Opiniones

El huancavelicano en la Guerra del Pacífico (3)

Cuando el general Iglesias pactó una “paz conveniente para el invasor chileno e insultante para el honor nacional”, en Huancavelica los comuneros estaban organizados en guerrillas y a la orden del “Taita”.

El general Lynch, conocido ya por su brutal política represora contra el pueblo peruano, instruyó al jefe chileno Urriola para que hiciera conocer a la población del centro del Perú sobre las “buenas intenciones del gobierno chileno para que la ocupación se llevara pacíficamente, y si la respuesta de los pobladores fuera hostil debía escarmentarlos con extrema dureza”. El 13 de setiembre de 1883, el enemigo partió de Huancayo hacia Huancavelica; en el trayecto fueron asediados en Ñahuimpuquio y Acostambo por la guerrilla campesina hasta su llegada a Izcuchaca el día 15.

A su paso los chilenos cometieron crímenes de guerra, el coronel Gutiérrez y sus tropas incendiaron el pueblo de Vilca, saquearon y asesinaron en Moya, Pilchaca, Cuenca y Conayca, para luego regresar a Huancayo. Urriola continuó su trayecto hacia Huancavelica; al enterarse de que algunos soldados chilenos habían sido muertos y decapitados por los habitantes del pueblo de Huando, mando incendiarlo el día 16.

El invasor sureño ingresó a Huancavelica el 17 de setiembre de 1883, la misma que fue declarada “ciudad abierta” por sus autoridades (seguidores de Iglesias) para evitar mayores daños; los vecinos principales huyeron a sus haciendas en Castrovirreyna y Villa de Arma. La tierra del mercurio fue presa de la rapiña de la soldadesca chilena que estaba obsesionada con las historias de la existencia de “tapados” en esta antigua ciudad, por lo que saquearon casonas e iglesias; robaron joyas y cuadros coloniales de los templos de San Francisco, Santo Domingo y la Catedral e incluso hicieron excavaciones para buscar las famosas conexiones subterráneas en la ciudad en las que se suponía había tesoros ocultos. Tulio Carrasco, nos noticia que, al llegar los chilenos, lo hicieron junto a un consejero de guerra, el ingeniero ingles Max Siebert, el mismo que había laborado años atrás en Huancavelica y que junto a otros ex trabajadores suyos sirvieron como quinta columna en la ocupación de la ciudad.

El honor de la Villa Rica de Oropesa, fue salvado por el pueblo y sobre todo por los campesinos de Huando, Tinyacclla, Manta, Telapaccha y Acobambilla, que se parapetaron en el cerro Potocchi y por los de Chaccllatacana, Huaylaucho y Santa Bárbara que lo hicieron por el cerros Santa Bárbara y Oropesa; estos bravos hombres y mujeres  aprovecharon la geografía de su mercúrica capital; al son de sus tambores y pincullos, armados de galgas, hondas, rejones y lanzas, infundieron terror en los chilenos; viendo su suerte echada, el invasor escapó hacia Acobamba, pero nunca imaginó que su camino iba  ser objeto de un constante asedio por parte de la “guerrilla chanca”.



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