Opiniones

Cuando el amor no tiene fronteras

Por Armando Avalos

En las instalaciones de unas de las cadenas más grandes de la televisión japonesa, Asahi TV se estrenaba para sorpresa de los 147 millones de sus televidentes, un documental con una sorprendente historia de amor proveniente del Perú. Los nipones se quedaron fascinados al saber que una reconocida periodista de su país, Shoko Otani había dejado Tokio y decido vivir en un alejado pueblo de Apurímac, todo por el amor de un peruano.

 La cadena japonesa, invirtió miles de dólares para enviar un reportero y un camarógrafo en un viaje de tres días, desde la capital del país de Sol Naciente hasta el pueblo de Ongoy en Apurímac para localizar a Shoko Otani y saber por qué dejó todo por amor.

El equipo periodístico hizo un viaje de 25 horas de Tokio a Lima, Luego viajó por bus hasta Ayacucho y después abordó una combi por escarpados precipicios en las alturas de Apurímac, hasta llegar a Ongoy, para entrevistar a Shoko, la cocinera oficial del chicharrón de chancho del pueblo y quien vive en una casa de más de 4 mil metros cuadrados en este apacible lugar.

El reportero japonés se quedó conmovido al ver en Ongoy, el respeto y cariño que todo el pueblo tiene a la menuda japonesa. Pero, sobre todo, comprobó el gran amor que Shoko encontró en el chalaco Víctor León.

Cuando entrevisté a Víctor León y Shoko Otani en su casa en Ongoy, sentí lo mismo que el colega nipón cuando estuvo con esta pareja. El profundo respeto y el noble amor que se tienen. Un amor que se mantiene vivo y uno puede sentir al ver las miradas juguetonas, cómplices y tiernas que se dan a cada momento.

Shoko nos dijo que, para ella, la felicidad es vivir en un pueblo como Ongoy, donde la gente es sincera y humilde. Un lugar donde no hay periódicos y las malas noticias no llegan. Un pueblo donde la Comisaria no tiene calabozo porque ahí, hace décadas no hay delitos. Donde la gente no lleva reloj, donde todos se conocen por sus nombres. Donde si uno tiene un problema, se convierte en el problema de todos.

“Las grandes ciudades tienen un progreso irreal. Todo es cemento y tecnología, pero se olvidan de las cosas espirituales y que a veces más valioso que tener muchos amigos en las redes, es contar con un amigo sincero que este en los momentos difíciles, o tener como vecinos a gente noble”, me decía Shoko mientras pintaba sus cuadros en su enorme jardín, algo impensable para la mayoría de japoneses.

Ella es vegetariana, pero le encanta preparar chicharrones de chancho para sus vecinos. Lleva 43 años en el Perú y nos reveló que su pasión por la cultura latina, comenzó cuando una noche en Tokio, escuchó la canción “Soy Rebelde” de la cantante hispano británica Jeanette y dijo “ésta será mi nueva lengua”.

Haciendo honor a la canción que la enamoró del mundo hispano, se rebeló a su familia y amigos que consideraban que estaba loca por dejar el primer mundo para viajar a Perú solo para aprender español.

Shoko dice que seguir su corazón la llevo a conocer el verdadero amor.  Se enamoró del peruano Víctor León y al conocer la tierra de su suegro, Ongoy, sintió que este lugar enclavado en los andes peruanos, era el refugio que su alma necesitaba. 

El día que la entrevisté, la encontré pintando las imágenes religiosas de la iglesia de Ongoy. Ahí me dijo, que más allá de la fe que tengamos, o si no creemos en un ser superior, jamás debemos perder nuestra espiritualidad. Que el vivir una vida espiritual, es estar conectados con el mundo y con los demás. Y es la única manera de encontrar el camino a la felicidad.

Nos mostró orgullosa las fotos de sus hijas, todas exitosas en sus carreras. Una de ellas violinista y quien ha hecho una decena de canciones para varias películas internacionales.

Tiene un estante repleto de libros japoneses, un caballo con el que sale a cabalgar por las avenidas sin asfaltar de Ongoy. Un jardín con muchas flores y un perrito hiperactivo que se siente parte de la familia.

Antes de irme de Ongoy, Shoko Otani y a su esposo Víctor León me invitaron unas copas de vino casero y luego comenzaron a escuchar aquella canción que unió sus vidas, “Soy Rebelde” de Jeannette. Al terminar la canción, Shoko no pudo evitar conmoverse y aproveché para hacerle una pregunta. Si alguna vez se le ha pasado por la cabeza vivir sin su peruano.

Sus rasgados ojos orientales parecieron crecer más de lo normal y luego de un rotundo no me dijo: “Él, es mi vida y el culpable de tener un corazón feliz”. Un tierno abrazo dio por terminado mi reportaje y la historia de Shoko y el peruano Víctor León, me demostró que muchas veces, las grandes victorias en la vida son cosas tan simples como encontrar el amor verdadero. Historias sin fronteras que simplemente inspiran.


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