Opiniones

El Centenario de la Independencia del Perú en el discurso de Leguía el 28 de julio de 1921

Augusto Lostaunau Moscol

De manera abrupta, tumultuosa y violenta, el candidato Augusto B. Leguía se hizo de la Presidencia del Perú en 1919. Año de las grandes protestas de las masas capitalinas y peruanas en general. Los obreros conquistando la extensión de la Jornada Laboral de Ocho Horas; Miles de mujeres protestando contra la carestía de la Vida; los estudiantes de San Marcos en huelga general por la Reforma Universitaria; miles de mujeres y varones –de todas las edades- en las calles de Lima rechazando a la Oligarquía Civilista de las Tres Familias (Prado, Pardo y Miró-Quesada) e imponiendo en el Palacio a Leguía. Ayer conspicuo civilista.

Ya en el poder, Leguía se encargó de perseguir a sus enemigos políticos. Sus socios civilistas de ayer; eran sus enemigos de hoy. Se han tejido muchas versiones. Él mismo logró impulsar una desde el cargo de Presidente de la República. Para ello, utilizó los Discursos Presidenciales del 28 de Julio ante el Congreso de la República. En 1921 dijo:

“Acatando disposición constitucional, cumplo el deber de daros cuenta de la marcha del Estado, desde el 29 de julio de 1920 hasta la fecha; fecha magna y gloriosa que nos reúne en el recinto de la ley, esta vez bajo el imperio de una intensa emoción. La República conmemora el primer centenario de su emancipación política; y este hecho que recoge nuestro ánimo en cálido éxtasis de amor y de gratitud para con los próceres que nos dieron libertad y patria, exige que consagremos homenaje solemne a su memoria”.

El 18 de enero de 1920, el presidente Augusto Leguía promulgó la Constitución Política del Perú que fue redactada por la Asamblea Nacional de 1919. Vale decir que, Leguía tomó el poder y el mismo año convocó a una Asamblea Nacional que fue la encargada de elaborar una nueva Constitución Política para el país. Aunque, en su discurso de 1921, indicó que con su presencia en el Congreso de la República cumple con lo establecido constitucionalmente, no existe ningún artículo que lo obligase a ello. Era más parte de una tradición protocolar de celebraciones de Fiestas Patrias.

Además, resulta interesante que al hacer mención del primer Centenario de la Independencia (1821-1921), lo relacione directamente con un homenaje a los próceres que dieron la libertad al Perú. Rinde un homenaje de la patria a esos peruanos que participaron directamente en las luchas independentistas y que terminaron con el yugo español que duró casi tres siglos. Pero, inmediatamente añade que:

“Palabras de sincero afecto y merecido encomio debo aquí a la Madre España, altamente hidalga y noble, y aún más gloriosa en su generoso olvido de nuestras pasadas querellas de familia; y a la gran República Argentina, nuestra hermana primogénita, copartícipe primordial en esta fiesta que es estrictamente suya, como que, con sus legiones y tesoros, consagróse a la gran empresa de la emancipación americana, americanizando con su altruismo y abnegación el empuje redentor de sus denodados hijos, acudiendo a nuestro auxilio un siglo hace y viniendo hoy a confundirse con sus hermanos del Perú en la celebración de la magna fecha, realzada con el culto que rendimos a la memoria del ínclito San Martín”.

Se puede percibir que el discurso del 28 de julio de 1921 fue, principalmente, una suerte de pedir disculpas a España por haber logrado la independencia y, a su vez, un agradecimiento porque ella –siendo la “Madre Patria”- supo “olvidar generosamente” esa afrenta del Perú para con su “hidalguía y nobleza”. Leguía, no es el primero en indicar que España es “hidalga y noble”, la totalidad de hispanistas que controlaban las cátedras en la universidad de San Marcos indicaban lo mismo en sus discursos. Además, los impulsadores de la idea que el Perú era un “País Mestizo” siempre han sostenido –desde un determinismo biológico- que nuestra nacionalidad se sustenta en la nobleza e inteligencia de España y el color y tenacidad de los Andes.

Además, reconoce en sobremanera la participación de los ejércitos extranjeros que arribaron a nuestras costas con la finalidad de “auxiliar” a los peruanos. De una sola pluma borra los cientos de levantamientos indígenas y campesinos ocurridos a lo largo de todo el siglo XVIII. Desconoce totalmente la magnitud y la importancia de la Revolución de 1780 liderada por Micaela Bastidas y Túpac Amaru. Mejor dicho, su discurso tiene como base ideológica, la teoría de la Independencia del Perú impuesta por las clases dominantes. Aquella que rescata la participación de los ejércitos llegados de otras latitudes; de los representantes de las clases dominantes coloniales y de los documentos elaborados por las mismas. Una característica que no se ha perdido hasta la actualidad. Incluso hoy –en pleno siglo XXI- existen historiadores de pacotilla que desprecian la Revolución de 1780 e indican que jamás logró el impacto social que verdaderamente alcanzó en toda la América Colonial.

