Compartiendo diálogos conmigo mismo

El espíritu nos quiere en poesía

(El Espíritu Santo nos guía hacia la pureza del verso,

para que podamos glorificarnos como poetas,

 ya en esta tierra de todos y de nadie en particular,

con el germen de una expresiva vida

 que convive y se armoniza en nosotros).

 

Me gusta ser un ser de palabra,

la palabra es el pulso del alma,

el alma es Jesús activo en mí,

pues soy un don nadie sin Él;

con su santo Espíritu me crezco,

me pongo en camino a diario,

me transformo en su poesía,

con la que he de abrazarme

a su pasional mística de amor,

justo en el momento preciso.

 

En mil ocasiones me inquiero,

me entristecen los dolores,

me da miedo a no ser el ser

vivificado, avivado en Cristo,

feliz en la gracia de su verbo,

sin miedo al temor de la cruz,

con el valor del que se arrodilla,

ante el cúmulo de miserias

derramadas unos contra otros, 

convertidas en suplicante llanto.

 

Es el sollozo del arrepentido,

el que nos trasciende al árbol

poético de quien dio su vida

a manos llenas, tomando la carga

de nuestras culpas, asumiendo

nuestra historia, acompañándonos,

aceptando despojarse de sí mismo,

para donarse y hacernos entrega,

de un nuevo corazón en camino,

abiertos a la acción de lo armónico.

 

En ese andar, cada cual consigo,

tiene una misión, la de verse

en los demás y rehacerse,

la de revivirse todos unidos,

haciendo piña, sembrando

abecedarios que nos aproximen,

luz que nos retorne a la esperanza,

pues sólo el autentico pulso que soy,

puede transformar el mundo:

penando hoy, perdonando siempre.

Víctor Corcoba Herrero / [email protected]


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