Los ruidos de la plaza Dos de Mayo en Lima

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Augusto Lostaunau Moscol *

“Un mismo ruido no afecta de la misma forma mientras se intenta dormir la siesta que mientras se realiza una cierta tarea, se escucha música, etc. El desarrollo de cada actividad implica ciertas exigencias o, por lo menos, ciertas pautas deseables en lo que a niveles de presión sonora y calidad acústica respecta; cada ámbito posee características acústicas propias y la sensibilidad humana también varía en función de las condiciones y el entorno”.
Alice Elizabeth González

Un día de semana cualquiera en la Plaza Dos de Mayo en Lima. El ruido es ensordecedor. No es un mitin de un sindicato en huelga. No son los maestros del fragmentado SUTEP. Tampoco es Construcción Civil –cualquiera de sus miles de facciones-. Tampoco los estudiantes de San Marcos gritando “Servir al pueblo de todo corazón”. Mucho menos los de la Federico Villarreal con su lema “La villa es del pueblo y no de los apristas”. La histórica Plaza Dos de Mayo, testigo silenciosa de cientos de batallas del pueblo por sus derechos, ya no hace remecer a los gobiernos. Ahora son varias decenas de vendedores ambulantes en triciclos con parlantes. Uno junto al otro. Parece el inicio del Dakar. Todos, con el volumen al máximo anuncian que venden plátanos, fresas, manzanas, chirimoyas, etc. Todas las frutas en oferta. “Cinco plátanos por un sol” retumba en el oído. Casi ensordece. “Un kilo de fresa por dos soles” grita el otro. Ya estás sordo. Y, para terminar, las combis paradas en cualquier lugar gritan su destino. Se paran en medio del cruce, cierran el tráfico. Media hora en el bus que no avanza. Bajas del bus molesto y la Plaza Dos de Mayo ya no lo es. Ahora es cualquier cosa menos una plaza de la capital del Perú. Se ha convertido en el mercado popular callejero de Lima.

Y la contaminación acústica o auditiva es espeluznante. Según la organización española Ecologistas en Acción:
“La contaminación acústica se define como la presencia en el ambiente de ruidos o vibraciones, cualquiera que sea el emisor acústico que los origine, que impliquen molestia, riesgo o daño para las personas, para el desarrollo de sus actividades o para los bienes de cualquier naturaleza, o que causen efectos significativos sobre el medio ambiente”.

Entonces, en Lima el daño debe ser uno de los mayores a nivel regional, ya que, como indica Ecologistas en Acción:
“La contaminación acústica en Europa es un grave problema ambiental y de salud pública. El principal responsable de esta contaminación es el tráfico rodado, afectando a 125 millones de personas, el 24% del total de la población europea, con niveles de ruido superiores a 55 dB (Lden). Este tipo de contaminación provoca en Europa unos 43.000 ingresos hospitalarios y al menos 10.000 muertes prematuras cada año. El objetivo europeo es disminuir el ruido de forma significativa para el año 2020, acercándonos a los valores recomendados por la OMS”.

Entonces, surgirán las voces que dirán: “La contaminación acústica es un problema mundial”. Cierto, lo es. Pero, mientras en las ciudades europeas el principal factor que origina esta contaminación es el mismo vehículo que –por lógica- transita por las avenidas de las ciudades; en Lima el principal factor son los ambulantes tricicleros con equipos de sonido. Con altoparlantes. Con altavoces. Es decir, todo un espectáculo digno de una película futurista apocalíptica. Una guerra entre máquinas y humanos. Entre altavoces y los humanoides que los utilizan contra los desesperados transeúntes que huyen de ese conflicto bélico.

La ingeniera uruguaya Alice Elizabeth González sostiene que:
“Vale la pena destacar que el ruido está dentro de los contaminantes de tipo físico y se convierte en tal cuando se presenta en cantidades excesivas. El tiempo necesario para que el ruido cause efectos adversos sobre el aparato auditivo humano suele ser prolongado. Sin embargo, otros efectos adversos tanto sobre personas como sobre otros seres vivos pueden ocurrir en plazos significativamente menores. Hoy día, pues, al hablar de “contaminación sonora” se alude también a situaciones en que las emisiones sonoras son capaces de provocar efectos adversos sobre los ecosistemas naturales o urbanos, aún si los seres vivos más perjudicados no son las personas”.

No se trata de proteger sólo al ser humano, sino también al medio ambiente. La contaminación auditiva o sonora contribuye también al deterioro del medio ambiente y a la destrucción de los ecosistemas. Lima es una ciudad destruida. Lima es una ciudad híper contaminada. ¿Debemos esperar que se convierta en una ciudad inviable? ¿Debemos esperar que se declare inhabitable? Alice Elizabeth González indica que:
“El ruido es un agente contaminante que es muy fácil producir –se requiere mínima energía- y sin embargo es muy difícil de abatir: las medidas son siempre costosas no sólo en lo económico sino también en lo social, pues además de implicar medidas de ingeniería y arquitectura sofisticadas pueden requerir la modificación de hábitos, usos o costumbres”.

Muchos dirán que descontaminar Lima será muy caro; pero el costo social de no hacerlo será mucho mayor. Tendremos ciudadanos dislocados con la realidad. Que no reconocerán lo lógico de lo irreal. Si la Plaza Dos de Mayo ya es una locación de una surrealista, quienes transita por ella todos los días han “normalizado” ese espacio y han interiorizado sus ruidos.

¿Y las autoridades? La respuesta es ¿Existen autoridades en Lima? Lima es una ciudad en caos. No tiene alcalde. Existe un fantasma que dice ser alcalde. Existe una Policía nacional del Perú que dice tener autoridad. ¿Autoridad? ¿Puede tener autoridad quien no hace nada positivo con la susodicha autoridad? Son una espeluznante broma. Una ironía del destino. No son nada.

Porque como indica Alice Elizabeth González:
“En teoría, lo que la Administración debería garantizar a la población es el goce de niveles de inmisión sonora que permitan vivir en un ambiente saludable y realizar sin inconvenientes las diferentes tareas vinculadas al devenir cotidiano. De todos modos, suele ser una buena idea acotar los niveles de emisión sonora de las principales fuentes sonoras, de modo que si cada una cumple con los límites autorizados sea esperable que los niveles de inmisión sean también adecuados”.

En teoría. Sólo en teoría. Y si es en Lima. Una teoría imposible de ejecutar.

*Historiador a favor del Colegio Profesional de Historiadores del Perú.


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