¿Tu hijo es responsable? Es fácil que lo sea

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Todas las sociedades a lo largo de la historia se han planteado cómo educar a sus hijos y cómo crear en ellos actitudes responsables. ¿Por qué enseñar valores morales a nuestros hijos? Seguramente todas las respuestas son válidas, pero lo cierto es que la moral es un valor universal de todos los tiempos que está muy relacionado con la libertad del hombre. Fomentar actitudes responsables no tiene que ver con dar múltiples conocimientos, dar informaciones o exhibir a nuestros hijos como brillantes recipientes de saber, sino con crear interés por la ciencia, querer comprender y buscar la verdad en todos los campos.

¿Cuáles son las condiciones necesarias para desarrollar el sentido de la responsabilidad?
Las condiciones que conviene favorecer para el establecimiento de actitudes responsables son:

Perseverancia y tenacidad: todas las actividades humanas en que se quiere lograr algo necesitan de estas dos características. Si el niño no persevera para conseguir su deseo y se inhibe cuando se encuentra con dificultades, no podrá alcanzar sus metas, lo que hará que se sienta inseguro y permanentemente infravalorado respecto a sus propias capacidades.

La capacidad para diferenciar lo positivo de lo negativo: creación de la conciencia ética. El niño debe integrar mediante la experiencia y la transmisión de las leyes sociales y morales lo que debe o puede hacer y lo que no. Piaget habla de que el respeto constituye un hecho primario en las relaciones entre el niño y los adultos.

La madurez del juicio: Freud y Piaget llegan a la idea de que la génesis del sentimiento del deber se explica por el respeto que infunde el adulto. Desde este punto de vista, los padres son en un primer momento fuente de la verdad. Posteriormente, el niño acomodará el prestigio de los adultos a su propia reflexión.

Cuando un hecho vale más que mil palabras
El respeto a la autoridad de los padres se sustenta más en cómo éstos lo transmiten que en las palabras y acciones mismas. Hay padres que nunca han pegado a sus hijos y en cambio les infunden un profundo temor. Por el contrario, padres nerviosos que riñen y se enfadan con ellos, no consiguen que acepten sus consignas. Los padres que desbordan a sus hijos con conversaciones cuando ocurre cualquier conflicto o piden opinión al niño sobre lo que se debe hacer, no permiten que se pongan en su lugar.

El niño nunca debe debatir actuaciones que pertenecen a los padres, puesto que se le sitúa en una relación de igualdad madurativa a la que aún no ha accedido.

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