Opiniones

Nota breve sobre la situación de los indígenas de Huánuco durante la república aristocrática

Augusto Lostaunau Moscol

En 1855, el educador español radicado en nuestro país, Sebastián Lorente publicó una serie de artículos breves bajo el título de Pensamientos Sobre el Perú. Uno de ellos fue titulado Indios de la Montaña donde sostiene que:

“Su malicia es la del tonto. Di yo plata a un alcalde para que se comprase gallinas, y apenas había andado media cuadra, cuando regresó diciendo que se le había perdido el dinero en los seguros bolsillos del calzón. Para imponer al bellaco, quítele el bastón; y aunque era fácil sustituirlo con los palos que tenía a la mano, por recobrarlo trájome luego las gallinas, y me pidió su vara riendo estúpidamente; su apatía espanta” (1967: 31-32).

Es la descripción -a manera de memoria- que realizó un educador español sobre un sector de los ciudadanos del Perú. Ladrón, estúpido y sumiso es sinónimo de indígena o indio de la montaña. Lorente fue profesor en el colegio Nuestra Señora de Guadalupe, cuando fue la institución donde se educaban los hijos de la oligarquía. Además, en la Universidad de San Marcos. La influencia ideológica de un docente sobre sus alumnos es permanente. Ideas racistas del docente quedarán grabadas en sus alumnos. Por lo tanto, es legal y es justo que los “indios de la montaña” fuesen azotados o golpeados para imponer “justicia” sobre ellos.

En octubre de 1915, durante la Sesión del Mes de Asociación Pro-Indígena, el doctor Ezequiel S. Ayllón, denunció que:

“Con la anuencia de autoridades complacientes ha recrudecido en esa localidad [Huánuco] el enganche de peones para los fundos de la Montaña, principalmente los llamados: “Éxito” y “Mezapata” de propiedad de los señores Augusto y Gregorio Durand, y que, el 20 de Setiembre, á cuadra y media de los locales de la prefectura y subprefectura, fue apresado el indígena Vicente Aquinos por dos peones del doctor Augusto Durand, sin mostrar orden de ninguna clase, y llevado á la casa del citado doctor Durand, local donde funciona la H. Junta Departamental, para ser después remitido á la Montaña, á cancelar una deuda, según se alega, ascendente á 25 soles” (1915: 184).

En las regiones, la oligarquía local tuvo todo el poder político y social que le permitió imponerse por encima de la ley. Mejor dicho, las leyes del país sólo llegaban hasta los límites de Lima y de algunas ciudades; más allá, era la ley del más fuerte. En este caso, los hacendados Durand eran las máximas autoridades. Su poder local era total. Y, las autoridades afincadas en Lima conocían de sus abusos y atropellos. Entonces: ¿Por qué nunca actuaron? Simplemente porque las oligarquías locales fueron la base de la oligarquía que se hizo del poder nacional. Mejor dicho, el Partido Civil -que aglutinó a las familias más poderosas- dependía de una suerte de pacto por el cual, mientras ellos se mantenían en el poder nacional, las oligarquías locales tenían todo el control sobre su región. Listo. Una alianza para arriba y para abajo. Cada uno en su lugar. A ello, se debe agregar el alto contenido racista de estas mismas formas de poder, donde un indígena -o miles de indígenas- no eran importantes porque simplemente eran eso: indígenas.

Además, en un texto de aproximadamente 1942 o 1943, el doctor Saturnino Vara Cadillo indicó que:

“Las tres principales ocupaciones de los habitantes de las fuentes del Marañón son la agricultura, la ganadería y el arrieraje. A partir de 1895, hasta 1925, el bandolerismo fue también una ocupación de un gran porcentaje de sus habitantes, a quienes alentaban y facilitaban armas los hacendados de las provincias vecinas y aun las propias autoridades lugareñas, a fin de lucrarse con el fruto de las depredaciones que los bandoleros cometían sin miramientos ni consideraciones” (2021: 43).

