Compartiendo diálogos conmigo mismo

La debilidad de dios ante las plegarias nuestras

(Llamando a la puerta del corazón de Dios; se nos abrirán los horizontes siempre)

I.- LA NECESARIA MANSEDUMBRE

Vuelva a nosotros ese espíritu manso,

dócil a los caminos y fiel a la escucha,

obediente a los abecedarios del alma,

disciplinado con el son de los afectos,

el pasaje que serena todos los paisajes.

 

Regresemos a ese aliento de cercanía,

cambiemos modos y maneras de ser,

quitémonos de corrientes envenenadas,

suspendamos la inquina de las ofensas,

dejemos de rociar engaños por la boca.

 

No hay mayor placidez que la bondad,

que desear el bien y rehusar el mal,

que cultivar la ternura entre familias

y dejar a un lado nuestras vil miserias,

pues la rebeldía nos deja sin entrañas.

 

II.- LA INEVITABLE PENITENCIA

Necesitamos convencernos para vencer

las penurias de este mundo que criamos;

son tantos los atropellos y las maldades,

que para huir de ellas hemos de querer,

librarnos de las miserias que portamos.

 

El vicio es fuerte, seduce, atrae, cautiva.

La ofensa requiere de la ayuda de Dios,

pues sin el Redentor nada nos reconforta,

sólo su aliento vertido sobre el corazón,

nos hace libres como el aire sobre el mar.

 

Cuántas veces nos sentimos sin fuerzas,

perdemos la orientación y nos viciamos,

marchamos sin rumbo a ningún espacio,

dominados por la fatiga todo nos ciega:

no sabemos renacer, ni empezar de nuevo.

 

III.- LA PRECISA ORACIÓN

No hay camino sin itinerario incorpóreo,

ni talento sin reconstituyente de oración,

ni enmienda sin parada que nos renueve,

para que retornemos a la pureza del día,

y hallemos la fuerza creativa del amor.

 

Hemos de adherirnos a la vida para vivir,

si en verdad queremos ser ese manantial

que se hace carne, pero es poema sin final,

que ha de concebirse luz para iluminarse,

y que debe hallarse para sentirse en paz.

 

No hay mayor quietud que contemplarse,

que despojarse de las cosas de aquí abajo,

y disponerse a rebuscar en las de allí arriba,

con la plegaria de la entrega de uno mismo:

al culto de la pausa, a la infinitud del pulso. 

Víctor CORCOBA HERRERO [email protected]


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