Opiniones

Cuando un amigo se va

Por David Silva Escalante

Tal vez me demore un poco, pero la impresión que me dejó su deceso fue muy dolorosa.

Lo conocí, en el 75, cuando fui gerente de ventas de la más grande distribuidora de papeles que había en el Perú, ambos teníamos 25 años.

Como siempre, llegue a mi trabajo, temprano, era lunes, como a la hora me dicen, un cliente desea hablar con Ud. Ordene que lo hicieran pasar a mi privado.

Era un jovencito, vestido muy sencillo, me explico a que se dedicaba y que necesitaba 10 cientos de cartón gris de 550 gramos a crédito. 

Le señale que debía llenar una solicitud de crédito. 

Me dijo que lo haría pero que primero tenía que ir a conocer donde trabajaba.

Era una habitación en el Jr. Francia cerca de una gamarra incipiente. Le pregunté para que usaba el cartón, me explico que hacia los refuerzos del cuello y la espalda res de las camisas, era un pionero en eso. Me pareció una muy buena idea.

Pero me di cuenta que no calificaba para el crédito, que en realidad era pequeño, para la envergadura de la papelera., se lo dije y me respondió que no me fallaría si lo ayudaba.

Fui a mi oficina llevando la solicitud de crédito, llené un pedido y una guía de remisión, fui a la gerencia general y dije, yo garantizo, este crédito. 

Al día siguiente le envié su pedido.

Este era a 30 días, vino en una semana y lo canceló, desde ese momento cada vez sus pedidos eran más grandes y nos hicimos muy amigos.

Luego de 2 años dejo de comprarnos y no supe de él hasta 20 años después, cuando me llamo para trabajar para él, le acepté y me di cuenta que su negocio se había convertido en un imperio.

Lo más extraordinario y que me llamo la atención, fue que todos ganaban más que el sueldo mínimo. 

Fue un buen hombre que trabajaba 14 horas diarias, muy amigo de sus trabajadores.

Deje de trabajar para él, pero cuando me encontraba en cualquier lugar me saludaba con mucho cariño.

En noviembre del 2019 fui a su oficina, dejó a otras personas en su recibidor del primer piso y envío una persona para llevarme a su oficina a donde pocas personas llegaban, ahí llamo a sus hijos y les dijo el mi amigo, respétenlo y siempre sean atentos con él.

Ahí me dio su celular y me dijo solo los de mi confianza tienen este número, dame el tuyo, siempre te voy a responder.

Una semana antes de su deceso, llame a este ser humano que nunca dejó su sencillez y su gusto por las cosas simples, tanto así que en su escritorio no tenía una computadora y su máquina calculadora era una que costaba 10 soles.

Descansa en paz querido amigo Higinio Capuñay.


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