Augusto Lostaunau Moscol

Yinkén, Opio y violencia en Lima a inicios del Siglo XX

Augusto Lostaunau Moscol *

El licor, la delincuencia, la prostitución está acompañada de la violencia física. Las cantinas y chinganas de Lima eran un lugar frecuentado por estos personajes de los bajos fondos. La Crónica del 03 de junio de 1912 informó que “Martina Enríquez, “veinticuatrina de profesión”, se bebió una gran cantidad de pisco en una pulpería…y no quiso pagar lo consumido; el pulpero dio los gritos correspondientes y la policía condujo a la borrachita á Santo Tomás”. “Veinticuatrino” designó a personas en situación de vagancia y alcoholismo, situación social sufrida por muchos habitantes de la capital. En 1897 el servicio de policía de Lima estableció la existencia de 200 chinganas; 272 pulperías y 30 tambos y chinganas con autorización de funcionamiento en la capital, sin contar aquellos negocios que funcionaban de manera clandestina. Estos lugares fueron centros de concentración de muchas bebedores incluyendo personas de mal vivir o perseguidos por la ley. Lugares donde las discusiones originarían conflictos como los descritos por los diarios de la época. Además, con la llegada de los chinos a Lima, los yinkéns o fumaderos de opio se convirtieron en lugares frecuentados por muchos peruanos y otros extranjeros no chinos. Humberto Rodríguez Pastor señala que:

“En 1916 se publicó en el diario limeño La Crónica un artículo en dos partes titulado “El vicio amarillo en Lima”, firmado por Carlos Enrique Paz Soldán, en el que, ante el incremento de asistencia a los yinkéns, sugiere que la mejor manera de detener el avance del consumo del opio es prohibir el ingreso a los fumaderos a personas distintas a los chinos”.

Si bien es cierto que al principio fueron los chinos los consumidores de opio, con el tiempo se incorporaron peruanos y otros extranjeros a su consumo, originando problemas sociales.

En su libro Valdelomar o La Belle Epoque, Luis Alberto Sánchez narra que durante la visita que realizó José Vasconcelos a Lima, se entrevistó mucho con Abraham Valdelomar –opiómano reconocido- quién lo llevó al ilustre visitante a un yinkén. Vasconcelos luego escribió:

“Sentados a lo oriental, lo que para mí es un tormento, tuvimos que esperar breves minutos para que el chino encargado, gran amigo de Valdelomar, nos trajera una mesilla y la lámpara; luego, de una cajita plateada extrajo una onza de la sustancia preciosa, dorada, ambarina. Con destreza tomó Valdelomar su aguja y la empapó en el líquido viscoso; en seguida, acercando la gota a la flama, se hizo una esfera refulgente, se difundió un aroma delicioso, penetrante, característico. Empastó después el agujero de una pipa larga con la sustancia olorosa y picó para restablecer la corriente de aire en la cánula. –Vea cómo hago para que me imite –y aspiró con los pulmones; chirrió un poco la droga al ser acercada a la flama y un humo más denso que el del tabaco y mucho más aromático, describió espirales, salió poco después por la boca y las narices del fumador”.

Si bien es cierto que Valdelomar fue un opiómano reconocido a nivel intelectual y de la sociedad entera, la descripción realizada por un testigo, nos permite percibir que existía una relación muy cordial entre los chinos vendedores de opio y sus clientes peruanos.

El consumo de opio fue una moda entre muchos habitantes de la capital a inicios del siglo XX. En el Vals Sueños de Opio, su autor –Felipe Pinglo Alva- realizó una descripción de ese mágico momento: “Droga divina, bálsamo eterno,/ opio y ensueño dan vida al ser;/ aspiro el humo que da grandezas/ y cuando sueño, vuelvo a nacer./ Me vuelvo dueño de mil riquezas,/ lindas mujeres forman mi harem,/ y en medio de ellas yo adormitado,/ libando dichas, bebiendo halagos,/ entre los labios de una mujer./ Primorosas odaliscas en mi trono/ obedecen mi cariño de rajá/ y sus mimos y cariños amorosos/ son tributos de esclavas a su sultán./ Una y otra me suplican que las ame/ y les brinde mi cariño más sensual./ ¡Oh delicias que duraron tan sólo/ lo que el opio en mi ilusión pudo forjar!”. En este vals encontramos que el opio es asociado con la presencia de mujeres que rodean al varón, quien dejó su posición social y se convirtió en una suerte de rajá en medio de su harem. La ilusión de poseer a cuanta mujer cruce por su camino hace que el sueño sea evocado constantemente a través de la música. Ernesto Toledo Brückmann indica que:

