Opiniones

Bicentenario: La integración, la otra cara de la desintegración de una nación

En este bicentenario es importante analizar desde distintos aspectos la historia de nuestra nación (aun en formación), y el politólogo, escrito y gestor cultural Alejandro medina Ycochea nos brinda un punto de vista interesante que nos enfrenta a una dura realidad, la oficial y la del Perú profundo.

BICENTENARIO: LA INTEGRACIÓN, LA OTRA CARA DE LA DESINTEGRACIÓN DE UNA NACIÓN

Por Alejandro Medina Ycochea *

Un 28 de julio de 1821 se lleva a cabo la proclamación de la independencia del Perú en la capital del Virreinato, en Lima, de allí que este 28 de julio del 2021, se cumplan doscientos años de liberación política de la monarquía española. Realmente la independencia fue un proceso largo, que no acabó, como se piensa incorrectamente, un 9 de diciembre de 1824 con la capitulación de Ayacucho, sino hasta la capitulación de los 400 realistas que quedaron sitiados en la fortaleza Real Felipe, lo que sucedió en enero de 1826.

La independencia fue invocada tanto por algunos criollos, como por indios y por mestizos. Un intento importante fue el acometido en 1780 por José Gabriel Condorcanqui, Tupac Amaru II, de linaje real inca. Estos intentos no consumaron nuestra independencia debido a que nunca pudimos orquestar una acción conjunta de toda la población, ya que en los estamentos sociales el español prevalecía sobre el criollo (criollo era el español nacido en América) y, a su turno, este criollo despreciaba al indio, que sufría opresión y esclavitud de su parte. Se trataba, como vemos, de una sociedad desintegrada socialmente y sin posibilidades de diálogo. Difícilmente un opresor y un oprimido salvan sus circunstancias antagónicas. Ya para la llegada de San Martín y Bolívar, la soldadesca estaba conformada mayoritariamente por indios, mestizos, negros, mulatos y zambos. La sangre derramada se justificaba en razón de la  consecución de la independencia, no obstante, en la nueva y floreciente república de inspiración liberal afrancesada, el gobierno recayó en las familias notables criollas, en el hombre blanco, en concreto.

Así las cosas, siempre ha existido un país oficial, básicamente demarcado en las lindes de la capital, y un país profundo, de una población originaria que estuvo a punto de ser aniquilada totalmente, pero que salió perviva del genocidio de la conquista y el virreinato. El Perú, como colonia, nunca pudo integrarse ni encontrarse. Y aún no puede encontrarse ni hallar una identidad que la conduzca hacia el desarrollo y una convivencia justa para todos los peruanos. El racismo, en pleno siglo XXI, sigue manifestándose, no solo en los blancos, sino entre los propios mestizos que llaman “cholos” a sus iguales. El racismo es una forma de desmerecer al otro para “creerse” superior. Es un mal social pero también mental. Una perversión. Para entender esta estólida forma de pensar, nada inteligible, tal vez debamos leer el cuento Alineación de Julio Ramón Ribeyro.

Así las cosas, el Perú de hoy sigue fragmentado en muchas culturas, en muchas razas, lo que Antonio Cornejo Polar llamó la heterogeneidad cultural y que, antropológica y literariamente, lo expresara muy acertadamente José María Arguedas, en su novela epónima Todas las sangres. Sociólogos, antropólogos, historiadores y hasta escritores han intentado, sin éxito, descubrir el enigma que nos impide ser una patria. Todos se han interrogado sobre el porqué de nuestra desgracia. Y siempre lo evidente es lo que se nos escapa a los ojos. Se los ejemplarizo con el cuento La carta robada de Poe, donde, para esconder “la carta” del escrutinio de quien la busca, su ocultador la pondrá “ante los ojos”, porque siempre quien busca se conduce a los escondites, en sus pesquisas. De igual modo, de método de búsqueda errado, tal vez gustemos de buscar lo abstruso, de creer que la verdad está en lo difícil; pero muchas respuestas son evidentes y simples. Lo que tenemos en nuestra patria es una pérdida de identidad.

Es necesario mirarnos en el espejo de la historia, encontrarnos en esa imagen que nos muestra la superficie reflectante. Siempre he dicho que sabiendo quienes somos, sabremos adónde vamos. Un pez, sabiéndose pez, no saldrá nunca del agua y sabrá reconocer en el agua sus fortalezas. Al sabernos, habremos descubierto que somos un país multicultural, multiétnico, una nación compuesta por muchas naciones.

Bajo el filtro de la historia, no habría mucho que celebrar en el Perú, por un lado sufrimos una pandemia letal; por otro, la economía de mercado ha mostrado sus fauces de lobo, ajeno al dolor social; las industrias y mineras aniquilan el ecosistema (eso aquí, lo mismo que en todo el mundo); la corrupción, que a través de mafias organizadas se apodera de fuertes cantidades de dinero que podrían usarse en inversión e infraestructura (construir escuelas, hospitales, carreteras). Todo esto deja un panorama apocalíptico y desesperanzador en una sociedad con profundos abismos sociales. Si bien es cierto, desde el cilindro de Ciro hasta llegar al siglo XXI, el mundo normativo ha cambiado y hoy tenemos 30 artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada por el Consejo de Naciones Unidas en 1948, que reconocen como fundamentales el derecho a la educación, el derecho a la salud y el derecho a la vida, estos derechos son letra muerta que no se cumple y se posterga.

Opino que la historia no es la ciencia social que nos muestra solamente el pasado: en sí, su razón ontológica, su Ser mismo, está en mostrarnos las posibilidades del futuro. Y no de manera especulativa, no como lo haría un taumaturgo o un oráculo, sino con bases fácticas. Así entendidas las cosas, la historia peruana nos pide este 28 de julio, reflexionar sobre la promesa de vida peruana, como la llamara Jorge Basadre. ¡Es hora ya!, este año del Bicentenario, de recomenzar nuestra independencia, de reflexionar en la necesidad de ser un país que asimile simbióticamente todas sus naciones, hacer un mestizaje: no oficial, sino sentido y asumido por cada peruano. Y que volvamos a ser una civilización destacada, altiva y orgullosa como lo fuera la inca, de la que descendemos, donde sumemos los valiosos aportes de occidente, bajo la realidad de un mundo globalizado.     


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