Augusto Lostaunau Moscol

Sobre la convocatoria del congreso de Montevideo de 1908

Augusto Lostaunau Moscol *

En 1907 los estudiantes uruguayos convocaron al Congreso de Estudiantes. Entre las delegaciones invitadas se encontraba una peruana, proveniente de San Marcos. Víctor Andrés Belaunde recuerda:

“se produjo una discusión animada alrededor de nuestra concurrencia. Me tocó –dice Belaunde- sostener el punto de vista de la mayoría, a favor de nuestra participación, con carácter institucional o colectivo y no como simples individuos…Ganamos la batalla, ante la disminuta (sic) oposición y nos incorporamos al ejército, formando el batallón universitario”.

Belaunde fue uno de los delegados –junto a Óscar Miró Quesada, Orestes Botto y Manuel Prado- peruanos en Montevideo.

Estas breves líneas sirven para presentar el documento de convocatoria que los estudiantes de la Universidad de Montevideo hicieron llegar a los estudiantes de toda América. Documento que adjuntamos y servirá para futuras investigaciones.

El Congreso Estudiantil de Montevideo

LA ASOCIACIÓN DE LOS ESTUDIANTES DE MONTEVIDEO

A SUS COMPAÑEROS AMERICANOS **

Al dirigirnos por primera vez a los estudiantes americanos, nuestra palabra no debe tener el timbre grave de los mensajes de la diplomacia, el tono frío y solemne de los saludos académicos, sino la afectuosidad y el entusiasmo de los felices encuentros, la pasión y la cordialidad de los gratos acercamientos fraternales.

Los estudiantes de América debemos sentirnos hermanos en el presente, hermanos por la doble fraternidad de las tradiciones y de los ideales, como se sintieron hermanos nuestros abuelos, en las horas de hierro de nuestro pasado, hermanos por la doble fraternidad del dolor y de la gloria.

Hace cuatro siglos, cuando el cañón de los visionarios aventureros, tembló en el aire del nuevo mundo como un ruido de guerra y un anuncio de vida, era la Atlántida de la leyenda una tierra hermética y bárbara, sobre la que entre ruinas de esplendores pasados, dos sillas de oro mostraban al asombro de los recién venidos la gloria de México y de Tavantisuyu. Y vino la era de la sangre y del exterminio; y vino el conquistador con su casco de bronce; y las flechas de los dueños de América cayeron inútiles al pie de los briosos capitanes soberbios de valor y de audacia.

Y las viejas razas inclinadas sobre los surcos del mundo antiguo se irguieron de pronto para marchar en caravanas interminables, hacia la tierra fértil, hacia la tierra de las grandes esperanzas en que había oro para los codiciosos, aventuras para los arrogantes y suelo bueno para los trabajadores.

Vinieron las largas caravanas y su peregrinaje dura todavía. Todas las razas, todos los pueblos que Europa encerraba en el molde apremiante de sus mares y de sus montañas, enviaron hacia la tierra nueva, hacia la tierra nueva y bárbara, una ola de sangre y de vida, con intactas virtudes y con vicios arcaicos. Vinieron de remotas regiones en grandes puebladas los laboriosos y los inútiles, y su convoy extraño, en que cohabitan todos los heroísmos y todas las abyecciones, aún no se ha detenido.

Pero aunque la corriente europea no se haya detenido, aunque haya todavía argonautas en las comarcas calcinadas de nuestros abuelos y elementos diversos sigan incorporando su vitalidad a la vitalidad de la América, la América nueva ha creado ya pueblos nuevos, y las fronteras de las nuevas nacionalidades tienden a adquirir sobre el mapa relieve de definitivas.

El nuevo mundo en que esas nacionalidades han ido elaborándose, ha tenido durante cuatro siglos una existencia dolorosa, llena de sobresaltos y de inquietudes, primero en la hora trágica de la conquista, luego en la vida precaria de la colonia y por último en la era difícil de la disgregación metropolitana y de la reconstrucción interna.

Pero a pesar de todo, por encima de todo, como una especie de pensamiento superior que se cierne sobre las dificultades de la vida penosa, salvando la soledad de las selvas y el silencio agresivo de las montañas tanto como los sectarismos y las inquietas desconfianzas regionalistas, ha flotado siempre la idea de una solidaridad continental, la idea de una gran patria americana, conjunto armónico de todas las patrias que se extiendes robustas y jóvenes desde el Estrecho de Behring hasta el Cabo de Hornos; benigna tierra madre, fuerte y buena, millonaria de bellos augurios, con sus pampas inmensas que quiebra el arado sabio e implacable, con sus salvajes sabanas en que duermen todas las riquezas a la espera de la hora vital de la siembra, con sus bosques de energías inverosímiles que aturdan el golpe del hacha que ha de abatir su imperio milenario; benigna tierra madre, madre de los estoicos, de los visionarios y de los mártires que piden el ritmo heroico del trovero o la ruda pujanza de los cantos de gesta; benigna tierra madre de Washington, de Juárez, de Bolívar, de Miranda, de Artigas, de San Martín, de Sucre, de Moreno, de O’Higgins, de Nariño, de Tiradentes; benigna tierra madre, fuerte y buena, con su noble legado de tradiciones y de heroísmos, de vicisitudes y de esperanzas.

