Panegírico al Valse Criollo

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Augusto Lostaunau Moscol *
“Entendemos por música criolla la que era producida y consumida por las clases populares de la ciudad de Lima, constituida básicamente por dos géneros: el valse y la polca”.
José Antonio Llorens Amico

El valse criollo nació en los sectores populares urbanos de Lima entre fines del siglo XIX e inicios del siglo XX. Fue una creación popular pero con influencias de las clases dominantes. Como es lógico, las clases populares y las clases dominantes interactúan diariamente al interior de la sociedad urbana. Las fronteras políticas no existen entre ellas. En los barrios de las clases dominantes, la servidumbre, los obreros, los artesanos, los jardineros, panaderos, choferes, etc. son los miembros de las clases populares. La relación cotidiana origina una influencia cultural e ideológica directa e indirecta. Una demostración de esta relación es el valse criollo.

En las grandes casonas de la vieja aristocracia y la joven burguesía limeña (Paseo Colón, Av. La Colmena y el Jirón de La Unión) las fiestas de gala se celebraban con orquestas femeninas que tocaban música europea: el vals y la polca. Finas damas tocaban instrumentos de cuerda y piano. La danza se caracterizaba por ser de recorrido largo. Había suficiente espacio para tal demostración de majestuosidad.

Cocineras, mozos, mayordomos, cocheros, porteros, anunciadores, arreglistas, etc. eran los miembros de las clases populares que también disfrutaban (desde otro aspecto) de estas magníficas fiestas llenas de boato y glamur. Ellos escuchaban las orquestas y observaban la danza. Era espectacular. Les agradaba y estaban decididos a copiarlos.

Llorens indica que:
“La mayor parte de los limeños vivía en callejones. Estos lugares, formados por hileras de pequeñas viviendas de una o dos habitaciones dispuestas a lo largo de un estrecho corredor descubierto y con una sola entrada desde el exterior, podían albergar entre 50 y 200 personas, estando ocupados por las familias de menores ingresos económicos”.

Así es, el paisaje urbano cambiaba radicalmente cuando se trataba de los barrios de los pobres de Lima. Ya no eran las grandes casas solariegas de salas que más parecían salones de baile. Ahora, son estrechas habitaciones que servían para varias funciones. Eran sala-comedor, dormitorio y cocina; todo a la vez. Las familias vivían apiñadas. Pero, para las fiestas la cosa era diferente. Se acomodaba todo para dejar una pista de baile donde al menos se intentaran algunos pasos de vals. Los instrumentos eran caros. Los pobres tocaban con lo que tenían a la mano. Las guitarras reemplazaron a los violines. El cajón (instrumento del folklore negro de la costa peruana) reemplazó al piano. Las viejas castañuelas flamencas se incorporaron para dar el repique. Se improvisó con las cucharas y el manojo de llaves (este último también del folklore negro de la costa peruana). Se mezclaron varias tradiciones y se entonó el valse criollo urbano popular. La danza se hizo corta y casi como saltos. Y la letra era la cotidianidad.

Los nuevos músicos criollos no tenían formación artística clásica. Eran “músicos de oído”. Escuchaban canciones y luego las repetían. La mayoría de las veces realizaban arreglos buscando adaptarlas a las voces de sus acompañantes. Otras veces tocaban de “memoria”. Por ello, existen varias “versiones” de una sola canción. Se repite la esencia de la tradición oral popular.

Las letras de las canciones nos permiten conocer ilusiones y temores. A fines del siglo XIX (quizás 1896) un anónimo cantaba:
“No sé qué quieren hacer
los extranjeros en Lima, que nos vienen a poner
una luz tan dañina: la llaman la luz eléctrica,
competidora del gas, que por muy buena que sea
siempre causa enfermedad. ¡Pobrecito gasfitero,
qué oficio aprenderá! A sastre o a zapatero
o lo ajeno agarrará”

El posible desempleo producto de la llamada modernidad era rechazada por este anónimo de las clases populares limeñas que a través del valse encontró un medio para manifestarse. Otro caso similar es el de Belisario Suárez, quien en 1905 compuso “El Motorista”:
“Ya se ha formado una empresa
que reemplazará al Urbano: los caballos y cocheros
tendrán que parar la mano.
Pobrecitos conductores
ya no tendrán que empujar con este nuevo sistema
ya todo se va a acabar.
Tú con el automóvil;
yo, con el Tranvía, recorreremos las calles
de noche y de día”.

Y si logramos percibir bien, existe la diferencia social. Dice “Tú con el automóvil” y agrega “Yo con el tranvía”. La modernidad no elimina ni cancela las diferencias sociales.

De esta manera, el valse criollo urbano popular es un documento que sigue esperando ser estudiado y comprendido en su real dimensión.

*Historiador a favor del Colegio Profesional de Historiadores del Perú.

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