Augusto Lostaunau Moscol

La agresión contra José Carlos Mariátegui en 1918

Augusto Lostaunau Moscol *

La agresión sufrida por el joven José Carlos Mariátegui en junio de 1918 por parte de oficiales del ejército, luego de publicar su artículo El Deber del Ejército y el Deber del Estado (Nuestra Época N° 1) es uno de los capítulos más olvidados por aquellos que se preocupan por la libertad de expresión y de prensa en nuestro país. Sólo ha merecido el estudio de aquellos que de una forma u otra se han identificado con las ideas socialistas del Amauta o, en todo caso, a pesar de discrepar con sus ideas, muestran respeto por la forma consecuente con que Mariátegui llevó su vida en relación con su pensamiento.

En el texto titulado El Deber del Ejército y el Deber del Estado (Malas Tendencias), Mariátegui sostiene que:

“La oficialidad está compuesta, en un noventa por ciento, por gente llevada a la escuela militar una veces por la miseria del medio y otras veces por el fracaso personal” 

Esta afirmación fue asumida como una ofensa por los oficiales quienes ingresaron a las oficinas del medio escrito y arremetieron contra el periodista. Alberto Tauro del Pino narra que:

“En la tarde del lunes 24 de junio, y dirigidos por el teniente José Vásquez Benavides, los oficiales irrumpieron tumultuariamente en el edificio del diario El Tiempo, cuando José Carlos Mariátegui se disponía a escribir su colaboración para la edición del día siguiente. Las voces acaloradas y el recio taconeo de las botas colmaron la oficina de la redacción, hasta aislar al joven periodista. Desconcertado éste, incorporóse al lado del pequeño escritorio que ocupaba; inútilmente pretendió iniciar un diálogo, y apenas atinó a dirigir hacia el grupo una mirada penetrante. La palidez de su rostro destacaba en las pulcras líneas de su traje oscuro; su pequeña figura parecía perdida o abrumada por cuantos lo rodeaban o desde atrás se empinaban para divisarlo; y ante él, atlético, cetrino, vociferante, el teniente mencionado descargó su violencia contra el inerme escritor”.

La interpretación más difundida es que los oficiales reaccionaron violentamente porque Mariátegui afirmó que eran oficiales no por vocación militar sino por frustración personal pero, la violencia pública era parte del trabajo de los militares. Formaron las llamadas “fuerzas de choque” de los candidatos durante los procesos electorales en las primeras décadas del siglo XX. Manuel Vicente Villarán afirma que:

“Las autoridades apoyaban y dirigían a uno de los bandos. Soldados con disfraz o sin él, tomaban parte en el combate cuando era necesario”.

Los soldados también intervenían en esta violencia sin ningún tipo de restricción. Las autoridades de turno tenían en los soldados las fuerzas violentistas perfectas para continuar en el poder. . Así como actuaban impunemente durante las elecciones, esa misma impunidad les permitió atacar a un periodista de opinión. La violencia era parte de su actuar diario. Todo lo solucionaban así. Por eso Mariátegui escribió en el mismo artículo que:

“No exageramos. Muy grave, muy grave, sería que el ejército del Perú quisiera señalarles a los poderes públicos una orientación de su gusto. El grado de militarización que al país conviene no debe ser indicado de ninguna manera por el ejército. Es imprescindible que los poderes públicos elijan libremente la dirección primaria de la política gubernamental…Un jefe militar que se pone de pie, delante de un auditorio militar también, para manifestar que hay que recomendarle al congreso que haga esto y que hay que quejarse de que no haya hecho aquello es, por eso, un jefe a quien se tiene que mirar como una amenaza”.

Entonces, la agresión no es sólo por la primera afirmación, lo es principalmente porque Mariátegui se opone al militarismo. A esa intervención prepotente y pública que realizan algunos oficiales del ejército sobre la política del Estado y de los gobiernos. Pero, el pretexto para la agresión fue tomar sus ideas como un conflicto personal contra los oficiales.

