Mike Vargas Armas

En Pasco, niños contaminados hasta la última célula

Escribe Mike Vargas Armas.- El Perú es un país donde predomina la actividad minera. En efecto, es el cuarto productor de plomo en el mundo. Esto significa que está expuesto a la contaminación ambiental producida por la explotación minera formal e informal, así como a los relaves, productos de esta actividad. Justamente, es eso lo que está sucediendo en Pasco desde hace años. El medio ambiente y los pobladores de la región en mención están sufriendo las consecuencias. Los niños de Pasco, precisamente los del Centro Poblado de Quiulacocha, son las principales víctimas.

En medio de sus catástrofes y tragedias, esperanzas y muertes, esos niños de Quiulacocha expulsan desde su alma, la única consigna: “quiero vivir”. La vida, la voluntad de vivir se yergue en su máxima expresión, entonces, la sangre en el plomo, los dolores de cabeza, los malestares estomacales, las hemorragias nasales de los dos mil niños, muchos de ellos en silla de ruedas y que han dejado de asistir a las escuelas, quedan reducidas a nimiedades.

Esa urgencia de vivir, no solo de estos niños sino de muchas familias, en tiempos pasados, parecía encontrar soporte, cuando todos los pasqueños adquirieron la fe de que la explotación de los recursos mineros traería un próspero porvenir. Las familias más desafortunadas saldrían de la pobreza. Pero toda la promesa hasta ahora no ha sido más que una novela clásica sin un final feliz. En ese sentido, las vidas de las familias, que viven en las zonas aledañas de los centros mineros en distintos puntos del país, en nada a mejorado. Por el contrario, los hundieron hasta la sangre la miseria de la existencia.

Ahora en Pasco, con los niños contaminados hasta la última célula, a los pobladores de Quiulacocha, no les queda más remedio que pedir ayuda inmediata al gobierno. Pero esa ayuda no asoma por ningún lado, mientras tanto, las maquinarias de la empresa Glencore y Xstrata, día a día, están socavando las tierras, con la cual también minan los corazones de los infantes que desean “vivir”.

Mientras los pobladores del Centro Poblado de Quiulacocha, protestan con los carteles en las manos, anhelando la vida, no hay soluciones concretas a este problema. Sin salida precisa, los ciudadanos, con furia y melancolía, culpan a “ese maldito tajo”, de donde se extrae plomo, plata y zinc, de los sufrimientos de sus hijos y de sus familias. Pero no es el tajo sino, el único culpable, doblemente culpable son ellos, los pobladores. En primer lugar, porque han perdido el poder. Ese poder nacido de la sociedad, ahora bajo la máscara de Estado, que se pone por encima de la misma y se divorcia de ella, más y más porque ha caído en las manos de un grupo menudo de personas que se denominan “gobernantes”.

A estos gobernantes, una niña, entre lágrimas, exige apoyo cuando un periodista de América Televisión le dice qué pediría a las autoridades. Pedir al gobierno la solución no es una salida.  Como explica Lenin en su libro El estado y la revolución, el estado solo tiene utilidad cuando está por encima de los intereses de las personas, más no cuando se preocupa por ellos. En efecto, el Estado, es un instrumento que le sirve a un grupo de personas, en este caso sería a los “gobernantes”, para aplastar a otro grupo inmenso (los pobladores). Por lo tanto, no es neutral, en consecuencia, no le interesa los sufrimientos y los problemas de la población. Por esta razón, pedir apoyo es inadmisible como pegar gritos dentro de una iglesia.

Tampoco, es una medida realizar una marcha de sacrificio. Una marcha bruta, sin estrategias y tácticas adecuadas es gastar pólvora en gallinazos. Tampoco, la cuestión no es dejarlo en las manos de Dios. Una posible solución es abandonar las zonas aledañas a relaves mineros, porque presentan altos niveles de contaminación por plomo. Para que sea posible la migración, la minería debe cooperar. Pero ¿Puede florecer la planta sin sol y sin lluvia? Cuando las minerías avanzan arrastrados por sus intereses, cometiendo un acto de prohibición del sol y de la lluvia a los humildes pobladores, la migración se vuelve difícil pero posible.

Cuando la minería actúa pensando en lucrar y poniendo su avaricia por encima de la vida de dos mil niños contaminados, la vida en esa zona está postrado en la cama. Esto es una rebelión genuina contra la vida de estos niños.

Por ahora, la vida de los pasqueños está sumergida en el pozo de estiércol. Hoy más que en otros tiempos, está azotando en demasía el terrorismo de la mina con la complicidad del Estado a los ciudadanos Pasco. El fenómeno es descomunal. Para verificar lo mencionado no hace falta tanto esfuerzo, basta observar el color rojizo de las aguas de la laguna Quiulacocha.

Los ciudadanos de Pasco están “saboreando” su mayor fracaso por haber encarnado en lo más profundo de su espíritu, lo utilitario, lo práctico, que les ha impuesto la minería. Pasco, desde que la minería se ha ubicado en su corazón, ha pasado a ser “Capital de la muerte”. La vida se encuentra en un estado inminentemente decadente. Vivir sano y libre sigue siendo una quimera inasible.

Fuente: Mike Vargas Armas


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