Augusto Lostaunau Moscol

Felipe Pinglo Alva: Cronista de su época

Augusto Lostaunau  Moscol *

Un problema social que presentó Lima en las primeras décadas del siglo XX, fueron las llamadas “mujeres de la vida alegre”, es decir las prostitutas existentes en la capital. Jorge Basadre indica que los escritores residentes en Lima a inicios del siglo XX evitaron tocar el tema de la prostitución en sus textos. Agrega que:

“Uno de los escasos documentos es la monografía que sobre la prostitución en Lima escribió Pedro Dávalos y Lissón en 1908, cuando le fue encargada por el Gobierno la preparación de un proyecto de reglamento sobre esta materia. Las meretrices inscritas en la policía de Lima no llegaban entonces a 120, cifra que era muy baja comparada con las de otras ciudades latinoamericanas. La ociosidad, el mal ejemplo, el abandono y, sobre todo, la pobreza eran las causales que llevaban a tan triste oficio. Estas mujeres eran muy religiosas y vivían por lo general, en suma pobreza. Los prostíbulos habían sido divididos por la policía en tres categorías: la superior (calles Patos, Comesebo, Orejuelas, San Sebastián, Barranquita, Juan Simón, Naranjos, Penitencia y Monserrate), la mediana (calles Salud, Huevo, Acequia Alta, Panteoncito, Puerta Falsa del Teatro, Mandamientos y Amazonas) y la ínfima (Callejón de Romero, Tajamar, Colchoneras, Alguacil, Huarapo, Acho y Chivato)” (Basadre 1968 Tomo XI: 277-278).

La prostitución en Lima se expandió por varias calles de la ciudad lo que posibilitó la asistencia de muchos varones de diferentes condiciones económicas. Pero, también existió la llamada “Prostitución oculta” las cuales –según Dávalos y Lissón- se “…codean a diario con personas honradas, que viven muchas de ellas en el seno de una familia honorable, donde por lo general, es sólo la hermana y algunas veces la madre que saben lo que pasa” (citado por Roberts 1987:157-158).

En la letra del valse Adúltera de Felipe Pinglo Alva se puede leer:

“Un hijo sin madre con padre ignorado, / es pobre legado para subsistir, / un hijo de madre que merca su cuerpo, / es un desdichado, no será feliz./ La madre que vive vendiendo placeres/ y olvida que el hijo es ser de su ser,/ es baldón que llena de eterna vergüenza/ al que llamar pueden fruto del placer. / Padre, me llama aquel que no es mi hijo; / por no angustiarlo, hijo le diré; / hijo sin madre porque tu apellido, / de la faz del mundo, el crimen borró;/ infame, traidora, vendiste tu honor.”  

La Llamada “prostitución oculta” muchas veces no lo fue. Los comentarios del barrio siempre pudieron más que el acto furtivo. El mismo compositor criollo en la polca El Casino escribe:

“De todos los asistentes al casino/ la más hermosa y singular, / apenas nos cruzamos por el camino/ ya nos ponemos a pololear. / Ella es atractiva, sus ojos tan vivos, / es algo muy seductor, / ella no se halla solita / en la playa/ porque es experta en el amor. / Ya la verán en el dancing / y me dirán / si es cierto lo que yo digo / de su amor.”

En sus memorias, Luis Alberto Sánchez narra sobre algunas tragedias ocurridas en las camas de estas prostitutas. Así por ejemplo:

“Mi padre era secretario de don Domingo Olavegoya, quien tenía una amplia casona de dos pisos en la calle de La Concepción. Era Olavegoya un hombre alto, macizo; descendía de vascos y creo que sus antepasados inmediatos fueron argentinos. Tenía los ojos azules, la tez rosada, alto de talle, orgullosos el gesto. Su hermano Demetrio había muerto en forma comprometidamente trágica. Dicho en términos directos: en la cama de una amiga del corazón. También así había muerto mi tío, el médico Manuel Antonio Muñiz, y se decía que por haber fallecido de igual manera, en su espasmo, don Carlos de la Riva-Agüero, fervoroso de la carne de ébano, su viuda y su cuñada inculcaron en el entonces joven José Carlos de la Riva-Agüero y Osma, un temor invencible al coito” (Sánchez 1969:67).

