¿Y si cerramos el Congreso de la República?

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alfonsoEscribe Alfonso Baella Herrera.– Ana María Gamarra Vegas hizo hace unos días, en Facebook, la pregunta que titula esta columna. Me preguntó adicionalmente si hacerlo supondría un caos o sería mejor para el país. Las interrogantes son muy importantes y por eso quisiera comentarlas.

El Congreso, en tanto encargado de dictar leyes, expresa la división de poderes junto al Ejecutivo, que ejecuta esas leyes y gestiona el presupuesto público, y el Judicial, que juzga los delitos y administra justicia entre particulares.

“La división de poderes es una noción que empezó a surgir recién a fines del siglo XVIII cuando pensadores y filósofos de la talla de Montesquieu o Rousseau comenzaron a reflexionar sobre los costos de los gobiernos monárquicos y absolutistas y sobre los beneficios de un sistema en el cual el poder se repartiera en tres esferas diferentes, controlables y cooperables entre sí.

Definición del portal ABC: http://www.definicionabc.com/polit…/division-de-poderes.php…”
En pocas palabras la división de poderes garantiza un sistema de frenos y contrapesos buscando equilibrio y evitando abusos. Pero el congreso es además la expresión de las diversas corrientes políticas del país. Como ciudadanos, en elecciones libres, hemos elegido a nuestros representantes y estos, por lo menos en teoría, velan por nuestros intereses promoviendo leyes y fiscalizando a los otros poderes existentes. La teoría y el razonamiento dice más o menos lo que hemos reseñado, pero la práctica dista y más bien indigna, molesta y decepciona.

No intentaré defender a este congreso porque para eso están sus 130 congresistas, sus miles de empleados y los 500 millones de soles que nos cuesta cada año. Pero, con franqueza, me quedé sorprendido en una reciente visita a Washington. El temperamento en algunos ciudadanos era el siguiente: “Aquí los congresistas sólo ven por sus intereses, hablan y no hacen nada, sólo saben hacer comisiones sin ningún resultado y lo que les importa es sólo su reelección”. La última encuesta Gallup muestra que la aprobación del congreso en Estados Unidos bordea ahora el 20% luego de estar al alrededor del 16%. En el Perú la última encuesta publicada por GFK confirma lo que todos sentimos. Apenas un 19% aprueba al denominado primer poder del estado.

Sería inútil escribir detallando los errores y horrores de este congreso. Creo que cada uno de nosotros tiene seguramente varios casos y ejemplos con los que podríamos llenar muchas páginas y seguramente hasta varios libros. Cada nuevo caso o cada nuevo papelón influye negativamente en la opinión pública y nos hacen pensar que la mejor manera de parar esta situación o el mejor camino para decir basta es buscando algún artilugio legal para clausurarlo y enviar a todos los congresistas a su casa. Esa medida, no lo dudemos, tendría un mayoritario apoyo de la población. El mismo apoyo tendría quizá cerrar la Sunat, la Contraloría e inclusive el Poder Judicial. La pregunta no debería ser si es o no popular, sino si es o no conveniente hacerlo. Si eso ayuda, contribuye o facilita encontrar una solución.

Creo que es bueno mortificarnos. Sería fatal ser indiferentes a la realidad. No podemos bajo ninguna circunstancia abandonar esa posición pero debemos también ir un paso más allá. Como ciudadanos nos corresponde indignarnos porque es nuestro derecho pero también nos obliga a ver otras perspectivas y no quedarnos sólo en la crítica. Hay que pasar sobre el problema y proyectar la mirada.

Las redes sociales nos permiten enterarnos casi instantáneamente de lo que ocurre inclusive mucho más rápido y objetivamente que los medios de prensa tradicionales. Toda esa capacidad de interacción con la información deberíamos canalizarla para contrastar este congreso con otros; nuestra realidad con otras; nuestros problemas con la forma como otros los resolvieron o intentan hacerlo.

La protesta es nuestro derecho pero la propuesta debería ser también nuestra obligación. Si pensamos que los problemas políticos se resolverán solos estamos equivocados. ¿Implica que todos debemos hacer política o querer ser presidentes o congresistas? No creo. No creo que sólo desde el centro del poder se puede influir en el poder. No siento que sólo desde un cargo de elección popular se puedan cambiar las cosas. Es más, tampoco creo que solamente desde el aparato público se puede proponer un camino diferente. A veces, como bien sabemos, alejarse permite ver el bosque y, por lo tanto, proponer reflexiones que nos lleven a soluciones inclusive mejores o más objetivas.

Si queremos como ciudadanos cambiar nuestro país podemos hacerlo de muchas maneras. Una bien simple y concreta es tratando de comprender lo que ocurre en el mundo y cómo eso afecta a nuestro país. Reflexionando sobre qué funciona y qué no. Las redes sociales ofrecen enormes perspectivas. Aprovechémoslas mejor!

Cerrar el congreso sería un caos peor que mantenerlo. Aún con todos sus vicios nos representa y nos ayuda a equilibrar las cosas. Mal con él, pero peor sin él. Eso no significa que debe ser así siempre. Hay que cambiarlo pero con nuestros votos. Hagamos política en serio votando bien, informándonos, investigando, leyendo, conversando en casa y con los amigos, reflexionando y comprometiéndonos en lo que queremos para nosotros y nuestras familias.

Lo peor que podríamos hacer es ponernos de perfil, tirar la toalla. La democracia se fortalece no solo con las elecciones sino con ciudadanos informados, educados y conscientes de lo que ocurre.

En realidad, la solución a todos nuestros problemas está en nuestras manos. Hay una frase de Pablo Neruda oportuna y con la que espero aproximarme a la respuesta que buscaba Ana María: “Queda prohibido no sonreír a los problemas, no luchar por lo que quieres, abandonarlo todo por miedo, no convertir en realidad tus sueños.”

Fuente: Alfonso Baella Herrera


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