Augusto Lostaunau Moscol

San Oscar Arnulfo Romero

Augusto Lostaunau Moscol *

Hoy, domingo 14 de octubre de 2018 Monseñor Oscar Arnulfo Romero ha sido elevado a los altares más altos y más sagrados de la Iglesia católica. Un santo que representa la lucha por la justicia, la verdad y el respeto de los Derechos Humanos. Héctor Grenni ha escrito que:

 “El pensamiento de Romero se expresó en homilías, en mensajes, en discursos, en cartas pastorales y en entrevistas. Semanalmente emitía un mensaje a través de la radio YSAX, que mantenía incluso cuando estaba en el exterior. Con frecuencia era buscado para escuchar su opinión acerca de los acontecimientos nacionales, por su claridad en decir las cosas sin rodeos”.

Así es, Romero se convirtió en un personaje público e importante en un país que se desangraba. La fuerte represión del régimen salvadoreño no conocía compasión. Raptaron, torturaron, asesinaron y desaparecieron a miles de jóvenes estudiantes, campesinos, obreros, docentes y todo aquel que mostrase oposición al gobierno de turno. Todos eran incluidos como guerrilleros. Nadie era imparcial. O eras culpable o apoyabas al dictador.

Y, Monseñor Oscar Arnulfo Romero se puso del lado de las grandes mayorías. Se convirtió en un ferviente defensor de los Derechos Humanos. Esos mismos Derechos Humanos que en otro país con un grave conflicto armado interno, fueron declarados como “una cojudez”. Grenni explica que:

“Romero fue designado Arzobispo Metropolitano de San Salvador a principios de febrero de 1977. Éste era un período de tensión política ascendente en El Salvador durante el cual los militares, las fuerzas de seguridad, los grupos paramilitares y las fuerzas militares de los grupos de oposición cometieron numerosos abusos contra los  derechos humanos. En los primeros años de los 80, aproximadamente 1.000 civiles eran asesinados cada mes”.

Mientras el Arzobispo Metropolitano de un país en conflicto se convirtió en un creyente que denuncia el abuso de autoridad. En otro país, la máxima jerarquía del catolicismo se caracterizó por encubrir y obstaculizar la justicia nacional contra pederastas y abusadores de niños. Grenni afirma que:

“Romero buscó constantemente el diálogo con esta realidad que lo interpelaba con insistencia. Frecuentemente se refirió a los hechos cotidianos de esta realidad nacional. Siempre sus afirmaciones fueron directas, sin rodeos. Por ello era buscado constantemente para escuchar sus opiniones. En una entrevista concedida a periodistas estadounidenses, el 22 de marzo de 1980, se le preguntó: “El partido demócrata cristiano forma parte del gobierno junto con las fuerzas armadas. ¿Tiene un apoyo amplio por parte del pueblo?” A lo que contestó: “Han perdido una base muy amplia. Sus intenciones son buenas, trabajan con buena fe; pero en el terreno de los hechos está claro que el pueblo los tiene por parcialmente responsables de la represión. Quizá sean ellos los responsables de las reformas, que sí son buenas, pero han contribuido a la expansión de la represión. Esto es lo que desconcierta a la gente. Los democristianos quieren llevar a cabo sus reformas como si todo estuviera en orden, y así parece que la reacción de las organizaciones populares sea injusta. Pero los organismos populares no reaccionan contra las reformas, sino contra la represión. Y en esto tienen razón”. Respuestas claras y directas como éstas se encuentran con frecuencia en sus homilías. Esto es común en sus expresiones: su lectura de los hechos y sus comentarios no quieren encerrar análisis profundos, pero sí van directamente a la cuestión. Es una actitud honesta frente a los hechos”.

El análisis político de Romero abarcó a todas las fuerzas políticas y las clases sociales salvadoreñas de la década de 1970. La claridad de sus palabras no dejó espacio para las llamadas “libre interpretaciones”. Vale decir, jamás se ocultó en la supuesta “duda de los hechos”. Los asesinatos existían. Las violaciones de Derechos Humanos existían. Las desapariciones existían. Y, Romero las denunciaba. No se ocultaba detrás de su cargo religioso para colocarse del lado de los poderosos.

Héctor Grenni sentencia que:

“El trabajo de Romero en la arquidiócesis de San Salvador estuvo marcado por la violencia, la misma que marcó el país entero por esos años. Por ello mismo, Romero hizo de la violencia un argumento de su diálogo con la Historia cotidiana. En esta situación, también los hechos cotidianos y las personas estaban frecuentemente marcados por ella. Por ejemplo, los asesinatos en la vía pública de la ciudad se sucedían a diario, y las amenazas, muchas veces cumplidas, se hacían públicamente. Una de ellas, reiterada frecuentemente, era la amenaza contra los jesuitas de San Salvador. Ante estas amenazas publicadas por radio, comentadas en la homilía de la misa del 26.06.77, Romero busca dialogar, improvisa, busca respuestas: “Esta es la fuerza que hará un mundo mejor, y que el Papa ha llamado la Civilización del Amor. Proclamémosla y hagamos lo posible por construirla: La civilización. ¡Pero si es que hoy El Salvador no está civilizado! ¡Es que publicarse o echarse por radio amenazas tan brutales, tan animales como esa que ha salido últimamente! ¡Eso es muy subdesarrollo de civilización! (sic) ¡No poder soportar la luz de la razón de unos escritos! Si la razón se combate con razones. ¿Porqué amenazar con armas, con muerte, al que escribe la razón, el mensaje de la Iglesia?”.

Romero fue amenazado de muerte tantas veces que casi se creía imposible que lo asesinaran. Pero ocurrió. El lunes 24 de marzo de 1980, a las 6 y 30 pm, mientras oficiaba una misa, fue asesinado por el régimen. Sus palabras cobraron vigencia:

“Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles... Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: "No matar". Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia, y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión”. (Homilía de Fuego)

*Historiador a favor del Colegio Profesional de Historiadores del Perú.


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