Opiniones

“Tarapacá y Alfonso Ugarte”

Por Jorge Rojas Luna

“Mi hijo quedara en su puesto mientras haya un palmo de tierra que defender y un enemigo a quien atacar…”

Rosa Vernal

El 8 octubre de 1879, don Miguel Grau Seminario, uno de los mas grandes peruanos, inició su viaje a la eternidad, dejando el mar peruano libre para las operaciones marítimas enemigas; perdimos la guerra en el mar y los sureños empezaron a planear la invasión del territorio peruano; en ese trance se dieron cuenta de que Tarapacá era la región peruana que les brindaría los recursos económicos para sostener una guerra de mayor envergadura. Esa Tarapacá peruana, la que nos entregó a ilustres y valientes hombres como Ramón Castilla, Antonio Gutiérrez de la Fuente, Remigio Morales Bermúdez, que llegaron a gobernar desde la casa de Pizarro, y otros como Ramón Zavala y Alfonso Ugarte que ofrendaron sus vidas por el país.

Tarapacá, que fuera nuestro departamento litoral, está ubicada entre los Andes y la costa del pacifico sur, su nombre tiene origen en el idioma aimara, en el que “Tara” significa: agrupación, y “Paka”: Gavilán. Por su ubicación estratégica y geopolítica siempre ha sido un lugar de gran importancia y sus ricas tierras fueron dominadas por los Tiahuanaco, incas, españoles e invadidas por bolivianos y chilenos; además, deseada y al final explotada por los intereses ingleses.

Esa tierra de guerreros y comerciantes, fue escenario de rebeliones por la independencia y de dos actos bélicos y victoriosos de extrema importancia en la que se defendió la soberanía peruana; la primera, el 7 de enero de 1842 en el  “Combate de Tarapacá”, entre las fuerzas de ocupación bolivianas y las milicias peruanas en el marco de la guerra entre Perú y Bolivia, y la segunda frente al invasor chileno en la Guerra del Pacifico, y sobre la cual tratará este artículo, sobretodo para conocer algo más sobre la historia de uno de los peruanos que nos enorgullece: Alfonso Ugarte.

La fecha de nacimiento de Alfonso Ugarte no es clara, lo que si esta certificado es su fecha de bautismo el 13 de julio de 1847 en la parroquia de San Lorenzo de Tarapacá como: Juan Alfonso Ugarte Vernal. Sus padres fueron: Don Narciso Ugarte y Doña Rosa Vernal. De familia acaudalada, supo incrementar su fortuna a base de esfuerzo y trabajo, lo que le diferenciaba de otros jóvenes en sus mismas condiciones. Fue un ejemplo de servidor público con una profunda vocación de servicio y solidaridad social, destacando en su provincia, de la que llegó a ser alcalde antes de cumplir los treinta años de edad.

El jueves 13 de agosto de 1868, los departamentos del sur del Perú, fueron devastados por un terremoto de 8.6 grados en la escala de Richter, seguido de un tsunami que afectó seriamente a Iquique (capital de Tarapacá); es a consecuencia de  esa desgracia, en donde Alfonso Ugarte demostró su amor hacia la santa tierra y paisanos, siendo pieza clave en la reconstrucción de su ciudad; por lo que se ganó el cariño del pueblo y en 1876 fue elegido como Alcalde de Iquique y de la provincia de Tarapacá.

El 5 de abril de 1879 Chile, declara la guerra al Perú (5 de abril, fecha terrible en nuestra historia) y el joven millonario, prioriza a la patria sobre sus negocios, los viajes e incluso su matrimonio, demostrando ese amor por la tierra que le fuera inculcado por su señora madre doña Rosa Vernal, por lo que los Ugarte dan muestras de patriotismo que quedaran para la posteridad. Doña Rosa Vernal en una reunión con la crema y la nata de las damas tarapaqueñas al ser preguntada por estas del ¿Por qué su hijo no viaja a Europa y evita los peligros de la guerra?, responde:

“Si todas la madres peruanas razonaran con tan buen juicio, que apartaran a sus hijos de los peligros que corren en todos los combates que el enemigo les presente, ¿Quién defenderá su territorio? ¿Quién pondrá a salvo el honor nacional? ¿Quién impedirá que la soldadesca embrutecida invada los hogares y mancille el honor de sus mujeres?... Mi hijo, quedará en su puesto, mientras haya un palmo de tierra que defender, un enemigo a quien atacar, y una arma para volverla contra el mal hermano, que así nos ha arrastrado a esta guerra. Mi hijo es peruano, antes que todo, y cumplirá con su deber. Yo como madre, no haré otra cosa que alentar sus entusiasmos, y llorarlo si la desgracia me lo arrebata”.

