Historia

La historia de un supervisor de la Marina y su familia al pie del cañón

Herbert Montenegro tiene 37 años y cuando ingresó a la Marina de Guerra del Perú, no imaginó que sus cuatro hijos le seguirían los pasos.

Lima.- Fiorella Montenegro Cajan recuerda con mucha claridad una pequeña travesura que solía repetir en su niñez. Al primer descuido iba al cuarto de su papá Herbert y con sigilo exploraba el armario en busca de su uniforme de la Marina de Guerra. Al encontrarlo, cogía con mucho cuidado el quepí para ponerlo sobre su cabeza. Lo que seguía era pura imaginación. Parada frente al espejo, se veía grande como él, sirviendo en la Marina y al país. El gorro militar le permitía soñar. Fue en una de esas andadas que se prometió ingresar a la institución.

Con 36 años, Fiorella hoy es técnica de tercera y labora en la Dirección de General de Capitanías y Guardacostas de la Marina. Cumplió su promesa. Ya tiene su propio quepí y todo gracias al uniforme de papá.

Papá Marino

Herbert Montenegro Montalvo, tiene hoy 58 años y sufre porque ahora el Juan Aurich de sus amores no está en Primera División. Hace cuatro décadas decidió dejar su Chongoyape querido, a una hora del centro de Chiclayo, para venirse a Lima. Su interés por enrolarse a la Marina de Guerra nació al ver que su primo se había convertido en militar y decidió seguir sus pasos. Luego de alternar su trabajo en una fábrica con su preparación por casi un año, postuló y logró ingresar al Instituto de Educación Superior Tecnológico Público Naval. Fue un 8 de abril de 1983 cuando le dijeron que había sido aceptado. Aún sonríe al recordar la noticia.

Ya han pasado 37 años de aquella mañana. Herbert ahora es técnico supervisor de primera y su trayectoria incluye haber defendido los intereses nacionales en el conflicto con el Ecuador en el año 1995. Ha logrado varios honores en su vida, ascensos que lo llenan de orgullo, aunque no tanto como ver a sus cuatro hijos sirviendo al país. 

Y es que Fiorella, la mayor de los hermanos, no fue la única que soñaba con tener su propio quepí. Herbert Montenegro Cajan, el segundo hijo y quien heredó el nombre de su padre, también decidió ingresar a la Marina. Hoy, como técnico de tercera, forma parte de la Dirección de Telemática de la institución. Cuenta que de pequeño su papá lo solía llevar a las celebraciones por el Día del Padre o Navidad que organizaba la institución y él aprovechaba para admirar los enormes buques. Quizás fue allí que quedó prendido de la vida militar.

Pero Don Herbert tiene aún más razones para inflar el pecho. El último de sus hijos, Willy Montenegro Cajan (21), es alférez de Fragata. Hace algunos meses logró ingresar a la Escuela Naval. 

Y aún falta Yanira Montenegro Cajan (26), la tercera. Y, claro, su destino tampoco pudo estar alejado de la Marina. Al salir del colegio ingresó a la Escuela de Sanidad Naval, se graduó como enfermera y por ahora labora en el Instituto Materno Perinatal.

¿Y la esposa de Herbert? “Mi mamá es como si fuese de la Marina también”, dice Fiorella sobre doña Violeta Cajan. “Ella se sabe todos los grados, cursos, uniformes y hasta más que nosotros. Imagínese, un esposo marino, tres hijos marinos y otra hija que también estudió Enfermería en la Marina”, narra con una sonrisa.

Vida y Servicio

“Recuerdo mucho que mis hijos me decían: papá, viejito, quiero ser como tú, pero no creía que hablaban tan en serio. Poco a poco se fueron animando más. Muchas veces sentía preocupación, todos sabemos que el entrenamiento y preparación aquí adentro es muy fuerte, pero algo que nos ha enseñado la Marina es a siempre ir para adelante, como ahora, que estamos luchando juntos contra el coronavirus. Nunca imaginé enfrentar esta pandemia al lado de mis hijos”, cuenta Herbert.

Por estos días este amante de la salsa y la música de José José no ha dejado de trabajar. Al igual que sus hijos y a sus 58 años, él está en el frente de batalla tratando de contener al maldito virus. Lo hace desde la Base Naval, en el Callao, encargándose de que todos los efectivos que salen a las calles lo hagan en condiciones de bioseguridad óptimas. Veintiún días en base, veintiún días en casa, es lo que toca en estos tiempos de pandemia. El celular se ha convertido en un objeto indispensable. Por ahí “monitorea” cómo le va a cada miembro de su familia. Hasta recibe los saludos de su nieto. Hoy, en el Día del Padre, ese celular sonará varias veces ya que no podrá estar en casa, tiene que estar en servicio.

Los dos hijos de Herbert patrullan las calles. A Herbert hijo le han encargado velar por la seguridad en La Punta, mientras que Willy lo hace por las calles de Magdalena. Fiorella, la mayor, empuja el área administrativa de la institución. Tiene el triple de trabajo cada día, pero su función resulta indispensable para que la Marina no se detenga. Yanira tampoco ha parado. Como personal de salud, sus funciones en la Maternidad de Lima se han multiplicado.

Herbert, dice que la Marina es su segundo hogar y se alegra de que también lo pueda ser para sus hijos. Cuenta que desde siempre trató de inculcarles los valores que aprendió en la institución. “La hora es la hora”, les solía repetir. “Nunca se cansen de servir” era otra de sus frases. Durante los últimos años, son pocas las veces en que han podido estar reunidos todos juntos debido a los distintos horarios de guardia que maneja cada uno, pero cada vez que lo hacen no dejan de disfrutar el momento. Una fotografía donde los seis aparecen sonriendo nos deja en claro cuánta alegría y amor puede caber en esta familia.

–¿No le da miedo que alguno de ellos pueda contagiarse con el virus?

–Es lo que hemos elegido y Dios nos cuida. Además, en este buque nadie se rinde –responde Herbert, orgulloso.


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