Escribe Miguel Azpurua.- Uno de los componentes de la extensa familia de nuestro sistema solar son los cometas, vilipendiados -y hasta execrados-, odiados y temidos, sobre todo por el vulgo ignorante y supersticioso. Figuran en la historia humana desde el Génesis hasta el sol de hoy; asociados a “buenos y malos augurios” dependiendo de la interpretación, interesada o no, de los sumos sacerdotes o “iniciados” en las oscuras doctrinas, vedadas para neófitos e incultos. Un cometa es un pequeño astro de masa muy limitada y poco densa, pero con una cola o cabellera que puede llegar a medir millones de kilómetros; algunos son visibles a simple vista y otros muy pequeños con telescopios, sobre todo cuando están cerca del sol. Su sola presencia en el espacio desasosiega a la gente, siendo realmente inofensivos.
En antiguos tapices, frescos y pinturas, aparecen cometas, generalmente representados como una esfera contentiva de un “ángel” rodeado de una aureola brillante “navegando” hacia el suceso que se le ha pretendido vincular. En otro orden de ideas, los pueblos siempre han temido el impacto de un cometa con la Tierra, lo cual supuestamente ocasionaría cataclismos inimaginables, y hasta la destrucción de la humanidad; sumiéndola en un cráter sin fondo ni fin, todo esto en la denominada época del “oscurantismo”.
Hasta la enunciación heliocéntrica de Nicolás Copérnico, y la periodicidad de los mismos descubierta por el astrónomo inglés Edmund Halley, privó la superchería sobre el raciocinio –el papa Calixto III excomulgó al cometa Halley, en 1456-, al demostrar que el cometa que lleva su nombre regresa cada 76 años invariablemente.
La Biblia contiene numerosos relatos sobre cometas, aunque muchas veces lo llaman “Estrellas radiantes”, que guían a los elegidos en las sendas de sus destinos. Ejemplo de ello es la estrella que brilló sobre Belén el día de la natividad de Jesús, y la misma marcó la ruta a seguir por los “Reyes Magos”, procedentes de Oriente, para brindar sus presentes al “Rey de Reyes”. Más tarde otro alumbraría el camino a San José, la Virgen y al niño, en su huída a Egipto, para escapar de la matanza decretada por Herodes para todo niño menor de dos años que viviese en sus dominios.
La Vedas –textos sagrados de India- en muchos de sus pasajes e himnos, escritos en sánscrito, hace alusión a cometas o “estrellas divinas de larga cola”, que castigaban a los malvados e impíos con “fuerzas terroríficas”. En los códices mayas –sobrevivientes de la destrucción ordenada por Fray Diego de Landa- se aprecian dibujos de esferas celestes con largas colas, así como los planetas, la luna y eclipses. Enoc, personaje bíblico, viajó supuestamente al espacio exterior a bordo de una nave, describiendo la aparición y desaparición de cometas alrededor del sol.
En el “papiro Tulli” –su antigüedad comprobada es de 3.400 años- aparecen cometas en extraña conjunción con jeroglíficos, hoy se encuentra en el Museo Vaticano. Otro tanto hay en la mitología griega y romana; se afirma que el día del asesinato de Julio César –año 44 AC- “apareció un cometa bañado en sangre” con su gran cola y visible para todos. En la epopeya de Gigalmesh, rey babilónico, también se referencian los cometas “portadores de máquinas infernales” que destruían todo a su paso.
Y no vayamos tan lejos, en 1910, ante la presencia del cometa Halley, las personas se postraron en los templos llenos de pavor, mientras los sacerdotes exigían arrepentimiento por la inmediata “destrucción del mundo” por los pecados cometidos, y la llegada del Juicio Final; para después tener que “tragarse sus palabras” al desaparecer el meteoro sin consecuencias que lamentar, como no fuera el suicidio de más de un incauto.
Hacen pocos años la llegada del cometa “Kohutek”, en 1973, causó alarma en círculos de fanáticos religiosos que quisieron ligar el suceso con situaciones apocalípticas; las mentes susceptibles e inestables, que ante lo desconocido se aferran a lo primero que sus miedos revelan, evidencian su impotencia ante las maravillas del fabuloso cosmos, al cual pertenecemos ineluctablemente…
Fuente: Miguel Azpurua desde Venezuela