Opiniones

Un libro es un sueño que tienes en tus manos

Por Armando Avalos

Neil Gaiman dijo una vez que “un libro es un sueño que tienes en tus manos”. Cuando era joven iba a las librerías y soñaba despierto que un día publicaría un libro y mi foto estaría en la solapa. Me parecía en ese momento algo tan difícil y lejano. Solo tocaba los libros y los volvía a poner en los estantes porque no tenía muchas veces dinero para comprar uno. Cuando pasaron los años y me había convertido en escritor, una tarde en Trujillo, conocí a un joven estudiante que me recordó porqué empecé a escribir. Era mi sueño, el camino para no morir y una forma de ayudar a los demás.

Esa mañana, luego que terminé de dictar una Charla en la Universidad César Vallejo, un grupo de estudiantes se me acercó a comprar algunos de los libros que he publicado y pedían motivados que se los autografiara. Al final de la cola, había un muchacho de incipiente barba, de noble mirada y algo tímido. Se me acercó y me dijo al oído que no tenía dinero para comprar algunas de las obras, pero que, en agradecimiento por la charla, él quería obsequiarme algo.

Me entregó un cuaderno, donde me había dibujado con saco y corbata amarilla, pero sobre mi pronunciada frente había colocado un cerebro junto a las letras Tv de Televisión. En son de broma le dije: “Oye… ¿acaso yo tengo el cerebro encima de la frente?”. El muchacho no aguanto la risa, pero me dijo inmediatamente: “Es que usted es un cerebro, en todo lo que es televisión maestro”. Le di la mano y le agradecí por el obsequio. Le dije, que me había dado dos grandes lecciones. La primera, que uno siempre debe dar más de lo que nos pidan y ello siempre será recompensado.

La segunda, le dije, es que me recordó, esos enormes deseos de aprender que uno no debe perder y que tenía yo también a su edad, cuando era un estudiante. En seguida, le pedí que esperara unos segundos, y le regalé uno de mis libros.

Recuerdo que le dije algo así: “Escribir era uno de mis sueños, pero cuando lo cumplí comenzó a pertenecer a todos. Tú me diste algo que hiciste de corazón y yo te doy algo que escribí de corazón”.

El muchacho se fue con el libro emocionado y son esas cosas las que me han motivado tanto a seguir escribiendo. Como decía el gran escritor colombiano Gabriel García Márquez, “recordar es fácil para quien tiene memoria. Olvidar es difícil para el que tiene corazón”.

Hay un refrán oriental que reza que en la vida debes tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Tengo tres hijos, sembré varios árboles en mi casa que hoy lucen enormes y hasta el momento publiqué diez libros. Pero, el simple hecho de hacer estas cosas en la vida, no te dan felicidad. Lo importante, no es tener hijos, sino criar y formar buenos seres humanos. No importa si siembras árboles, sino que con tus actos cultives cosas positivas. No es importante escribir un libro, sino que aquello que escribas y digas, sea coherente con lo que haces en la vida. Recordar, que nuestra vida es nuestro mensaje y nuestra gran obra.

En una oportunidad, cuando estuve en Tacna, una joven de una universidad nacional, me dijo que no tenía dinero para comprar uno de mis libros pero que los iba a conseguir como sea. Yo me sonreí y le dije que al día siguiente partiría a Lima en avión.

La muchacha me pidió estar al tanto de mi teléfono y que antes de subir al avión, ella estaría en el aeropuerto para pagar por el libro y que lo tuviera a la mano. Al día siguiente, estaba en el aeropuerto y antes de entregar el equipaje, recordé a la muchacha y saqué un ejemplar y lo puse en mi mochila. Minutos después, por el alta voz, llamaban a los pasajeros que iban a viajar a Lima. En ese momento, entró una llamada. Era la joven que, con voz apurada, me decía que ya estaba llegando en un mototaxi.

Segundos después, la vi bajar apurada y luego de saludarme, sacó una bolsita con muchas monedas de 10 céntimos, de un sol y de 50 céntimos. Se acomodó el cabello y me dijo contenta: “Aquí está señor, puede contarlo. Por favor entrégueme el libro”.

Me emocionó mucho, le entregué el libro y le dije, que gestos como el de ella, me hacían agradecer a la vida. Y esa mañana, me prometí, que cada vez que escriba algo, sea con un propósito. El de ayudar a los demás y no traicionar a ese muchacho que iba a la librería “Época” en el Centro de Lima y que un día soñaba con ser escritor.


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