No cabe duda de que fueron los hacendados quienes generaron y alentaron la presencia de bandoleros, abigeos y criminales en Huánuco. A la fuerza lograron desposeer de sus riquezas a colonos, indígenas y comerciantes que se “atrevían” a trabajar en la región sin “su consentimiento”. Más indígenas trabajando en forma libre significó menos enganchados para ser explotados en las haciendas. Entonces, si ante el abuso que las oligarquías locales podían ejercer la labor de los indígenas persistía, entonces era necesario recurrir a métodos violentos e ilegales. De otro lado, con los productos robados se formó una suerte de mercado negro donde eran vendidos al mejor postor, pero siempre a un precio inferior que en el mercado formal. Los hacendados se convirtieron en los “reducidores” de los robos de los bandoleros que ellos mismos crearon y apoyaron. En medio de ese caos, el indígena fue el más perjudicado. Cuando se encontraban en total abandono -o bancarrota-, aceptaban firmar los contratos de los enganchadores. Mejor dicho, el modelo se impone de manera legal o ilegal, pero se impone. Abuso y corrupción van de la mano. Además, con la impunidad propia del poder local que controlan, los hacendados eran los verdaderos dueños de la región.

Esta realidad regional fue llevada a la literatura por Esteban Pavletich en su novela No Se Suicidad los Muertos, donde el personaje principal es el hacendado Aníbal Morand (que muchos han relacionado a este personaje ficticio con el hacendado y político Augusto Durand), quien cuando controla el poder comete la mayor cantidad de abusos; pero cuando no lo controla, entonces forma partidas de guerrilleros para iniciar una revuelta local y recobrar su poder. Pavletich indica que:

“Aníbal Morand formaba sus gavillas para cada aventura de las suyas, con los peones de las haciendas del valle de Huánuco -cuyos propietarios le eran adictos cuando no tributarios-, y con los de las suyas de las montañas; indígenas reclutados a viva fuerza, contrabandistas profesionales, bandoleros atraídos por las perspectivas de cupos y saqueos, trotamundos, heteróclita multitud empujada a la vorágine de la sangre y anarquía en que se debatía el país. Pero sería falta a la verdad si no se dijera que también buen número de estudiantes universitarios, imbuidos de juvenil y limpio idealismo, abrazaban las banderas radicales, y hasta se inmolaban por ellas” (2002: 27-28).

Esta escena literaria extraída de una novela es ficción. Pero, muchas veces, los elementos de la ficción tienen su correspondencia directa con la realidad. La literatura puede servir para denunciar las injusticias existentes en la sociedad. El escritor se convierte en el portavoz de quienes han sido silenciados por el poder. Incluso, el novelista se ha transformado en un rebelde contra los cánones establecidos para imponer una negación de la realidad. Esteban Pavletich percibe una realidad adversa al indígena de Huánuco y la denuncia. Además, denuncia -también- la manipulación de los propios historiadores de la oligarquía, quienes utilizan el término “rebeldes” ocultando a esos “indígenas reclutados a viva fuerza, contrabandistas profesionales, bandoleros atraídos por las perspectivas de cupos y saqueos”. Entonces, la novela es “más real” que la propia “historia oficial”.

En 1928, el Amauta José Carlos Mariátegui indicó que:

“El gamonal de hoy, como el “encomendero” de ayer, tienen sin embargo muy poco que temer de la teoría administrativa. Sabe que la práctica es distinta” (1977: 39).

Estamos en el país del: “La ley se acata, pero no se cumple”: del “Roba, pero hace obra”; del “Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón”; etc. Todas esas frases nos identifican como país. Un país donde el bandolerismo, el robo y la explotación tienen carta de ciudadanía. Y, también, tienen rostros. Algunos muy conocidos. Otros muy ocultos.

Referencias

Asociación Pro-Indígena. Sesiones del mes de Octubre de 1915. En: El Deber Pro-Indígena. Año III. N° 38. Lima-Perú. 1915.

Lorente, Sebastián. Indios de la Montaña [1855]. En: Pensamientos sobre el Perú. UNMSM. Lima-Perú. 1967.

Mariátegui, José Carlos. 7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana. Biblioteca Amauta. Lima-Perú. 1977.

Pavletich, Esteban. No Se Suicidan los Muertos. Empresa Periodística Perú. Huánuco-Perú. 2002.

Vara Cadillo, Saturnino. Folklore de las Fuentes del Marañón. En: Andinología Peruana. Eliseo Talancha Crespo, compilación, notas y prólogo. Amarilis Indiana Editores. Huánuco-Perú. 2021. 


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