Mike Vargas Armas

La jornada de los pequeños hombres

Escribe Mike Vargas Armas.- Por la calle Ica Nueva, una vía estrecha, ignorada y ajena, dispuesta a tragarse las vidas que corren apresuradas, siendo las siete de la madrugada, apresurando los pasos, Don Pedro llega al trabajo. Arriba, contemplando con mirada angustiada los guindales y las retamas, y viendo cómo una pareja de tórtolas que se posan en una rama lánguida del ciprés, de pronto, se marchan, volando por el infinito y libre cielo azul. Don Pedro es tímido y reservado que, apenas les estrecha la mano a sus amigos.

Por las mismas huellas de Don Pedro, hoy como todas las mañanas, también aparece Don Gamma en busca del escaso dinero, y a menudo melancólico, atestiguado por sauces, ciruelos, flores campanillas, molles, arrayanes. Don Gamma, con su cara cansada y sus arrugas profundas, como de costumbre llega a la hora.

Después de Don Pedro y Don Gamma, llega Don Abelardo. Él siempre se muestra alegre e inquieto como las pequeñas flores que animan la silenciosa calle Ica Nueva. Don Abelardo es el portador de las pequeñas dosis de bálsamo, es decir, sus chistes inventadas por él mismo, divierten a sus amigos y alegran el ambiente de la pesada jornada. Para este hombre, un día sin risa, es un día perdido.

Mientras aguardan la llegada de Don Antonio, quien es el maestro de la Obra, Don Pedro, Don Gamma y Don Abelardo se quedan observando el jardín pobre, modesto, sencillo, casi muerta que se halla coronando las aceras de las orillas de la estrecha Ica Nueva. En el jardín ven retamas raquíticas, llenas de polvo; un sauce triste, que apenas se aferra a la vida; una rosa cortada ¿Puede haber algo más melancólico y poético que una rosa cortada? El pequeño jardín, a medida que lo van observando los obreros, se vuelve un ambiente indefinido.

En medio de una atmósfera indefinible, comienzan a mezclarse en sus espíritus de los trabajadores, la Memoria y la continuación de la existencia. En tanto que, las margaritas y los cactus descubren sus pasiones, miradas y gestos; sintiendo sus sonrisas, sus toses y sus arrogancias. La vanidad siempre está presente, hasta en los pequeños hombres.

En esta mañana espléndida, los pequeños hombres como son los maestros Don Abelardo, Don Gamma, Don Pedro que luchan, día a día, por salir adelante, tratando de aplacar su presente doloroso y su porvenir agudo, atestiguan muchos sucesos. Sucesos menudos que, desde sus perspectivas, acaso llegan a encarnar el absoluto. Pero sus vidas y perspectivas no trascienden, porque ellos son hombres invisibles, hombres sin voces, cuyas actividades son sencillas como hacer una casa, y solo poseen sus minúsculos destinos.

Entre las plantas y flores que parecen dormir profundamente en los días sombríos y grises como hoy, Don Antonio, de súbito, reaparece vigoroso, a pesar de sus años. Tanto en días lluviosos de primavera o en los días de radiante sol, sus arrugas marcadas por treinta años de trabajo en construcción, aun no le pasa fractura. Con la llegada del Maestro, el equipo de trabajo se completa.

En seguida, Don Pedro, Don Gamma, Don Abelardo y Don Antonio tornan a los silenciosos, sombríos y fríos espacios del quinto piso, donde les esperan sus herramientas y materiales de trabajo: reglas de metal, planchas de pulir, paletas; cementos, cilindros, mangueras; entre otras cosas. Sus herramientas variadas les permiten llevar a cabo sus trabajos de manera eficaz.

Siendo las ocho menos quince minutos, en el quinto piso se empieza a tejer una jornada típica, propio de los obreros de construcción que, en el fondo, es una historia de extremidades agotadas, espinadas dorsales rendidas, manos callosas, uñas gastadas y sonrisas irónicas, sobre todo, de esperanzas truncadas por la dureza del trabajo que, desembocan en un sueño de un futuro mejor mezclada por las añoranzas de tiempos que ni si quieran fueron mejores.

En épocas actuales también suceden muchas atrocidades, pero por más dura que sea la vida, Don Gamma y sus compañeros comienzan la jornada con ímpetu. El corazón de cada uno de ellos late aceleradamente, mientras el intenso calor comienza a quemar la sangre que recorre sus venas. Pese a que, una desesperanza dé cuenta con dolor de que ya no sientan como suyos este mundo, trabajan arduamente.

