Luchando contra el virus

Coronavirus en Perú: el centro médico que protege a los moradores de la selva más oculta

A pesar de sus limitaciones, el establecimiento de Santa Clotilde, en Napo (Loreto), busca contener que el COVID-19 llegue a más 100 comunidades nativas.

Loreto.- Con solo 15 profesionales liderados por una sola médico para casos COVID-19, el centro de salud de la localidad de Santa Clotilde en el distrito de Napo, en Loreto, tiene que atender a un total de 2.700 habitantes pertenecientes a esta ciudad, y contener que la enfermedad no se propague totalmente a las 113 comunidades que dependen de esta red asistencial, donde los contagios empiezan a multiplicarse. Son aproximadamente 26 mil ciudadanos que dependen de este puesto de salud para afrontar la pandemia.

Gabriela Filonowicz, misionera del Vicariato Católico de Loreto, natural de Bielsko-Biala, al sur de Polonia, es la gerente del Hospital II-1 de Santa Clotilde desde febrero del 2019 y narra que desde que se registró el primer caso el pasado 26 de abril hasta la fecha, se realizaron 2.537 pruebas en toda la Microred de Napo, y de esta cifra 922 arrojaron positivo. Solo en Santa Clotilde, capital del distrito; se tomaron el grueso de las muestras, un total de 2.029. Aquí, 736 personas resultaron positivas para COVID-19. Por tanto están en riesgo un centenar de pueblos nativos que cuentan con un débil sistema sanitario para combatir el virus.

“La situación en este momento no es la mejor por la cantidad de casos positivos que tenemos. No es que los casos en Santa Clotilde aumentaron de una semana a otra, sino que hicimos un barrido para conocer la cantidad real de casos y la situación es preocupante”, relata Gabriela Filonowicz a este Diario por vía telefónica, desde la lejana Santa Clotilde.

Esta ciudad se ubica a ocho horas en deslizador desde Iquitos, capital de la región Loreto; y a dos días desde el mismo punto si se navega en una motonave o lancha como se conoce en la zona.

Hasta el 20 de abril no había registro de casos con COVID-19 en Santa Clotilde; sin embargo, se presume que durante el tránsito de los trabajadores municipales para la entrega de las canastas de víveres, y el traslado de alimentos para abastecer a la población, empezaron los contagios.

-Los primeros casos-

El 26 de abril un hombre de 47 años, que además presenta diabetes, se acercó hasta el puesto de salud indicando que a pesar de haber cumplido la cuarentena tenía la sintomatología del coronavirus. Junto con el examen del nivel de azúcar, propio para estos pacientes, se le practicó una prueba rápida para descartar el COVID-19, y el resultado fue positivo. Dos días después se realizó la prueba molecular que arrojó el mismo resultado. El virus se había instalado en este distrito.

Con este primer caso, Filonowicz decidió gestionar más pruebas rápidas. Inicialmente solo contaban con 25 muestras y se dio prioridad al personal municipal. “Tomábamos una por familia, si salía positiva sabíamos que toda la familia era sospechosa”, menciona.

Con los primeros pacientes, decidieron acatar una estricta cuarentena indefinida desde inicio de mayo. Las dos primeras semanas se cumplió a cabalidad, incluso se gestionó el apoyo de personal para hacer delivery de alimentos, pero en la tercera semana la gente empezó a salir. Durante los días de confinamiento varios vecinos presentaron malestares siendo asistidos en sus casas con el monitoreo respectivo del personal de salud. No se registraron casos graves, los moderados fueron los dos primeros pacientes confirmados que necesitaron oxígeno, pero fueron controlados a tiempo.

-Batalla sin soldados-

En el centro de salud de Santa Clotilde trabajan 60 personas entre personal sanitario y administrativo, de los cuales 10 dejaron de asistir desde el 15 de marzo por ser mayores de 60 años, y otras 10 cumplen cuarentena domiciliaria tras resultar positivas en las pruebas rápidas. Contaban con una doctora para el área COVID-19, pero renunció el 31 de mayo. Sus funciones ahora están a cargo de la única médica que queda en el hospital. A la especialista la acompañan 15 personas encargadas de hospitalización, triaje diferenciados y las visitas domiciliarias. Las otras 15 se encargan de las demás áreas.

