Inmolación política

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alfonsoEscribe Alfonso Baella Herrera.- “Inmolación -del latín inmolare, que significa espolvorear con harina- es el sacrificio ritual de una ofrenda en honor de la divinidad, particularmente cuando la ofrenda se trata de la vida de una víctima, animal o humana. Por extensión se ha dado también este nombre al suicidio por motivos religiosos, de protesta o desobediencia civil. En los últimos años se ha extendido la práctica de la inmolación como forma de protesta política, especialmente quemarse a lo bonzo”. Wikipedia.

Esta última acepción es la que parece manifestarse en la jefatura del gabinete que Ana Jara preside. Jara parece sometida al escarnio permanente; a la confrontación con sus propios ministros; y, por ello, a la interminable aclaración cotidiana.

Pero no es la saludable discrepancia o los enriquecedores matices que puede haber en la gestión de políticas públicas –siempre necesarios para no tener tampoco un gabinete silente o excesivamente monocorde- sino la puesta en duda de su autoridad y, por ende, de su liderazgo.

Más tiempo está fungiendo de traductora o de intérprete de los ya innumerables y escandalosos episodios en los que participan sus ministros más mediáticos, que ya parece una maestra de nido corrigiendo a niños desobedientes; y no la Primer Ministro de un país que se debe respetar en ese nivel de autoridades.

O es Figallo reuniéndose e indagando por lo que no debe ni tiene derecho; o es Urresti enfrentándose desde jefes de la oposición, mujeres, periodistas, medios o con quien ose “meterse con él”; o es Cateriano con su obsesión aprofujimorista; o es Omonte con el vergonzoso y vejatorio papel hacia las mujeres, empezando por la que le servía domésticamente.

Es difícil imaginar el estómago que debe tener para, además, soportar un presidente que lejos de poner orden, alienta –debido a sus propios miedos- el desenfreno, el irrespeto y la ofensa. Pero, aun cuando pretende parecer estoica e imperturbable, la verdad es que cada minuto con esos ministros más que un deber, lo que hace, es una misión políticamente suicida.

En el fondo, Ana Jara parece sometida a una verdadera inmolación. Su existencia comenzará a apagarse si no hace un giro y cambia lo que parece un estilo útil para distraer pero absolutamente perjudicial para el país.

Sólo los políticos de verdad entienden que la vida de un ministro es un consumible siempre a la mano. No hay pegamento ni tornillo que aguante cuando ya no son políticamente útiles y cuando, como ahora, se convierten en un lastre, un pasivo o un antivalor.

La inmolación puede tener sentido pero no por caprichos y menos cuando es absurda y contraproducente para los intereses del país. Ojalá lo entienda y cambie los fajines que desentonan.

Fuente: Alfonso Baella Herrera


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