Descendiente de la esposa de San Martín: “Él era un hombre repleto de misterios”

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Cuando niña, el abuelo ‘Chito’ sentaba a Florencia en un banquito al lado de su sillón y empezaba a contarle historias de “la parienta”. Así se referían en la familia a Remedios de Escalada, la mujer que en setiembre de 1812 –cuando todavía no cumplía los 15 años– se convirtió en la esposa del general José de San Martín, el tío Pepe, como lo llamaban –medio en broma– en la intimidad.

—¿Fue desde entonces que empezó a interesarse por la historia de su familia?
Siendo sincera, escuchaba las anécdotas pero no me interesaba demasiado. Recién en el colegio, cuando estudiábamos a San Martín, me di cuenta de que “la parienta” era una tía importante.

—¿Qué se decía de ella?
Había los que hablaban bien y mal de ella. Allí empezó a darme una ternura inmensa esa mujer que vivió poco [murió de tuberculosis a los 25 años], que tuvo una salud frágil desde muy chica, que imaginó que iba a vivir un cuento de hadas y a tener un matrimonio feliz. Pero las idealizaciones nunca van por buen puerto.

—¿Nunca hubo un momento feliz en esa unión?
Es que San Martín estuvo poco y nada a su lado. Él estaba ocupado en la guerra, ese fue el gran amor de San Martín, no esta mujer ni ninguna otra sino la causa libertadora.

—Episodios polémicos de su novela son los amoríos de Remedios con dos subalternos de su marido.
Así es, algunas instituciones se me vinieron en contra por ventilar lo de las infidelidades contra San Martín, que también hizo de las suyas. Con esto yo no intenté achicar la figura del general, que me parece un hombre inmenso. Yo creo que esta humanización lo agranda más.

“EN UNA DE SUS CARTAS, SAN MARTÍN SE REFIERE A SÍ MISMO COMO UN CORNUDO”

—¿Qué hizo San Martín al saber de estos ‘affaires’? 
En una de sus cartas a su edecán Tomás Guido se refiere a sí mismo como un cornudo. Hay dos versiones. La primera es que aludía a que el gobierno le estaba siendo infiel porque no le daba los dividendos para el viaje hacia el norte. La otra, pues por este asunto con su mujer. Lo cierto es que a estos dos soldados los rapa y manda al destierro, un castigo para demostrar su poder y jerarquía.

—Hay incluso un ‘affaire’ más sonado, nada menos que con Bernardo de Monteagudo, que llegó a ser mano derecha de San Martín.
Eso fue muy curioso. Yo ya tenía avanzada la novela cuando me llama mi padre a decirme que la tía Teresa, que era bastante mayor, le había contado del rumor de que Remedios había andado con Monteagudo.

—¿Y usted le creyó?
Yo hablo con esta tía, y al mostrarme incrédula, ella se ofendió de que no creyera en su palabra [risas]. Todo se dificultaba debido a que la correspondencia de Remedios fue quemada por su yerno, Mariano Balcarce, el marido de Merceditas [la única hija de San Martín y Remedios]. Uno quema lo que nadie quiere que lea.

—¿Y cómo llega a la presunción de que podía tener asidero esa relación?
El historiador con quien trabajo, Diego Arguindegui, y yo empezamos a hacer cuentas e investigaciones. La logia Lautaro, en la que ambos próceres participaban, estaba entonces dividida entre los sanmartinianos y los alvearistas. Monteagudo estaba del lado de Carlos de Alvear. Estando distanciados tal vez acercarse a Remedios era también aproximarse a los secretos que podía tener San Martín.

“EL GRAN AMOR DE SAN MARTÍN NO FUE ESTA MUJER [REMEDIOS] NI NINGUNA OTRA, SINO LA CAUSA LIBERTADORA”

—Algunas críticas no tan amables dicen que usted “se introdujo de cualquier modo en el dormitorio de los personajes históricos para humanizarlos”. 
Quienes escribimos novelas históricas estamos amparados detrás del género, que impone un rigor histórico pero a la vez permite los aceites y decoraciones de la narrativa. Mi libro no es una biografía ni un manual de historia, es una novela histórica llena de licencias pero con hechos y personajes verídicos.

—Ya le habrán preguntado varias veces por los porcentajes de ficción y realidad.
Y siempre respondo que es 100% de ambas. Son todos personajes presentes en esos momentos históricos, los diálogos pueden ser parte de mi imaginación encendida, pero ese es el género.

—En una entrevista usted calificó a San Martín como un hombre laberinto.
Así es, un hombre difícil de atravesar o de definir, un hombre repleto de misterios, de pocas palabras pero enormes pensamientos.

—Volviendo a su relación con Remedios, él no llegó a tiempo para verla morir.
Así es, llega a Buenos Aires meses después de su muerte [ocurrida en agosto de 1823]. Es que él mismo era un hombre enfermo allá en Mendoza. Repongo un encuentro que tuvo con Juan Martín de Pueyrredón, en que este le pide que no consuma tanto opio, que era lo único que calmaba sus dolores, por la adicción que ello generaba. Además, si volvía a la capital su vida peligraba debido a las intrigas políticas.

—Y una vez llegado tuvo que librar una última batalla familiar, ¿cierto? 
Con su suegra, para poder recuperar a Merceditas, entonces una niña de 7 u 8 años. Ella lo detestaba porque quería que su hija se casara con Gervasio Dorna, que era –según ella– el hombre adecuado para Remedios. A San Martín se refería como el ‘plebeyote’, el ‘soldadote’, el negro. Ella tenía casi secuestrada a la niña, pero finalmente logra su custodia y se marcha con ella a Europa.

Fuente: El Comercio

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