La preocupación en estos momentos está en las comunidades indígenas, la gran mayoría del pueblo Kichwas. Son un total de 13 puestos de salud perteneciente a la red de Napo para cubrir a 113 pueblos indígenas, muchos de ellos solo cuentan solo con un técnico de enfermería con contrato de locador y sin equipo de protección personal. Además, se necesita brigadas que puedan visitarlos porque la situación es de total incertidumbre, según comenta Filonowicz. “Ya tenemos comunidades afectadas y no sabemos cómo lo están pasando, no tienen medicamentos, no tienen ni paracetamol”, lamenta.

 -Viajar para informar-

Alertar a la población indígena sobre la pandemia que azota al mundo es una labor difícil. A muchas comunidades no llega la señal televisiva, en otras apenas la señal de radio. No existen las llamadas telefónicas y ni hablar del internet. La información tiene que ser boca a boca.

“Con una brigada del Vicariato hemos ido hasta algunas comunidades para informarle cómo se propaga la enfermedad y qué medidas se deben tomar, pero a todas no podemos llegar, la comunidad más alejada está en el Curaray, a un día en deslizador y no tenemos presupuesto para el combustible”, comenta Betty Rubio, presidenta de la Federación de Comunidades Nativas del Medio Napo, Curaray y Arabela- Feconamncua.

Rubio informa que la enfermedad ya está extendida a los pueblos aledaños al distrito. El comercio de productos de primera necesidad es el principal factor para la propagación del virus.

-La falta de Oxígeno-

Como ha sucedido en Loreto y en otras regiones del país, la falta de oxígeno agudiza la crisis. En este hospital solo cuentan con siete balones de oxígeno, dos de 10 litros y cinco de la mitad de capacidad. No hay donde abastecer, por lo tanto se guardan para casos de emergencia, como alguna falla del grupo electrógeno que da energía eléctrica las 24 horas al hospital. La ciudad normalmente tiene fluido eléctrico hasta las 11: 00 de la noche. Por el momento, solo 12 pacientes requirieron este elemento y fueron atendidos con concentradores.

La religiosa y también gerente de la red de salud rescata que los casos de dengue están controlados, y los de malaria se han reducido considerablemente con la entrega de mosquiteros. “Tenemos que abastecernos de medicamentos porque no todos los días llegan las lanchas, y si eso pasa tenemos que ir hasta otra localidad a buscar las medicinas”, nos informa Filonowicz, quien en esos momentos coordinaba el traslado de una brigada hasta Mazán, ubicado a cinco horas en deslizador, para buscar suero antiofídico y atender a dos pacientes mordidos por serpientes.

El pedido de esta misionera laica, administradora de profesión, es que se asignen médicos de manera inmediata para atender los casos de COVID-19. Este miércoles el Gobierno central anunció un proyecto sanitario dirigido a 89.177 ciudadanos de las comunidades indígenas, con una inversión total de 29 millones de soles.

Por su parte, la Dirección de Salud les ha confirmado que se cubrirán dos plazas para médicos, lo que permitiría asignar turnos, ya que actualmente la especialista a cargo trabaja 24 horas. La emergencia también exige que al menos tres especialistas viajen exclusivamente a las comunidades; sin embargo, ni siquiera se puede cubrir la plaza de la doctora renunciante porque no hay médico que por el momento quiera ir a trabajar en Santa Clotilde.

“Estamos haciendo lo que podemos para atender a los pacientes, ahora más que nunca las comunidades necesitan la presencia de un médico”, puntualiza.

Fuente: El Comercio


Comentarios


Suscríbete a nuestro Newsletter

Recibe nuestro Newsletter diariamente registrándote con tu email y mantente informado con las noticias más relevantes del día.

Suscribirme



También te puede interesar


Mas articulos

Gaceta Ucayalina Radio - Música y Noticias
0:000:00