Compartiendo diálogos conmigo mismo

Cristo Jesús; la luz sobre el camino

(Nuestro verdadero guía es Cristo y nuestro sol de justicia Jesús)

I.- VERME EN CRISTO

Señor, que te conozca y que me reconozca en ti,

que camine con tu palabra y en tu palabra viva,

para que arraigado en tu nombre se cimente la paz,

y pueda desviarme de esta borrasca de conflictos,

que nos está dejando sin aire para poder elevarnos.

 

Despojado de mundo, poseído por la luz celeste,

necesitado de nuevos alientos, donde resucitar

otras sintonías mucho más divinas que humanas,

reconociéndome abatido, hundido en las miserias,

avergonzado de mí mismo, busco amanecer contigo.

 

Me mata esta atmósfera terrenal, que niega la vida

a tantos seres indefensos, a tantos cuerpos débiles,

que los abandona en cualquier esquina del pasaje,

los vacía de entusiasmo y los envicia de egoísmos,

hasta convertir al ser humano en un inhumano ser.

 

II.- SENTIRME CON JESÚS

Jesús, forma parte de nosotros, vive en cada cual,

y como albor sobre el andar nos abraza cada día,

y como eternidad nos enternece en cada despertar,

a la espera de nuestra buena disposición a sentir,

la gran alegría de creer, de avivarnos y reavivarnos.

 

El deseo de Jesús es darnos aliento en el desaliento,

proveernos de fuerza para soportar las mil cadenas

que nos ponemos entre sí, para eclipsarnos la luz,

y ensombrecer el auténtico valor de la existencia,

por el que fuimos creados y concebidos en verdad.

 

El verbo ha de nacer verso y el amor ha de amar,

debe de remar consigo y hacia cuerpo adentro,

será un buen modo de hallarse con él y en él,

de sentirse vida de su hermano, de creerse pulso,

y de crecerse junto a los latidos de los mártires.

 

III.- MIRARME EN SU PALABRA

Me sobrecoge ese Cristo que perdona y redime,

que habla intenso y nos abraza desde la cruz,

que es memoria viviente y vivificante siempre,

que es camino en el tiempo y para el instante,

que es presencia y presente en misión constante.

 

También me estremece ese Jesús que nos sondea

y nos inquiere a ser continuadores de su viaje,

que nos prepara para ser visitados por el Padre,

despojándonos de espejismos y de apariencias

materiales, que nos vician el espíritu armónico.

 

Atónito contemplo los eternos rostros de Cristo,

templado el corazón miro los rastros de Jesús,

el brillo de unos pasos firmes sobre el horizonte,

el resplandor de un tiempo nuevo para el gozo,

que da mirar hacia adelante y hacia lo profundo.

 

Fuente: Víctor Corcoba Herrero / [email protected]


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