Luis Fernán Cisneros escribió en La Prensa que:

“Ese periodista atacado ayer tiene una hoja de servicios honrosa en el periodismo y en la literatura. No es un cualquiera. Merece, por sus dotes, el aprecio que le concede el público. Podrá estar equivocado; pero en su espíritu cabe el convencimiento de su error, si alguien se lo prueba. Y sobre todo, en el Perú los periodistas podemos discutir todas nuestras instituciones democráticas, inclusive la del ejército” (La Prensa, Lima 25 de junio de 1918).

Es un apoyo a la libertad de expresión que debe existir en un país que supuestamente forma parte de los llamados “Estados Modernos”, es decir, donde la forma de poder existente se enmarca dentro del modelo democrático del sistema capitalista.  Incluso, Fernán Cisneros, no contradice a Mariátegui, sólo propone que si alguien no está de acuerdo con sus ideas, que le expongan el por qué de ese desacuerdo, de convencerlo, Mariátegui tendrá la capacidad de reconocer su error. Es decir, pide que debatan las ideas y reconoce la capacidad del Amauta para conceder a su adversario la razón, si la tuviese. Una muestra de la personalidad proba y honesta de José Carlos Mariátegui.

El 25 de junio, Mariátegui renunció al diario El Tiempo, ya que, el director de este medio escrito jamás se pronunció sobre los hechos acaecidos contra uno de sus más ilustres y reconocidos periodistas. Mariátegui mandó una carta al señor Pedro Ruíz Bravo –director de El Tiempo- donde le anotó que:

“El comportamiento un tanto reticente y otro tanto desleal de Ud. Ante la agresión de que he sido objeto en las oficinas de “El Tiempo”, violadas y vejadas por el tumultuoso grupo de oficiales del ejército que la perpetró, me hace sentir el deber imperioso de apartarme de este diario al cual me trajeron, con la complicidad dolorosa de mi abulia y mi inquietud, solicitaciones de usted”.  

Luego de esta carta de renuncia, el Diario El Tiempo editorializó en su edición del día 26 de junio de 1918:

“Comprendemos que sólo por irreflexión llegaron esos jóvenes al extremo de no tener en cuenta que la casa y las oficinas de un periódico son inviolables, con la augusta inviolabilidad que les acuerda la ley y que les reconocen la cultura del país, el sentimiento público y la magestad (sic) de las ideas. Comprendemos también que el apasionamiento en la defensa de su honor y del prestigio de la carrera a que pertenecen les indujo a prescindir de las fórmulas caballerescas con que es obligatorio solucionar estas cuestiones. Comprendemos, por último, que si hubieran meditado un minuto siquiera en el daño que iban a inferirse con su violencia, se habrían abstenido de echarse en brazos de ella para obtener la satisfacción o la reparación a que se creían con derecho. Pero nada de esto excusa la temeridad de su procedimiento. Lo explica únicamente”.

Es decir, en ningún momento un acto o palabra de solidaridad con el periodista agredido, o de condena y rechazo a los agresores, siempre comprensión. Incluso al final legan a la ambigüedad de afirmar que no existe escusa para el acto aunque, comprenden la explicación. El temor de un director –y de los propietarios de un diario- frente al poder del ejército queda patentado en esta actitud de El Tiempo.

Jorge Basadre indica que:

“El 26 del mismo mes tuvo lugar una manifestación de solidaridad institucional organizada por los oficiales, con expresiones de adhesión al Gobierno y en ella participó el Presidente Pardo en cuyo discurso se reflejó el hondo resquemor que sentía ante la violenta campaña contra él y su régimen sistemáticamente seguida por El Tiempo. El mismo día renunciaron el Ministro de Guerra coronel César A. La Fuente y el jefe de Estado Mayor coronel Manuel María Ponce a quienes, según parece, disgustaron los acontecimientos que se habían producido”.

Es decir, el gobierno de Pardo utilizó el artículo de Mariátegui como un pretexto  para atacar al diario El Tiempo, ubicado en la oposición de su mandato. Así, formó un bloque con el sector de los altos mandos del ejército que avalaron la agresión física como una muestra de “lavar el honor manchado”. Pero, existió otro sector de altos mandos que no aprobó esta agresión y, al ser rebasados, decidieron renunciar. Era la época en que los ministros renunciaban a sus cargos cuando se producía un escándalo en sus sectores.

*Historiador a favor del Colegio Profesional de Historiadores del Perú.


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