Hasta 1821, Lima fue una plaza fuerte del colonialismo español. Esa situación no fue producto de la presencia de importantes y poderosos contingentes del ejército imperial en nuestra ciudad; por el contrario, las tropas españolas en Lima fueron muy pocas y débiles. Lo que hizo posible la dominación férrea de España sobre Lima es la lealtad de la clase dominante limeña a la corona española. Y, mucho más, la lealtad de la clase dominante limeña a las ingentes cantidades de dinero que la corona española les permitió usufructuar y acumular. La clase dominante limeña siempre vio con espanto y desprecio la independencia del Perú. Pero, le temía mucho más a la muchedumbre. Su temor y asco a la chusma hizo que las clases dominantes siempre vivan cómodamente junto a la dominación colonial imperial de Madrid. Y, en julio de 1821, cuando las tropas dirigidas por el Mariscal José de la Serna –a la sazón último Virrey del Perú- dejaron Lima, inmediatamente pidieron ayuda a los ejércitos –compuestos por cientos de indígenas y negros nacidos en el Perú- dirigidos por el General José de San Martín.  Las clases dominantes limeñas fueron independentistas “de último momento”; tan igual como han sido “demócratas de último momento” y “burgueses de último momento” durante los últimos doscientos años.

En su discurso de 1921, Leguía anotó que:

“La presencia entre nosotros de las embajadas y plenipotencias acreditadas por la mayoría de los pueblos del orbe y, entre ellas, la del Santo Jefe de la Iglesia Universal, impónenme el gratísimo deber de enviarles en esta ocasión, pública y solemnemente, en nombre de la República toda, así nuestro saludo cordial y caluroso, como la expresión de nuestro agradecimiento por haber querido honrarnos visitando nuestro hogar y participando en él, del justo regocijo que hoy llena el corazón de los peruanos. La concurrencia de los pueblos que se han dignado acudir a nuestro llamamiento y el acto de presencia de sus distinguidísimos representantes, además de significar una íntima comunidad de aspiraciones, es una prueba más, palpable y satisfactoria, de la consolidación de amistosos vínculos que, tras la catástrofe postrera, hanse establecido entre todas las naciones”.

No cabe duda que el discurso de Leguía se encuentra envuelto en la ideología de las clases dominantes del Perú de inicios del siglo XX. Reconoce la presencia de la Iglesia católica –la cual también formó parte de la violenta conquista y la brutal imposición de occidente sobre las sociedades andinas- en las celebraciones del Centenario. Este reconocimiento forma parte de la manera de entender el proceso de formación de una nación peruana mestiza, que fue planteada por los intelectuales de la Generación del 900. Según ese discurso, el Perú sería una nación mestiza porque habla un mismo idioma (Castellano); tiene una religión (el Cristianismo Católico) y un territorio (heredado del Tawantinsuyu). Así, el Perú de 1921 tiene parte de indígena y parte de occidental. Entonces, las otras naciones de América que comparten con el Perú el idioma y la religión son nuestras hermanas. Nace Hispanoamérica. Algún confuso ideológico, para oponerse, utilizó siempre Indoamérica, siendo otro concepto inadecuado para interpretar la realidad del Perú y del continente. Igual que Latinoamérica. Son términos racistas. Actualmente, otros términos racistas como Afroperuano o Italoperuano, son nulos al momento de interpretar la realidad peruana de inicios del siglo XXI.

Y, luego, Leguía hace hincapié en la decisión de no invitar a Chile. Dice:

“Con pesar, exceptuamos de nuestra invitación al pueblo que, cuarenta años ha, rompió las tradiciones de fraternidad americana, enarbolando el pendón de la conquista en el continente, sin haber, hasta ahora, dado muestras de reacción ni de arrepentimiento. La exclusión era merecida e inevitable. Nuestra dignidad ultrajada no permitía otra cosa. Mientras el ofensor gratuito no reforme su conducta y renuncié a sus métodos inveterados de violación del derecho, el Perú no podrá extenderle su mano amiga en reposición de vínculos un día fraternales y sinceros. Sin embargo, con clara visión de su fabuloso porvenir y un espíritu exento de pasiones mezquinas, perdonará las ofensas del hermano extraviado cuando este, renegando de su ya viejo proceder, pruebe haberse hecho digno de volver sin tacha ni vergüenza, al regazo común americano”.

Toda clase dominante incapaz de poder elaborar un proyecto político que la transforme en clase dirigente y gobernar –desde sus propios intereses- un país, se vale constantemente de la creación de enemigos y externos para lograr cohesionar –bajo su dirección- a los amplios sectores sociales pobres y extremadamente pobres. Es parte de su populismo. Entre 1879 y 1883, el Perú se vio enfrascado en una guerra contra Chile. La causa principal fue el afán económico del imperialismo capitalista inglés por controlar, explotar y beneficiarse en forma directa de los yacimientos de salitre existentes en el extremo sur del Perú y el litoral boliviano. Un extremo sur y un litoral totalmente abandonado por las clases dominantes centralistas limeñas y norteñas. Entonces, el Centenario de la Independencia fue un momento muy útil para que el Presidente Augusto B. Leguía, demuestre a las muchedumbre (hoy los medios de comunicación de la extrema derecha le llaman población), que él y su gobierno, también consideran al pueblo chileno un enemigo del Perú.

Patrioterismo, Chauvinismo e Historia deformada intencionalmente por los intelectuales al servicio económico de las clases dominantes, siempre han servido para mantener distraídas a las clases populares. El gobierno de Leguía que representó los intereses estadounidenses y de la oligarquía peruana, no fue la excepción. Las celebraciones del Centenario de la Independencia del Perú, pasaron a nuestra historia como una simple anécdota; no sirvió para transformar la realidad social, económica, cultural y política del país. Hoy, rumbo al Bicentenario, la historia amenaza con repetirse.


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