Compartiendo diálogos conmigo mismo

Sentirse vivo

(Cuánto más me abro a la vida, más me cierro a la muerte)

I.- VIVO SIN VIVIR EN MÍ

Poseídos por el mundo, andamos necesitados de paz;

beneficiados por el espíritu, armonizamos los pasos.

Con amor hasta las piedras sienten el pulso de Jesús.

Germine el limbo que el cosmos nos injerta en los ojos,

renazca en nosotros la dicha y nos reavive por dentro.

 

No hay mayor deleite que pasar sin levantar susurro,

demoliendo mil tristezas que nos impiden desvivirnos,

devorando miserias que nos amortajan las vivas alas,

pues el gozo radica en el donarse y en el perdonarse,

en olvidarse de uno mismo y en ser para los demás.

 

Realmente uno deja de vivir para sí, al poner corazón

en lo que hace;  la cordialidad en el desmoralización,

el ánimo en el ocaso, el valor y la valía en el itinerario,

con la grandeza de vernos en la celeste luz del vergel,

ceñidos a la placidez como salves que han de velarse.

 

II.- ESPERO TAN ALTA VIDA

La eternidad es nuestra, nos enternecen sus latidos,

hemos de cultivar ese camino y hemos de rehacer

entre sus cristalinas sábanas de ese inviolable aliento,

que nos hace desvivirnos por vivir, ser hijos de Dios,

sólo hay que hacer silencio y volverse amor auténtico.

 

La expiración es un tránsito más, perdamos el miedo,

salgamos de nuestro interior a ofrecernos al mundo,

despojémonos de cadenas, sintámonos emancipados,

sembremos buenos propósitos y dejémonos asombrar,

por el velo del cielo, por el intimo desvelo del cambio.

 

Lo trascendente no es saber, sino vivir en la pureza,

crecer en la avenencia, entendernos y tomar el albor

irradiado por el Resucitado, transfigurado en quietud,

convertido en vivo verso que es lo que nos da savia,

porque vivir es palpitar unidos hacia ese eterno edén.

 

III.- QUE NO MUERO AL MORIR

El fin de nuestros andares por esta vida es el abrazo,

después de haber vivido como caminantes solidarios,

como obreros de concordia, como operarios del sol,

como heraldos de voluntades, como seres en alianza,

eternamente dispuestos a escucharnos y a escucharse.

 

Morir, morir… Morir sólo es un hecho, vivir es más,

es una realidad que ha de rehacerse cada amanecer,

un contexto a complacerse para luego no arrepentirse,

un pasaje al intimo paisaje, un jardín envuelto en frutos,

que hemos de embellecer amando y dejándose amar.

 

La cruz es la avenida del encuentro, signo que redime,

pues las huellas de Cristo tienen un espíritu vivificante;

apenas estamos en salida, llegamos a la esencia del ser;

de lo que soy, la efusión de un inédito ardor creativo,

que nos injerta de inspiración para volver a la dulzura.

 

Víctor CORCOBA HERRERO / [email protected]


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