, explotada o maltratada como miles de mujeres pobres. Nada de empoderamiento. Eso es contrabando ideológico creado por quienes descienden de las mujeres que tuvieron sirvientas.

En La Parada, mi madre conoció a mi padre. Es decir, en La Parada también existe el amor. Cosa impensada para los investigadores sociales racistas y clasistas. Los historiadores oligárquicos y burgueses detestan a los pobres. Incluso, durante el gobierno del General Juan Velasco Alvarado, mi abuela cocinó grandes banquetes para las reuniones de Palacio de Gobierno. El mismo General Velasco la visitó varias veces. Eran paisanos y habían vivido muy cerca en Piura. El banquete durante la visita de Fidel Castro, lo cocinó mi abuelita. Muchos años fue la mayor y mejor exponente de la cocina piurana en Lima.

Mi abuelita Angelita murió en pleno conflicto del Falso Paquisha. La frontera norte estaba cerrada. Se tuvo que mover ciertas influencias para que mi tío Pepe (QEPD) pueda dejar Tumbes y llegar a Lima para el velorio y entierro en el Cementerio El Ángel. Ningún varón en edad de luchar podía dejar la frontera. Pero, en el velorio, que se realizó en el pasaje Victoria, a la vuelta de mi casa, estaban muchos ecuatorianos. Vecinos. Otros eran comerciantes de loza. Antiguamente, en la avenida Aviación, existían muchos puestos de locería. Baldes de loza y tazas. Esos que cuando se caían, dejaban un lunar negro en su superficie. Los ecuatorianos tenían ese negocio. Eran amigos de mi abuelita. Muchos fueron sus comensales. En el velorio, nadie pronunció una sola palabra sobre el conflicto. De niño aprendí que mientras los gobernantes juegan a las guerras, los pobres son los que ponen los muertos.

Además, recuerdo que, durante el velorio, mi familia recibió mucho apoyo de un grupo de vecinas. Ellas eran lesbianas. Antiguamente les decían machonas o marimachas. Nunca olvidaré todo lo que hicieron. La querían y respetaban mucho a mi abuelita. Ella protegió a varias de ellas cuando llegaron a Lima. Quizás huyendo de la discriminación violenta. Una de ellas era La Negra. Jugaba futbol como arquero. Todos eran varones y ella tapaba. Jugó en el Mundialito de El Porvenir. En mi barrio, era muy respetada. Además, ella no se metió jamás en problemas con nadie. Trabajaba en La Parada junto a su novia y ambas vivían en el pasaje Victoria. Una tarde, en el Parque 12 de Octubre, La Negra tapaba contra el Batería Huarcaya. En un centro, “Pechito” Farfán le entró mal y casi la quiebra. Todo el barrio lo quiso linchar. Los amigos y los señores de La Peña La Carcajada evitaron la bronca. La Negra salió en medio de aplausos.

Mi abuelita Ángela Rodríguez Carrasco, fue padre y madre para sus 10 hijos. Trabajó desde siempre. Incluso, cuando ya no pudo cocinar por culpa de la diabetes, en su casa vendía cerveza, gaseosa y chupetes marcianos. Junto a mis hermanos y primos jugábamos mientras la ayudábamos. Un niño ve juego en todo aquello que un adulto tiene como problema. Los adultos trabajan mientras los niños juegan. Hasta lavar las ollas puede ser un juego. Así es en las familias pobres.

Desde hace 40 años tenemos un gran vacío. Ella fue un pilar de nuestra familia y de nuestra colectividad. Muchos jóvenes piuranos que llegaron a Lima encontraron casa y comida. Luego, se convirtieron en grandes comerciantes del giro del limón en el Mercado Mayorista N° 1. Antes de ir al cementerio, su ataúd fue paseado por todo el barrio. Jamás he visto tanta gente en un entierro de una persona que no ha ocupado un cargo público. Jamás he dudado que a mi abuelita miles la han querido. Ella nos enseñó a ser fuertes, valientes y honestos. Lo digo porque muchas veces, cuando uno se enfrenta a las mafias y a los mafiosos, lo primero que quieren hacer es “ventilar” tu pasado. Yo siempre he dicho que nací en La Victoria. Nací en el Pasaje Gloria. Estudié en el Colegio Nacional César A. Vallejo ubicado en la avenida México cuadra 20. La Parada la conozco como la palma de mi mano. Y mi abuelita Angelita siempre está presente en todo lo que he logrado.


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