Augusto Lostaunau Moscol

Universidad y sociedad en el Perú a inicios del Siglo XXI

Augusto Lostaunau Moscol *

En sus memorias, Jorge Basadre confesó que:

“A los diez y seis años, terminados los estudios de instrucción secundaria, me matriculé pobre, huérfano y provinciano, en el primer año de la Facultad de Letras en la Universidad de San Marcos”.

Esta descripción de la situación socio-económica del adolescente Jorge Basadre en 1919 no es necesariamente un melodrama personal de hace un siglo, aproximadamente. Es una realidad de muchos miles de adolescentes y jóvenes peruanos que en los primeras dos décadas del siglo XXI, han iniciado cursos en la Universidad.

En el Perú, a los 16 años aproximadamente, son miles los jóvenes que se encuentran en un conflicto sobre su futuro: ingresar a la Universidad o trabajar para ayudar en el ingreso familiar. Aunque, otros miles ya desde niños han dejado de estudiar para poder trabajar y lograr un ingreso económico mayor para la manutención de hermanos menores o padres enfermos. Hubiese sido más fácil colocar las cifras y las estadísticas pero, son números sin rostros, sin vida, sin esperanzas. También, hubiese sido más fácil citar a un teórico que “del país de las maravillas” elabora una “fórmula mágica” para solucionar estos problemas reales. Escogimos a Jorge Basadre así como pudimos haber escogido a José León Barandiarán quién ingresó a San Marcos en 1917, recién llegado a Lima desde su natural Chiclayo, y encontró que:

“La Universidad era diferente entonces a la de ahora. El número de estudiantes era mucho más reducido. Se percibía de inmediato que el personal de alumnos estaba compuesto así: de un cierto número que no era la mayoría, de personas pertenecientes a una clase que demostraba tener ciertos privilegios económicos y sociales, y de un mucho mayor número de personas que pertenecían sobre todo a la clase media, y que en notable proporción provenían de provincias”.

A inicios del siglo XX, las llamadas clases medias limeñas y provincianas iniciaron su ingreso a la universidad, dejando esta de ser exclusivamente para una minoría, posteriormente, a mediados del siglo XX, las clases populares logran ingresar a la Universidad y con ello, la sociedad peruana sufrió una mayor movilidad social. A inicios del siglo XXI, la Universidad peruana presenta muchos problemas en su manejo administrativo pero, es también una opción para que los jóvenes puedan seguir estudios superiores, a pesar de las situaciones, la Universidad peruana en su conjunto sigue siendo el mayor vehículo de movilidad social.

Es quizás que por eso que aun goza de mucha vigencia la pregunta que se hiciera en 1970 el filósofo e ingeniero español Salvador Pániker:

“Tienen razón quienes afirman que el futuro de un país depende de la reforma educativa. Pero, a continuación, hay que pregunta de qué depende la reforma educativa”.

Entonces, debemos agregar que quienes buscaron una nueva Ley para la Universidad Peruana lo hicieron pensando en: a) Eliminar el derecho a la educación y convertirla en un mero servicio; b) Lograr que el manejo administrativo de la Universidad lo controle una minoría y que no rinda cuentas a nadie de sus actos; c) Lo contrario, democratizar realmente el manejo administrativo de la Universidad con la participación directa y permanente de los alumnos, el motivo principal de la Universidad; d) Convertir la Universidad en un privilegio de minoría y así regresar a la Universidad del siglo XIX; e) Simplemente no supieron qué hacer con la Universidad, pero plantearon una nueva Ley con la intención de justificar su permanencia y sus sueldos en el Congreso de la República. Nuestra esperanza es que la respuesta esté entre las cuatro primeras opciones porque, de ser la última, la Universidad corre el mayor riesgo en la historia de nuestro país.

Aunque este debate sobre qué hacer con nuestras universidades ya es aprovechado por quienes pretender eliminar cualquier vestigio de Democracia en las universidades. Así, Raúl-Estuardo Cornejo escribe que:

“El modelo de gobierno de la Universidad latinoamericana –cogobierno- formará parte de las arcaicas curiosidades del siglo XX. A despecho de todo esto, habrá grandes y excelentes Universidades, acaso mega-Universidades, sostenidas como ya se ha dicho por empresas o Universidades fusionadas. También pequeñas, elitistas, pero eficientes. Esto desde una perspectiva mundial en cuanto a los países desarrollados. En los continentes pobres también habrá mega-Universidades gratuitas, sostenidas por Estados pobres, donde, salvo las excepciones de toda regla, seguirán siendo académicamente medianas. Sin embargo, en el nuevo milenio, la información y el conocimiento, gracias a la ciencia y a la tecnología, crecerán fantásticamente”.

Cornejo demuestra rápidamente su antipatía personal contra el cogobierno universitario, algo así como que le molesta que existan estudiantes fiscalizando la labor de los rectores; además, profetiza en forma apocalíptica contra la Universidad pública sostenida por los “Estados pobres” ya que, en su mayoría fracasarán y sólo “las excepciones a la regla” tendrán un desempeño mediano –por no decir mediocre- aunque, eso no debe preocupar ya que las “mega-Universidades” (¿de dónde?) harán efectiva la distribución mundial de conocimientos científicos gracias al crecimiento de la tecnología comunicativa. Un panorama bastante sombrío donde el “Estado pobre” y el cogobierno son dos factores importantes para entender “el fracaso” de la Universidad latinoamericana y, principalmente, de la peruana. Esta propuesta no es tan científica y sí es netamente ideológica. 

Por otro parte, junto al debate sobre Qué hacer con la Universidad peruana de inicios del siglo XXI, también han surgido algunos planteamientos muy interesantes. Así, el de Universidad Innovadora es quizás el más vilipendiado por la mayoría de los “teóricos”. Lo han querido reducir simplemente a una gestión “empresarial de la Universidad” pero, Arturo Velázquez Jiménez indica que:

“El concepto de Universidad Innovadora implica que ésta es una institución cuyos servicios estén definidos por el valor social y, por qué no decirlo, también económico, de los conocimientos que produce y distribuye, acorde y en armonía con la misión y perfil propios de la institución de que se trate, renovando y redefiniendo los lazos y los vínculos que establece con la sociedad en la que se inserta”.

Para nuestro autor, primero es el valor social y el valor económico es un acompañante indesligable de una realidad social que debe enfrentar la Universidad al momento de producir conocimientos válidos para la sociedad donde se encuentra. La Universidad como institución científica jamás debe alejarse de la realidad social que le rodea, de hacerlo, corre el riesgo de convertirse en una “fábrica” productora de profesionales, individuos con un título profesional bajo el brazo, con muchos conocimientos teóricos, pero sin capacidad de comprender e interpretar los problemas más urgentes –y los otros también- de la sociedad a la cual pertenece.

*Historiador a favor del Colegio Profesional de Historiadores del Perú.


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