Los estudiantes del Uruguay al invitar a nuestros compañeros del continente a concurrir al primer Congreso Internacional de Estudiantes Americanos, no hacemos otra cosa que interpretar ese pensamiento superior, dándole una forma tangible, obedeciendo a esa idea excelsa que busca la convivencia fraterna y armónica de todos los pueblos del nuevo mundo, idea que ha mucho late en el corazón de nuestros pueblos y que ha de marcar en un futuro no remoto la orientación definitiva de las cancillerías.

No formaremos, sin duda, un congreso de sabios ni de estadistas, porque nuestras cabezas no han encanecido todavía en la austera soledad de los laboratorios o en el grave silencio de los gabinetes de trabajo, porque no conocemos aún esas devociones que convierten a los hombres de los siglos recientes en mártires de la gran religión de la verdad y de la ciencia. No vendremos con el gesto de los iluminados, con la feliz expresión de los sembradores, con la mirada satisfecha de los que saben de la labor y de la victoria. Pero mostraremos en nuestras pupilas, con rasgos indelebles y nítidos, la visión de los grandes trabajos, y de los grandes éxitos, la visión de los esforzados y de los triunfadores.

Habituados al recuerdo de nuestros abuelos, cuyas testas encanecidas dicen fatigas y victorias, familiarizados con las leyendas del siglo heroico, con sus virtudes y sus austeridades, aceptamos resueltos nuestra parte en la labor futura, y vamos a ella con la mente llena de idealismos y el corazón firme y robusto. Iremos al Congreso, y se oirá entonces la palabra de los recién venidos, de los que llegan a la vida moderna con los oídos aún palpitantes con la grata música de los mitos añejos, aprendidos serenamente en una tarde de la Grecia prestigiosa y lejana, y con los ojos alucionados por una luz de las nuevas verdades, esas que nacieron en un calle de la vieja Lutecia, en un día de soñaciones y de embriagueces.

Iremos, y quizás el eco de los valles patrios recoja un timbre de vibración no conocida que vaya, de montaña en montaña, prolongando a regiones distantes la voz de los recién llegados.

Toda la tensión del joven pensamiento americano quizá pueda medirse en ese esfuerzo, y quizá se saque de las resoluciones del Congreso más de una enseñanza provechosa.

Quizá se note en esa juventud que ha de venir a nuestras playas con sus más recias armas y sus gestos más nobles, el signo que denuncie la palpitación de una ignorada vida intensa, el nacimiento de una voluntad continental brava y pujante, hecha de energía y de verdad, de belleza, de amor y de entusiasmo.

Pero aún cuando la obra del Congreso no sea apreciable desde el punto de vista de su trascendencia científica, aún cuando sus trabajos y sus resoluciones sólo muestren una mentalidad neutra o pequeña, retardataria o utópica, cristalizada en dogmas o sublimada por imposibles idealismos, aún cuando toda su labor se esfume en el vaivén de la nerviosa vida moderna y no sea ponderable en la balanza de los esfuerzos colectivos, aún entonces proclamaremos a este Congreso, bello y bueno, porque habrá mostrado a la América del mañana por la América del presente, sin mistificaciones y sin disfraces, habrá hecho posible apreciar la verdadera eficacia de las universidades, habrá establecido provechosas comparaciones de pueblos y de métodos, habrá hecho imperativo el estudio serio de las cuestiones pedagógicas, habrá creado una emulación noble y fecunda entre la juventud de las aulas americanas, habrá vinculado a todos los estudiantes en un abrazo grande y único, y habrá mostrado que por encima de las fronteras cubiertas de hierro, más alta que las fortalezas que anuncian las soberanías, más fuertes que los sillares de piedra de las cordilleras, más evidente que las selvas bárbaras y los ríos palpitantes y robustos, el nombre de la gran patria americana priva sobre todas las patrias como la luz de los soles aislados priva la gloria armónica de las constelaciones.

Montevideo, Junio de 1907

HÉCTOR MIRANDA, Presidente. —Roberto Berro, Luis M. Otero, Baltasar Brum, Félix Boix, Raúl Braga, Héctor Ortiz Garzón, Julio Adolfo Berta, Alfredo Etchegaray, Rafael Capurro. —Juan Antonio Buero, Secretario.

*Historiador a favor del Colegio Profesional de Historiadores del Perú.

**Tomado del libro 1908 El año inaugural. Volumen I. Vania Markarian; María Eugenia Jung; Isabel Wschebor. Archivo General. Universidad de la República. Montevideo-Uruguay. 2008.


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