La declaración de guerra por parte de Chile sorprendió al Perú, nuestro ejército no se encontraba preparado logísticamente para tal empresa y Alfonso Ugarte Vernal lo sabía, por lo que invirtió parte de su fortuna en equipar, instruir y armar a un batallón de civiles para hacer frente al enemigo.

“Así lo hizo. Formó todo un cuerpo de Guardias Nacionales, integrado por obreros y artesanos de Iquique. Los jefes y Oficiales del Batallón que el denomino “Iquique n°1”, sumaban 36,  con su plana mayor completa y 6 compañías, en sus respectivos cuadros. El 29 de marzo de 1789, siete días antes de que Chile nos declarara la guerra, Alfonso Ugarte daba cuenta a la superioridad de los cuadros que había organizado en su batallón, que adiestro y uniformó por exclusiva cuenta y que llegó a contar con 465 efectivos”.

A las 10 de la mañana del 26 de noviembre de 1789, arribaban cansados, hambrientos y sedientos “Los Nacionales” al mando de Ugarte a Tarapacá, para reunirse con el resto del ejercito peruano que se batía en retirada hacia Arica luego de la batalla de San Francisco; y ese fue un momento de gran tristeza para nuestro hermano, ya que presenció el lugar donde nació, destruido y saqueado por soldados bolivianos que se retiraban a su país y al mismo tiempo se enteraba que Iquique había caído en manos de los chilenos, solo su amor hacia su terruño y hacia sus hermanos, le ayudó a sobreponerse ante tan aciagas noticias.

Ese 26, el general Buendía decidió que a la mañana siguiente continuarían con su desplazamiento hacia Arica. Sin embargo, los chilenos quisieron rematar al debilitado Ejército Peruano en Tarapacá, aprovechando las partes altas y su excelente equipamiento logístico, artillería y tropas descansadas.

El 27 de noviembre de 1789, a las 0830 h empezaba la batalla, en la que la infantería peruana dejaría su huella en la historia y en la psiquis del enemigo, al mando del gran Andrés  A. Cáceres, treparon los cerros y tomaron las posiciones enemigas haciendo estragos en ellos y capturando gran cantidad de material y artillería, pese a sufrir una considerable cantidad de bajas, los peruanos se impusieron ante un enemigo superior en armas y número. Gran vergüenza para los sureños y que hasta ahora tratan de maquillar.

El Brujo de los Andes hizo referencia sobre la participación de Alfonso Ugarte:

“En tal situación vi aparecer por mi derecha y a retaguardia a un escuadrón chileno que en esos momentos llegaba al campo de combate y que, lanzándose contra el ala derecha, cayo sobre las columnas, Loa y Navales, las cuales sin tiempo para forma el “cuadro”, estuvieron a punto de ser acuchilladas; pero se le enfrento rápidamente el batallón Iquique, del coronel Alfonso Ugarte, y con un nutrido fuego de fusilería detuvo al escuadrón enemigo y le compelió a volver riendas”.

En la batalla, Alfonso Ugarte cayó herido por un disparo en la cabeza, pero aun así maltrecho se levanta, monta su caballo y blandiendo su espada comanda a su batallón, volviendo a la carga contra el enemigo, sin permitir que los médicos le curasen la herida.

Nuevamente, Cáceres afirma:

“Logrando reorganizar la división y proveyéndome de las armas y pertrechos enemigos, emprendí otro ataque consiguiendo hacerlo retroceder hasta gran distancia. En este empuje estuve acompañado por el coronel Ugarte de la Guardia Nacional de Iquique,… a la cabeza de su fuerza; y no obstante resultar herido en la parte superior del cráneo el coronel Ugarte continuó en el campo hasta los últimos momentos”.

Alfonso Ugarte fue un hombre libre y de buenas costumbres a cabalidad, que amó a su patria y a la humanidad, priorizando en las batallas en que participó, el cumplimiento del deber sobre su propia vida. Él nos mostró en todo sentido un ejemplo de lo que significa el despojo de lo material, y lo hizo con la convicción de ser un buen patriota; Tarapacá solo fue el inicio de su leyenda como militar; a los 33 años, el Morro de Arica sería la cúspide y desde allí, iniciaría su viaje hacia la eternidad.

Es menester de todo peruano, el dar a conocer a la sociedad civil y fraterna, la vida y obra de este gran hombre. Que no quede solo en recordar, el sublime acto de proteger el pabellón nacional frente al enemigo con su vida, sino, que nuestros descendientes conozcan todo lo que ese joven peruano hizo por su país, un hombre cuyos actos son la guía para ser mejores ciudadanos y mejores hombres.


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