Una jornada ardua y oscura, es un viajecito en donde ellos desgastan sus vidas. Vidas que ya representan nada y piensan en nada ¿En qué pueden pensar? Lo único que les preocupa es que, al caer la tarde, quieren ver sus sudores convertidos en algo real: un techo acabado. Por esa razón, se concentran al máximo, dejando de ver más allá del hierro que doblan y el ladrillo que manipulan.

Sin embargo, al margen de las exigencias del trabajo, en sus conversaciones intermitentes se permiten expresar sus reflexiones oscuras acerca de temas circunstanciales. Don Antonio dice: si el Presidente cierra el congreso, voy a bailar de cabeza; Don Pedro, apunta: los venezolanos cojudos deben largarse. Aunque andan mal las cosas, y a pesar de que sus arrugas y canas son testigos de tiempos mucho más amargos, tienen fe en el futuro, y sueñan con alcanzar una vida mejor, sobre todo, para sus hijos.

Motivados por la construcción de un futuro digno para sus descendientes y dejar una herencia, se esfuerzan minuto a minuto, mientras el calor proveniente del poderoso astro, el sol, penetra en sus entrañas. Sus esfuerzos cobran un sentido más noble todavía, puesto que es el soporte de sus familias en el umbral del presente y la posteridad.

A las once y media, la calle Ica Nueva ofrece un aspecto elegante, la vida dura parece volverse más llevadera. El aire seco se cola en los pulmones de Don Antonio, Don Pedro, Don Gamma y Don Abelardo, que, en lugar de suavizar, confortar, vivificar sus órganos; los sofoca. El sol brilla apasionado, el cielo se destaca limpio y azulado. Don Pedro y Don Gamma, en tanto que alistan las vigas, ya van pensando en aguadito tibio, agua de manzanilla, lentejas con pescado o pollo dorado. Todo eso constituye el menú barato de cinco soles, un se ofrece en el restaurante sin nombre ubicada en la esquina entre la calle Ica Nueva y Los rosales.

A mediodía el cielo está despejado, radiante, azul, Don Gamma, Don Antonio, Don Pedro y Don Abelardo, bañados en viva lumbre solar, descienden desde el quinto piso para ir al mismo lugar: al restaurante anónimo. El recinto es pequeño y rústico, pero confortante para los obreros.

Luego del recorrido presuroso hasta el restaurante, Don Gamma, Don Antonio, Don Pedro y Don Abelardo se sientan pesadamente en las sillas grises, y rápidamente atendidos por la señora Mary, se disponen a almorzar. Almuerzan prosaicamente haciendo caer granos de arroz a la superficie de la mesa gastada. Acaso el aguadito que se sirven es el mismo que devoran los otros albañiles, y la agradable agua de manzanilla que beben es similar que pueden tomar otros muchos obreros. Sea como fuere, sin saborear se despachan el almuerzo cotidiano, viendo en la televisión, noticias vulgares, o algún reportaje de la crisis política que se está viviendo en el país.

Después del abundante y apresurado almuerzo, se levantan de las mesas, sintiendo la tarde en todo su cuerpo entorpecido, puesto que solo queda la mitad de la jornada, y para ellos ya está muerto. Entonces, regresan al quinto piso para continuar con los quehaceres.

Pero antes de reanudar el trabajo, se toman un breve descanso. Porque sus rostros y cuerpos triunfantes en las horas de la mañana, en la juventud del día, ya no respiran a pleno pulmón debido a la intensidad del trabajo, aunque su aliento irregular demuestra que aún les resta suficiente fuerza para completar el día.  

El crepúsculo está por caer. Don Gamma, Don Antonio, Don Abelardo, Don Pedro han trabajado sin descanso, y con verdadero éxito se disponen a cerrar la jornada. Es admirable el esfuerzo que despliegan estos hombres sencillos, modestos, silenciosos que, cada mañana dicen sí a la vida, no a pesar de las circunstancias, sino por las mismas condiciones de la existencia. Estos pequeños hombres poseen un espíritu fuerte ¿Acaso de ellos va a nacer el hombre nuevo, el hombre que ame profundamente la vida?       

A las cinco y media termina la dura jornada. Todos ellos, se disponen a limpiar y guardar las herramientas, luego se ponen a cambiarse las prendas, descienden del quinto piso, salen a la calle y toman un taxi en la esquina de la calle Las retamas. Se hunden en el asiento del vehículo manifestando calma y aflojamiento, como una especie de pesadez, y en instantes desaparecen como un rayo calle adentro. Se van a casa, que había quedado vacía y negra hasta que regresaran. La noche les espera. En las horas nocturnas abrazarán el dulce sueño, plácido, tranquilo, un sueño reparador. Así recuperan (¿tendrán suficiente tiempo como para recuperar la juventud para la mañana que viene?) las energías gastadas durante el día para encarar la siguiente jornada. 


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