Escribe Miguel Azpurua.- “Y esa luna que amanece alumbrando pueblos tristes/ que de historias, que de penas, que de lágrimas me diste./ En el fondo hay un santo de a medio peso/ una vela que muere en aceite sucio/ más allá viene un perro que es puro hueso/ con ladridos de hambre que Dios le puso.”
Así escribía el bardo de Yaritagua sus canciones de congoja, de penas y tristezas, de angustias de pueblo; abandonados por la indolencia de gobernantes que solo se han ocupado por engrosar sus patrimonios personales.
Éste 13 de junio se nos fue como vino Otilio Galíndez, sin estridencias ni clamores; sin falsas poses ni clamores, y a pesar de haber nacido en la capital del municipio Peña, el día 13 de diciembre, día de la Patrona, Santa Lucía, en 1935, no fueron muchos los que lo recordaron.
Nosotros lo conocimos en Caracas, en nuestros tiempos del acontecer estudiantil, en el Orfeón, de nuestra inolvidable Universidad Central de Venezuela; nos lo presentó el recordado Vinicio Adames, nuestro director, malogrado –al igual que muchos compañeros nuestros- en el terrible accidente aéreo, en la isla Terceira, del archipiélago de Las Azores, el 3 de septiembre de 1976. Otilio, hijo de Santiago Galíndez y de doña Felícita Gutiérrez, modestos labradores; creció el poeta en el ambiente campesino, matizado por veladas de parrandones decembrinos, herencia que recogió y multiplicó con creces.
Él mismo escribió una semblanza autobiográfica, y en ella apunta lo siguiente: “Mi infancia transcurrió entre las alegrías de los niños y la pobreza y miseria de ese tiempo”, en la capital hizo de limpiabotas y de vendedor de lotería. Y modestamente narra sus peripecias por la capital del país, en los años ´40, vamos a leer: “Y he deambulado con mi familia por muchísimas parroquias caraqueñas desde los ocho o nueve años, aproximadamente”. Según sus propios testimonios, Galíndez, comenzó su carrera musical por el año 1953, cuando cumplía servicio militar en el estado Trujillo; inspirado por una joven que andando el tiempo se convertiría en la madre de sus hijos.
Se estableció en Maracay definitivamente; y Otilio tuvo presencia en parrandas navideñas, al servicio de la Facultad de Agronomía de la UCV; allí consolidó el “Parrandón de Otilio”. Más adelante hará lo propio en la empresa eléctrica Cadafe, donde forma otra agrupación similar; sus innovaciones musicales lo motivan para incorporar a los instrumentos tradicionales, enriqueciendo la percusión del furruco, la charrasca y el güiro, la tumbadora y el bongó. Hay que resaltar que Galíndez nunca estudió música formalmente, fue un autodidacta, tal como sucede normalmente en las comunidades campiranas de nuestro país, donde los muchacho aprenden a tocar de “oído”, guiados o formados solamente por su intuición y por sus grandes atributos naturales y espirituales.
Sus creaciones en la continuidad de las tradiciones decembrinas, los inolvidables aguinaldos y villancicos, se manifiestan en temas como “La Restinga”, “Luna decembrina”, “El niño Jesús de ahora”, “Pentagrama navideño”, Niña de ojitos rayados”, “Catira”, “Cuatrocientos años”, “A Estrella”, “¡Ay que maravilla!” y “Un niño catire”. También son de su autoría “De Belén campanas”, “¿Dónde vives?”, “El poncho andino”, “Ya María” y “Dime si es pascua”.
Estos temas evidencian su devoción festiva y su sensibilidad pueblerina, que se ponen de manifiesto en sus composiciones, todas ellas con reminiscencias de otros tiempos de sana alegría, y devoción religiosa. Ahora sus creaciones populares, y por decir consagradas en el sentimiento de nuestro pueblo, expresan estados de ánimo diferentes, según sea la temática abordada, contrastan por ejemplo “Mi Tripón” y “Son chispitas”; otro tanto sucede con “Pueblos tristes” y “Vaya un pecado”; y pudiésemos continuar con su discografía abundante y de gran calidad, veamos: “El niño y la sombra”, “Candelaria”, “Caramba”, “En silencio”, “Flor de mayo”, “Sin tu mirada”, “Vienes cual luna”, Ahora”, “De madrugada” y “Allá en mi tierra”; y muchos más. Ha sido interpretado por destacadas figuras del canto nacional y de más allá, tales como “Dueto Criollísimo”, Jesús Sevillano, Cecilia Todd, Morella Muñoz, “Schola Cantorun”, Lilia Vera, Simón Díaz, Soledad Bravo, Gualberto Ibarreto, Mercedes Sosa, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, “Quinteto Contrapunto”, “Cantaclaro”, etc. Y es muy importante señalar que Otilio Galíndez nuca cobró regalías por sus obras; y que muchos “vivos” si cobraron por él; especialmente uno –muy famoso- que ni siquiera en sus grabaciones le reconoce sus créditos.
Al respecto expresaba: “La letra y la música de mis canciones, vienen generalmente a mis pensamientos, en forma simultánea y a pesar de que utilizo el “cuatro”, como complemento, jamás me he dejado llevar por instrumento alguno”. Y en sus reflexiones de hombre de pueblo, hace amargas revelaciones, plenas de desilusión, donde hay mucho de exclusión; por ello expresó: “El medio en el cual me he desenvuelto, salvo ligeras excepciones muy valorables, me ha sido completamente hostil y contradictorio en cuanto a mi vocación. Esto sin embargo no es motivo de protesta insulsa y pedigüeña”.
El 13 de junio de los corrientes, se nos fue Otilio Galíndez, sufría de afecciones diabéticas y de hipertensión arterial, pero –suponemos que murió sin sufrir-; y se conoció su deceso cuando su hijo mayor fue a despertarlo, pero ya no estaba allí su alma; solo su cadáver. Valga la ocasión para recordar que él fue el primer galardonado con el Premio Nacional de Música Popular, Su imagen de hombre sencillo y noble recorrerá los pasillos del rectorado y del Aula Magna, de la UCV, en perenne presencia, acompañado por los que se nos fueron en la tragedia de nuestro queridísimo Orfeón y su polifacético director.
Otro gran valor cultural del pueblo yaracuyano ha cumplido su ciclo vital, se impone el inexorable axioma: nacer, crecer y morir. No obstante Otilio Galíndez, con su llaneza y bonhomía, deja una estela de buenos y bonitos recuerdos y de evocaciones musicales imperdurables; sus canciones constituyen la mejor herencia a su pueblo, Yaritagua ha perdido otro juglar, de aquellos irrepetibles, ya que al parecer no tienen generación de relevo. Y concluimos estas notas con sus propias palabras: “Mis canciones son pedacitos de alegrías por aquí, y de tristezas por allá”.
Fuente: Miguel Azpúrua desde Venezuela
Bitacoras.com dice Jueves, 25 junio del 2009 a las 23:57
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