“Debemos señalar que ninguno de los que conocieron a Pinglo relató algún hecho que lo involucrase en el consumo de drogas. Por lo pronto, su hija Carmen Pinglo asegura que el vals estuvo inspirado en el vicio de Guillermo de Acosta, un amigo de su padre y vecino del jirón Paruro, quien, además, tocaba el banjo en cuanta orquesta lo requería”.

No está en discusión si Felipe Pinglo fue o no fue consumidor de opio. En la letra del vals se debe destacar la descripción del momento o “ilusión”. De los efectos que producía el opio en los “sueños” de los consumidores. Poder “hacer” lo que en la realidad es imposible o poco probable.  Callejón, Yinkén y Casa de Juegos se reúnen en uno solo en el viejo Callejón de Petateros, sobre el cual Pedro M. Benvenutto Murrieta señaló que:

“Los primeros altos están ocupados por la casa de juego que regenta el chino Agén. El ingreso en ella no es fácil pues para lograrlo hay que ser conocido de “la casa”. La puerta está guardada por un negro faite vestido a la rusa –pantalones a la Waterloo, cuello volteado, saco cruzado, roja corbata “Regata”, zapatos de punta cuadrada y nudoso lloque trabajado hábilmente por el célebre maestro Luque en su taller de Argandoña, entre las manos- y al final de la escalera, hechas con maderas viejas que rechinan al paso del visitante, otro faite monta guardia. Libres de los obstáculos que presentan estos celosos cancerberos la entrada de los jugadores a la Timbirimba queda franca. Muy pocos muebles adornan sus piezas: una cantina y varias salas. En la habitación principal colocan la mesa de la pinta, larga, tapizada con paño verde dividido a lo largo en dos secciones iguales Azar y Suerte –A y S. A la cabecera se sienta el banquero –representante de la casa- y al lado opuesto los “gurrupíes” (Corrupción de la voz francesa croupier) que tiran los dados, pudiendo escoger los “puntos” el sitio que quieran”.

Los juegos de azar en Lima a inicios del siglo XX son relacionados directamente con los inmigrantes chinos, quienes –casi siempre- son los propietarios, administradores o regentan estos lugares. En la descripción de Pedro Benvenutto resalta lo lúgubre del sitio, con pocos muebles, pero con la presencia de dos “faites” encargados de la seguridad del lugar. Cualquier visitante no era bienvenido en la casa de juegos ya que sólo podían ingresar aquellos “conocidos de la casa”, es decir, clientes permanentes que a su vez, se volvieron amigos del chino Agén. Además, la figura del negro faite vestido a la rusa, es casi una imagen literaria o cinematográfica que responde a una especie de violencia simbólica. La descripción del Callejón de Petateros que realiza  Benvenutto continúa:

“Más allá del “colegio” (Eufemismo con el que se designa la casa de juego) e inmediatamente después de la chingana, con el indispensable saloncito, se eleva (y decimos que se eleva porque las casa en Petateros quedan en alto) la chichería del colorado Condemarín, nacido no sabemos si en Caima, Yanahuara, Paucarpata, Tiabaya, Tingo, Sabandía o algún risueño pueblecito de la campiña arequipeña. El aspecto general de la chichería no es desagradable. Mesitas de  pino sin pintar con bancos de igual material, para el uso de los clientes están colocados en los dos amplios cuartos. Tras el mostrador –en que se lucen los vasos de cristal pintados con el escudo patrio y un ¡Viva el Perú!  o con alguna escena criolla, llenos de la espumosa chicha de jora cabeceada con la de maní y se ofrecen apetitosos los picantes: escabeche, huatia, ocopa, olluquitos con charqui, papas con ají y toda la serie de seviches de pato, pescado y conchas- se encuentra Condemarin dirigiendo la venta, con su nariz tan roja como cualquiera de los “rocotos” que adornan sus fuentes de trujillana causa o de papas con ají”.

