Opiniones

Dormir con murciélagos, me enseñó a esperar lo inesperado

Por Armando Avalos

En la vida hay que tratar de ser flexible y haber trabajado durante años como reportero de televisión me ayudó mucho a ello. Dormir al lado de murciélagos fue una de las tantas cosas que tuve que hacer en mis viajes por el Perú y me enseñó de una manera muy singular a estar preparado a afrontar lo inesperado en la vida.

En una oportunidad me encontraba en el pueblo de Puerto Esperanza en Ucayali, cerca la frontera con Brasil. Luego de grabar en medio de la selva, llegué a una posada para dormir. Al entrar a la ducha, en la parte del techo, en medio de la penumbra vi un murciélago cabeza abajo. Parecía un ratón alado con ojos saltones y sus alas que me hacían recordar a Drácula. No pude bañarme tranquilo. Trate de no molestarlo y luego me metí a la cama. La posada no tenía ventanas de vidrio por el calor así que no había nada que impidiera que los murciélagos regresaran en la noche y para colmo de males, en el pueblo solo había luz eléctrica hasta las 8 de la noche.

Cuando se iba la luz, los murciélagos llegaban en olas al pueblo. Me cubrí la cabeza con la frazada y miraba de rato en rato la luz que dejaba entrar la luna llena por la ventana. Sudaba de nervios y en eso, vi a varios murciélagos que comenzaban a caminar por las vigas de madera del techo. Era un espectáculo aterrador.

Llamé al posadero y le pedí una “cabeza” de plátanos. Coloqué el grupo de plátanos cerca a la ventana y después de unos minutos, veía asombrado cómo los murciélagos saciaban su hambre con los bananos y se olvidaban de mí. Cubierto como una momia con dos frazadas recién pude dormir.

Ese fue mi primer encuentro con los murciélagos que luego formaron parte de los personajes que encontraba en mis viajes a la selva peruana. En otra oportunidad estaba en el pueblo de Huampami en la selva del Cenepa.

Tras un viaje de más de 20 horas y grabar en medio de 40 grados de calor, había llegado la hora de dormir. Preguntamos en el pueblo si había un hotel y los lugareños se rieron. Nos dijeron que podíamos dormir en la Comisaria.

Eso, inicialmente nos tranquilizó a mí y a mi camarógrafo Juan Chávez. Cuando ingresamos a la comisaria, ésta estaba deshabitada. Ahí, nos enteramos que los policías iban a ese pueblo tan alejado, solo una vez al mes, para ver si había algún fallecido, algún delito o incidente que amerite su intervención y luego se iban. Cuando entramos a la comisaria, pensamos primero que alguien había dejado colgada ropa en un cordel. Pero cuando enfocamos con una linterna, las sombras no eran camisas que se estaban secando sino una decena de murciélagos que dormían de cabeza y asidos de una larga soga que cruzaba la habitación.

Sus chillidos y sus aleteos por encima de nuestras cabezas, hizo que saliéramos corriendo del lugar. En ese pueblo, la luz eléctrica se generaba por un motor movido por combustible. Así, cuando las luces se apagaban, los murciélagos salían en gran número. Los pobladores me dijeron que no dejaban la luz prendida para ahorrar combustible. Así que decidí pagar a uno de los vecinos, 50 soles por una galonera de combustible y así me asegure que dejara  1 foco prendido.

Como si fuéramos pollitos en una incubadora, junto a mi camarógrafo, nos echamos a dormir debajo del único foco prendido en todo el pueblo, mientras que nuestro alrededor los murciélagos planeaban como si fueran buitres esperando caer sobre su presa pero impedidos por la luz del bendito foco.

El temor a que los murciélagos nos chuparan la sangre, hizo que buscara en cada viaje una forma de poder librarme de ellos. Esos extraños personajes me mantenían alertas y como en una oportunidad que estuve por la selva de Atalaya. Nos adentramos junto a mi camarógrafo en la selva virgen para hacer un reportaje sobre una escuela donde niños nativos habían muerto intoxicados.

Al llegar al pueblo de noche, decidimos dormir en el suelo de la plaza y en eso una mujer, nos pidió ayuda para un vecino que ebrio, se había quedado dormido durante horas y los murciélagos le habían chupado mucha sangre y el pobre hombre estaba medio moribundo

Me miré con mi camarógrafo y le dije: ¡Saca la carpa! ¡Hoy dormimos juntos en la carpa! Dentro de la carpa, descubrí que mi camarógrafo roncaba como si fuera un rinoceronte en celo.  Era más perturbador que los murciélagos, pero al menos él, no chupaba sangre.

En esos momentos, el lidiar con los murciélagos no era agradable pero luego agradecí esa experiencia, porque me enseñaron a improvisar soluciones a situaciones inesperadas. En las noches que veía a esos aterradores personajes rondarme por todos lados en la oscuridad, valoraba algo que para muchos parece tan común, el calor y la seguridad de estar en el hogar.


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