Sobre la celebración del Año Nuevo

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Augusto Lostaunau Moscol *

“La humanidad, qué tan rápidamente se internacionaliza, no tiene todavía un día de fiesta universal, ecuménica. Navidad es una fiesta del mundo cristiano, del mundo occidental. El Año Nuevo es una fiesta de los pueblos que usan el calen¬dario gregoriano. A medida que la vin¬culación internacional de los hombres se acentúa, el calendario gregoriano extien¬de su imperio. Aumenta, en cada nueva jornada, el número de hombres que coin¬ciden en la celebración del primer día del año.
El Año Nuevo, por ende, parece des¬tinado a universalizarse. Pero el Año Nue¬vo carece de contenido espiritual. Es una fiesta sin símbolo, una fiesta del calenda¬rio, una fiesta nacida de la necesidad de medir el tiempo. Es una efemérides anó¬nima. No es una efemérides cristiana co¬mo Navidad”.
José Carlos Mariátegui

Las celebraciones del año nuevo han sido siempre motivo de reflexión o creación para los intelectuales y artistas de todos los tiempos a nivel mundial. En las siguientes líneas sólo presentaremos las reflexiones del reconocido filósofo italiano Antonio Gramsci, para quien, con estas celebraciones: “Se acaba creyendo que de verdad entre un año y otro hay una solución de continuidad y que empieza una nueva historia, y se hacen buenos propósitos y se lamentan los despropósitos, etc., etc. Es un mal propio de las fechas”. Es decir, se percibe como una fecha límite en la cual se debe culminar con “todo lo malo” precisamente para dar inicio a “todo lo bueno”. También, un poema del reconocido vate argentino Jorge Luis Borges.

AÑO NUEVO
Antonio Gramsci
Cada mañana, cuando me despierto otra vez bajo el manto del cielo, siento que es para mí año nuevo.

De ahí que odie esos año-nuevos de fecha fija que convierten la vida y el espíritu humano en un asunto comercial con sus consumos y su balance y previsión de gastos e ingresos de la vieja y nueva gestión. Estos balances hacen perder el sentido de continuidad de la vida y del espíritu. Se acaba creyendo que de verdad entre un año y otro hay una solución de continuidad y que empieza una nueva historia, y se hacen buenos propósitos y se lamentan los despropósitos, etc., etc. Es un mal propio de las fechas.

Dicen que la cronología es la osamenta de la historia; puede ser. Pero también conviene reconocer que son cuatro o cinco las fechas fundamentales, que toda persona tiene bien presente en su cerebro, que han representado malas pasadas. También están los año-nuevos. El año nuevo de la historia romana, o el de la Edad Media, o el de la Edad Moderna. Y se han vuelto tan presentes que a veces nos sorprendemos a nosotros mismos pensando que la vida en Italia empezó en el año 752, y que 1192 y 1490 son como unas montañas que la humanidad superó de repente para encontrarse en un nuevo mundo, para entrar en una nueva vida. Así la fecha se convierte en una molestia, un parapeto que impide ver que la historia sigue desarrollándose siguiendo una misma línea fundamental, sin bruscas paradas, como cuando en el cinematógrafo se rompe la película y se da un intervalo de luz cegadora.

Por eso odio el año nuevo. Quiero que cada mañana sea para mi año nuevo. Cada día quiero echar cuentas conmigo mismo, y renovarme cada día. Ningún día previamente establecido para el descanso. Las paradas las escojo yo mismo, cuando me siente borracho de vida intensa y quiera sumergirme en la animalidad para regresar con más vigor. Ningún disfraz espiritual. Cada hora de mi vida quisiera que fuera nueva, aunque ligada a las pasadas. Ningún día de jolgorio en verso obligado, colectivo, a compartir con extraños que no me interesan. Porque han festejado los nombres de nuestros abuelos, etc., ¿deberíamos también nosotros querer festejar? Todo esto da náuseas.

Espero el socialismo también por esta razón. Porque arrojará al estercolero todas estas fechas que ya no tienen ninguna resonancia en nuestro espíritu, y si el socialismo crea nuevas fechas, al menos serán las nuestras y no aquellas que debemos aceptar sin beneficio de inventario de nuestros necios antepasados.
(1° de enero de 1916).

FINAL DE AÑO
Ni el pormenor simbólico
de reemplazar un tres por un dos
ni esa metáfora baldía
que convoca un lapso que muere y otro que surge
ni el cumplimiento de un proceso astronómico
aturden y socavan
la altiplanicie de esta noche
y nos obligan a esperar
las doce irreparables campanadas.
La causa verdadera
es la sospecha general y borrosa
del enigma del Tiempo;
es el asombro ante el milagro
de que a despecho de infinitos azares,
de que a despecho de que somos
las gotas del río de Heráclito,
perdure algo en nosotros:
inmóvil.
Jorge Luis Borges

*Historiador a favor del Colegio Profesional de Historiadores del Perú


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