Una casa de juego de un chino inmigrante y luego una chichería atendida por un arequipeño inmigrante. Además, la descripción nos permite percibir que ya existen sectores de las nuevas clases medias urbanas que se inclinan por el consumo de la bebida tradicional del Perú: la llamada chicha de jora que, junto al consumo de seviches y picantes, son característicos en los sectores populares. Un espacio donde el inmigrante reconstruye las costumbres y tradiciones de la región que abandonó.

Un espacio donde se encuentran apostadores, bebedores, prostitutas, delincuentes, faites, etc. con los jóvenes de las nuevas clases medias urbanas. Juego y licor, dos ingredientes para generar violencia y delincuencia.  Benvenutto señala que:

“Por las mañanas el movimiento del callejón es casi nulo y solamente lo trafican uno que otro “dependiente de comercio” que viene a desayunarse en el “28 de Julio” por no haber tenido tiempo de hacerlo en sus casa y algún otro patrón de las vecindades como el italiano Héctor Pannizoni, el español Agustín Sueyras, el alemán Guillermo Brenner y el alto, flaco y simpatiquísimo “musiu” Escoubés, de donde podemos deducir que en Lima todos los comerciantes son extranjeros…Las fondas chinas empiezan a meter bulla desde las once del día en que acuden a ellos los obreros que forman el grueso de su concurrencia…La chichería es visitada más o menos desde la misma hora pero lo sigue siendo durante todo el día, pues el picante puede ser –y es efectivamente- potaje de almuerzo, lonche y comida…El café tiene hasta tres momentos de animación en el día: el desayuno que es el menor, el lonche y el café después de la comida mucho más intensos. Hay grande oposición entre la chichería y el café. Mientras que los clientes de este último son por lo regular gente “decente” y que ha estado en Europa o se europeíza desde acá, los marchantes de Condemarín son arequipeños, soldados licenciados, oficiales caídos y jefes indefinidos que cobrada la pensión que siempre es la debimos percibir hace tres meses, van a recordar, amorosos, la tierra de su origen…Asiduos concurrentes del “28 de Julio” son los literatos y poetas”.

El Callejón de Petateros fue un espacio urbano cosmopolita dentro de una ciudad que se empezaba a convertir en cosmopolita. Los dramas de la ciudad también se reproducen al interior de espacios reducidos como lo fue el callejón.

Luis Baldeón Vega sostiene que:

“El aspecto físico y la higiene de los callejones limeños contrastaban con los de las quintas solariegas de la vieja aristocracia limeña o afincada en Lima, por ello su descripción nos permite concebir que los callejones eran lugares superpoblados y con muchas deficiencias pero, no necesariamente sus habitantes serían tristes o dedicados a actividades al margen de la ley, por el contrario, fueron de las clases trabajadoras y en muchas ocasiones mostraban su alegría de vivir a pesar de las condiciones que los rodeaban. Esta alegría de los callejones limeños determinó el nacimiento del vals peruano como manifestación popular urbana”.

Es decir, a pesar de las adversidades y de dureza de la vida en el callejón –pobreza, explotación, insalubridad, delincuencia, etc.- los pobladores de estos abigarrados y tugurizados lugares supieron crear una manifestación de cultura popular urbana como lo es el vals limeño de inicios del siglo XX. Muchos investigadores han destacado la tristeza y tragedia de las composiciones musicales de aquellos años –principalmente en la letra de los valses- sin tener en cuenta las condiciones materiales en las que vivieron sus creadores. “Quién salva las miserias del mundo / que un buen día / nos brinda el dulzor / y otro día su signo falsío / nos regala con un sinsabor” (Miserias del Mundo-Samuel Joya).

*Historiador a favor del Colegio Profesional de Historiadores del Perú.


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