 Varones provenientes de las familias de la clase dominante y con estudios superiores, con esposa e hijos, quizás casados según las costumbres religiosas, encontraron la muerte en las camas de sus amantes por dinero. No era necesario ser un vago o un desocupado para entrar a las más oscuras formas de vida de los sectores sociales al margen de la ley. Sánchez nos narra las muertes de Demetrio Olavegoya (descendiente de vascos y argentinos), Manuel Antonio Muñiz y Carlos de la Riva-Agüero, quienes responden al tipo de hombre criollo blanco  quienes, según Patricia Oliart, vivían:

“…en una ciudad en la cual debía desconfiar de todos los que podían explotar sus aspectos vulnerables: su generosidad, su actitud relajada hacia el trabajo y su dependencia de los sirvientes para realizar tareas físicas. De este modo, cualquier muestra de poder de parte de otros representaba una amenaza para él” (Oliart 1998:266).

Estos limeños blancos que competían con varones de otros sectores sociales, compartían su afición por las caricias femeninas a cambio de dinero. Un “aspecto vulnerable” que debían cuidar de la sociedad y de sus opositores políticos y económicos. Por ello, existió la “prostituta de primera clase” que por lo general encuentran a sus ocasionales clientes:

“…en los tranvías, en el teatro, y especialmente en las corridas de toros, siendo presentadas a nuevos amigos, por viejos amigos. Las prostitutas de primera clase son limpias, conocen y siguen hábitos de higiene. Conservan por varios años la salud y belleza de su cuerpo” (Roberts 1987: 157).

Así como ladrones extranjeros frecuentaron los lugares exclusivos de la clase dominante, las llamadas “prostitutas de primera clase” también lo hicieron porque sus mejores clientes –los que pagaban más por sus caricias- se encontraban en estos lugares exhibiendo su condición social. Quizás, alguna de estas señoritas logró más de un amor pasajero y llegó a los altares vestida de traje blanco. Pero, el trato a las prostitutas fue denigrante. Federico More anotó que:

“Cuando nacieron la Higiene y la Salud Pública, las pobrecitas fueron obligadas a ir, cada cierto tiempo, ante unos asquerosos funcionarios, a someterse a unas asquerosas manipulaciones y a unos asquerosos exámenes y a munirse de unas asquerosas libretas en las que constaba que no padecían tales y cuales enfermedades. La libreta debía figurar en el lugar visible de la alcoba, a fin de que el cliente se enterara. Si esto no es una inmundicia, pónganle ustedes nombre. La mujer con libreta no podía ir a ninguna parte. En Lima, en un restaurante de lujo, estaba, con un amigo, una cortesana hermosa, exquisitamente educada y exquisitamente vestida. De pronto se acercó a la mesa un borrachito y le dijo a gritos: - Oye: ¿has traído tu libreta?...Por fortuna nadie oyó esto y fue posible sacar al ebrio, darle un poco de dinero y meterlo a un coche” (More 1989: 261).

Bajo la premisa de controlar la salud pública, se atentó y agredió a un sector de la población. A las mujeres dedicadas a la prostitución se les marcó con una libreta. More afirma que:

“Es posible que lo que ellas hacen con su cuerpo sea pecaminoso; pero lo que, en los países reglamentaristas, la sociedad y el Estado hacen con ellas, es criminal” (1989:262).

Pero, se debe tener en cuenta que a inicios del siglo XX, en el Perú las mujeres no eran consideradas ciudadanas, por lo que las mujeres dedicadas a la prostitución, quizás no eran vistas como seres humanos, por ello la necesidad de marcarlas para siempre.

Fue Clorinda Matto de Türner quien llevó a la novela el personaje de la mujer caída en desgracia física y moral: la prostituta. Herencia es el título de esta obra literaria donde, según Isabelle Tauzin-Castellanos,

“Numerosos vendedores ambulantes se pasan el día pregonando cualquier cosa por las calles. Las desgracias diarias de los más pobres son resumidas en el relato de la vida de una mulata, Espíritu Cadenas…Esta mujer tiene dos hijas pequeñas y vive con ellas en la promiscuidad y la suciedad de un cuarto de callejón. El alcoholismo acelera su caída pues gasta las escasas ganancias comprando pésimos licores. La moral, la virtud de una muchacha para ella han dejado de tener sentido; sin problemas de conciencia se convierte en celestina. La novela denuncia además el desarrollo de la prostitución” (Tauzin-Castellanos 1989:153-154).

Espíritu Cadenas –personaje de ficción- es la mujer que ejerce la prostitución en la novela Herencia. Es un espíritu caído en desgracia, por eso lleva las cadenas de la prostitución. La novelista señaló que “…los barrios de Abajo el Puente, a orillas del río esas infelices sellan con el vino de la orgía, la ignominia de su sexo” (citado por Tauzin-Castellanos 1989:154). Mujeres infelices que viven junto a una libreta que las marca como prostitutas y que son retratadas literariamente como una afrenta pública.

*Historiador a favor del Colegio Profesional de Historiadores del Perú.


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