Opiniones

El adiós a una mirada de amor

Por Armando Avalos

“Cada Día de la Madre, llevaba el desayuno a la cama a mi esposa. Antes, los chicos esperaban las 12 para abrazarla y llenarla de besos. No siempre había para regalos físicos, pero a ella no le importaba: su mejor regalo era su familia, almorzar juntos y sentir que formábamos parte de una cofradía de amor y unidad. Ahora, mamá ya no está…no hay desayuno en la cama, ni besos, ni regalos. Hoy Vero es un espíritu que nos acompaña en el centro del alma, allí donde las lágrimas se confunden con la impotencia de no tenerla más”, escribía mi amigo Cesar Picciotti en sus redes al recordar a su esposa, por la que hizo tantas locuras de amor, como viajar más de 1,250 kilómetros para gritarle a los cuatro vientos que la amaba.

La mujer que le dio tres hijos, una vida feliz y a quien la pandemia del coronavirus le arrebató de su vida. Conocí a Verónica Vega un día que Cesar me invitó a almorzar en su casa en Jesús María y recuerdo la mirada de amor que ella tenía para él. Esa mirada de amor que te hace sentir invencible, que te acompaña donde estés y te reconforta el alma.

Una lagrima recorre la mejilla de Cesar Picciotti cuando recuerda la última conversación por teléfono con su esposa, cuando él internado por el covd-19 en la Villa Panamericana y ella también internada en la Villa Mongrout por la misma enfermedad, le pedía con una voz ronca y agónica, que la sacara de ahí, que quería estar en casa y que lo extrañaba. 

Fue la última vez que escuchó su voz. Verónica nunca más volvió a contestar el teléfono. César presintió lo peor y su cuerpo perecía perder las fuerzas y las ganas de luchar.  Él había prometido estar siempre a su lado y no pudo cumplir su promesa cuando el martes 13 de abril a las 6.35 de la mañana, Verónica partió.

Cesar se enteró de la muerte de su esposa dos días después. No quiso ver la urna con sus cenizas y solo luego de gritar de desesperación a uno de sus hijos, éste le confesó el doloroso momento de tuvo que pasar al reconocer el cuerpo de su mamá. De llevarla a un crematorio y darle el último adiós.

Así es de terrible es esta pandemia, que nos arrebata a los seres que amamos y no nos permite darles un último beso, un adiós, de ver por última vez, esa mirada de amor que nos mantendrá vivo su recuerdo.

Como paradoja del destino, Cesar y Verónica se preparaban a celebrar los 29 años de feliz matrimonio. De haber superado tantas dificultades y tantas piedras en el camino. Cuando el, la conquistó, tenía 27 años y ella apenas 16. Muchos se oponían a su relación y en una de esas separaciones, César viajó en bus desde Lima a Arica en Chile, más de 25 horas para buscarla y decirle en medio de lágrimas, que su vida sin ella no valía la pena.

Cuando le pregunté a Cesar, cual, es el recuerdo más bonito que tenia de su esposa me dijo: “Su bella sonrisa. Su optimismo y esa vitalidad que era una vitamina para mi alma. No sé que haré sin ella amigo”.

Un prolongado silencio siguió a nuestra conversación. A veces los hombres lloramos por dentro. Dejé un momento a mi amigo solo con sus pensamientos y parecía por un instante estar feliz. Quizá recordando a su esposa, cuando reían juntos, cuando estaban con sus hijos Giuliano, Jimena y Doménica, cuando compartían esos momentos en familia que los hacía sentir tan afortunados.

Cesar me mostró parte del poema que escribió a Verónica y que dice: Ya no estás aquí... No hay vida sin ti, no hay sonrisa que ilumine la parte oscura de mi soledad. Estoy vagando sobre fantasmas que miro y sonrío de pena, entre locuras cuajadas de perlas negras. Mi canto oscurece en cada amanecer: te busco como afiebrado en la palabra dicha, con ojos de loco, bebiendo el agua de tu muerte en cada esquina, soñándote en la frialdad de tu cuerpo ido… amor de mi vida.

Cesar decidió no regresar a la casa donde vivió con Verónica, ahí donde un día la conocí y que ella había tenido la sabiduría de convertirla en un hogar. “Me es difícil aceptar que ya no está. Que ya no estará en mi mesa. No veré su sonrisa al despertar ni escucharé su voz. La extraño demasiado.”

Antes de despedirme, Cesar quiso darme un consejo y que sin duda sirve para todo aquel que lea estas líneas. “Nunca dejes de decir lo mucho que amas a tu esposa, a tus hijos y a todo ser que es importante en tu vida. Nunca sabremos si estarán mañana con nosotros”.

Cesar y Verónica fueron dos almas gemelas. A veces, muchos creen que el amor verdadero no existe. Solo aquellos que vieron una mirada de amor sincero, aquellos que rieron, lloraron y construyeron cosas juntas a otra persona que los protegió y respetó, sabe que eso no es cierto. Y solo ellos entenderán las últimas palabras que César Picciotti escribió al pie de la tumba de su amada Verónica: “Te amo y te amaré hasta mi último pensamiento, hasta el momento en que vuelva a sentir tu mano conduciéndome a la luz, amor de mi vida...”.


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