Compartiendo diálogos conmigo mismo

El sublime tesoro de la misión

Cuando dejamos espacio al amor de Dios, nos hace semejantes a él, partícipes de su misma poética. Abrirnos a su pasión significa dejar que él viva en nosotros y nos lleve a amar con él, en él y como él; pues somos hijos del tiempo, y sólo entonces nuestra mística llega verdaderamente a eternizarse. 

Venga un mundo para todos y todos para un mundo,

espigado por las acciones y reacciones humanas,

creado en el amor y recreado por el pulso del amar,

que ha de fusionarse de alma en alma, sin miedo,

con la palabra y los hechos, porque ha de ser vida,

para que todo halle unión y unidad en el espíritu,

que es lo que transfigura nuestro andar en camino.

 

No me gustan las rutas excluyentes, sin corazón,

ni los caminantes que aglutinan imperios

y amperios que subyugan en lugar de liberarnos,

ni los cultos a la vieja idolatría del dinero,

hay que renovarse y embellecerse al despojarse,

apuntar con el no a la guerra entre nosotros,

para asentar la paz de los mil rastros con mil rostros.

 

Pongámonos como ejercicio el afán por la verdad,

tomemos como desvelo escucharnos por dentro,

situémonos en silencio, acompañados por soledad,

concurramos a dejarnos penetrar por el verso,

dispongámonos a verificar el cariño que nos damos,

preparémonos para recargar y cargar con los pasos,

pues de la abundancia de los latidos germina el poeta.

 

Con ello se nos pide que seamos poesía en germen,

que vivamos y nos desvivamos por ser inmaculados,

que no bajemos la guardia del deseo por ser creativos,

lo importante es alzarse con la luz de la paciencia,

acoger esa viveza e ingenio cordial que no condena,

que recoge el gozo de la cercanía sin emitir juicios,

sin dispersar ni desunir el acompañamiento de Dios.

 

Dios está en cada uno de nosotros dándonos aliento,

nos renace cada amanecer y nos redime cada noche,

nos conoce y reconoce y viene a nuestro encuentro,

a la espera de dejarnos transformar por su gracia,

a poco que acojamos su  nítida voluntad de hacer,

para que podamos crecer en su indisoluble ternura,

como hijos de un mismo Padre y hermanos entre sí.

Víctor Corcoba Herrero

[email protected]


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