Compartiendo diálogos conmigo mismo

Siempre a la luz de la poesía

(“Examinadlo todo; quedaos con lo bueno”; 1 Ts 5,21)

 

I.- MÁS VIVOS

Me gusta acogerme y recogerme,

amarme y recluirme,

quererme y custodiarme,

ensimismarme hasta el extremo de olvidarme,

viéndome en los demás, reviviéndome en ellos.

 

Porque nada soy sin su acompañamiento,

sin su estimulo, sin su vida en mi vida,

pues hasta en el ocaso de nuestros días,

necesitamos donde apoyarnos,

requerimos de una voz que nos avive y despierte.

 

Los senderos se allanan y alisan

con los latidos conjuntos,

descendiendo y ascendiendo, sea de día o de noche,

acogiendo y recogiendo la vivencia en un diario

existencial, donde convivir es hermanarse.

 

Hay que gobernarse y dirigir la mirada

a nuestro alrededor, buceando en el silencio,

reconstruyendo puentes que nos hagan sentir uno,

y así hacernos presentes corazón a corazón,

injertados en la pureza del donarse y entenderse.

 

No me desespera la espera del abrazo,

la comunión de alientos,

la unión de espíritus,

la alianza de sueños que permanecen, 

la coalición de hacer presente el cielo en la tierra.

II.- MÁS HUMANOS

Donde quiera que nos hallemos,

estamos llamados al encuentro con la verdad,

al reencuentro con la mística libre del ser,

a la concurrencia de sensaciones,

pues la emoción nos prende y nos reprende.

 

Las riquezas de aquí abajo nada nos aseguran,

lo trascendente es el verso cultivado,

la palabra sembrada por doquier,

enhebrada a nuevos abecedarios

despojados de usura, restituidos en mesura.

 

Tenemos el deber de cultivar la sensatez,

de volver al remanso de la ternura,

de reaparecer con el espíritu de lo etéreo, 

de ocultarnos de las necedades,

y de abrirnos con mansedumbre al análogo.

 

Seamos como las olas que aún con ser olas,

saben propagar movimientos e irradiar energías,

fieles a la llamada del viento siempre entonan

fortaleza a la consigna viviente del aire,

por el que todos respiramos y coexistimos.

 

Bajo esta contemplativa fortaleza,

hay que superar lo oposición del maligno

y celebrar que actúe el soplo del bondadoso Espíritu,

un don del Padre a través del Hijo, que nos redime,

embellecidos por el amor, pulidos por la vida.

Víctor CORCOBA HERRERO / [email protected]


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